05/11/2014 Bernard Lecoeur

En el infierno de lo continuo

En El hombre ebrio, el psicoanalista francés Bernard Lecoeur estudia el fenómeno de las toxicomanías y del alcoholismo poniendo entre paréntesis el concepto clásico de embriaguez, y acentuando su novedad de efecto en una época sostenida por la compulsión, el discurso de la ciencia y el desplazamiento de la verdad al campo del ideal.

Por Pablo E. Chacn

El libro, publicado por la editorial de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), en la serie Tyché, cuenta con un prólogo de la directora de la colección, Damasia Amadeo de Freda, quien además tradujo las respuestas a las preguntas que le fueron formuladas.
 
Lacoeur es miembro de la Ecole de la Cause Freudianne y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Enseña en la Antenne clinique de Reims y fue responsable del GRETA (Groupe de Recherches et d’Etudes sur la Toxicomanie et l’Alcoolisme).
Esta es la conversación que sostuvo con Télam desde la localidad donde trabaja.
 
T : ¿Qué novedad introduce en el psicoanálisis de orientación lacaniana su modo de tratar el alcoholismo y las toxicomanías?
L : Más que pronunciarme por lo que podría aparecer como una novedad en mi abordaje de la toxicomanía y del alcoholismo, prefiero referirme a lo que la teoría lacaniana propone de inédito para interesarse en fenómenos que no son de ayer. En la enseñanza de Lacan hay un punto sobre el cual me he detenido hace ya unos años, el de afánisis. Ciertamente, no es un concepto mayor del psicoanálisis y sin embargo, es de gran utilidad para entender esta disposición humana, a la vez tan particular y tan universal, que se llama la embriaguez. Luego de los importantes desarrollos que conocemos de la afánisis en el Seminario de Lacan sobre El deseo y su interpretación, esta noción prácticamente desaparece a partir del Seminario 11. ¿Qué es lo que me retuvo en el uso que hace Lacan de ese término extraído de (Ernst) Jones? El hecho de que el sujeto sea una instancia intermitente, que no haya sujeto sin su borradura. Esta es condición indispensable para su existencia. Hago de la embriaguez -y la experiencia clínica no lo desmiente- una modalidad de esa borradura, una suerte de fading provocado, incluso calculado. Por supuesto que tomar las cosas así puede parecer un poco atrasado frente a una concepción que antepone la satisfacción y el goce; pero si se considera que la afánisis se refiere a dos dominios distintos, la cuestión de la intermitencia subjetiva se vuelve casi secundaria frente a las condiciones en las cuales se produce.  Recuerdo esos dos dominios: por un lado el del Otro y el significante de su demanda y por otro, el del objeto considerado a partir del fantasma. Esta disparidad permite desdoblar la perspectiva en la cual se capta el fenómeno de la embriaguez.
 
T : ¿Podría extenderse sobre el concepto de embriaguez para los antiguos desde la perspectiva de la embriaguez contemporánea?
L : La embriaguez, si no es estructural, al menos se liga a la inmersión del sujeto en la lengua. Es la razón por la cual puede engendrarse a partir de productos, de circunstancias e incluso de encuentros de lo más variados. Un mismo hilo une la colectivización de la embriaguez de las fiestas rituales con la vacilación más íntima del vértigo por ejemplo, pasando por los usos más extremos de los tóxicos. En todos esos casos, se trata de tentativas, a veces de las más desesperadas, de arrancarse de las tenazas del significante. Lacan llamaba a eso alienación; la embriaguez pertenece al registro de la separación. Planteado así, hay, en efecto, una dimensión no despreciable, en cuyo seno la embriaguez encuentra su lugar, y que es la del discurso. El mito griego sitúa a la embriaguez en la prolongación del consumo, en lo que se consideraba un sustento de inmortalidad. En particular, la ambrosía o el néctar, que tenían la virtud de ser licores del más allá. Estos eran generadores de un tipo de experiencia como el éxtasis o el entusiasmo, que permitía un contacto íntimo con lo divino. De cierta manera, la embriaguez liberaba a lo sagrado de las obligaciones formales de lo religioso. Las embriagueces contemporáneas son otra cosa. Presentan ese carácter paradojal de apuntar a obtener de manera inmediata el no-lugar del desvanecimiento, de la desaparición del sujeto. Partiendo de las prescripciones del discurso en el cual se inscriben, sin embargo no dejan de agujerearlo sustrayéndole uno de sus términos, el del sujeto en tanto dividido.
 
T : La división subjetiva, que usted introduce en el libro a partir de la degradación de la vida amorosa según Freud, parece tener algo de incurable. ¿Esto es así? Si fuera así, ¿qué tipo de experiencia es la de un análisis?
L : A decir verdad, la observación que introduce Freud en sus estudios sobre la vida amorosa tiene la virtud de matizar lo que designa el término división. Partiendo de las coordenadas edípicas que orientan su reflexión en esa época, adelanta que no se puede evadir una distinción radical entre el amor y el deseo. Una distinción que a veces llega a la exclusión mutua. No habría allí nada original si no fuera por la razón que da. La relación que un sujeto mantiene con su partenaire corresponde a una lógica genérica, la que administra su relación al Otro, y más particularmente, respecto de lo que, por estructura, falta en este último. Ahora bien, amar y desear son dos maneras distintas, por no decir opuestas, de tratar la cuestión. El amor es ese movimiento que se dirige hacia esa falta, al punto de hacerla existir como agujero, mientras que el deseo se esfuerza en buscar un objeto que induce a confusión con la falta. ¿Podemos considerar que esta distinción es incurable, como usted me propone? Sin duda, si me concede que entre el sujeto y el Otro, reina una enfermedad sin nombre -la del agujero- que no es sin síntoma. Y ahí está la apuesta de una cura: dejar de considerar al síntoma por lo que es, una enfermedad incurable entre el amor y el deseo. En su lugar, propongo que se trata de amar y de desear con su síntoma.
 
T : ¿Es posible pensar la idea de excepción, aunque el embriagado nunca la predique, como una cierta ingenuidad que con el tiempo cae por su propio peso para dejar paso a la angustia?
L : Considerarse una excepción es una operación que hay que poner a la cuenta del narcisismo. Se trata de una ingenuidad que puede ser compartida por muchos. Lo que hay de específico en el caso del hombre ebrio, es que su excepción se certifica de otra, la atribuida al padre. En ese sentido, no puede justificarse en nombre de circunstancias particulares -como sostiene Freud-, tales como un acontecimiento o un sufrimiento vivido por el sujeto en su primera infancia. En estos casos se trata de encarnar, de hacer pasar al cuerpo el estatuto lógico de la excepción. Eso es la embriaguez: corporizar el Uno. Evidentemente, esto no deja mucho margen para el comentario. En cuanto a la angustia, si por ventura sobreviene, es en tanto signo discriminante que ella puede introducir un recuento en el tiempo ajustado de la embriaguez, y de esa forma conducir al hombre ebrio a romper con el infierno de lo continuo.
 
T : Si el hombre ebrio es el paradigma donde confluye el discurso de la ciencia y el del capital, ¿qué podría decir usted del lazo social que auspicia en nuestra época la religión?
L : Si hubiera que hacer una actualización del hombre ebrio, sin duda habría que retomar el tema a partir de la adicción. Bajo este término se aloja una práctica que se inscribe en el marco de lo que hoy en día garantiza el permiso a un principio de pertenencia. Por esa razón, está relacionada a esa avidez tan contemporánea de hacer lazo, pero un lazo vaciado de toda obligación a hacer sociedad. Es un principio de pertenencia asegurado, no por el consumo de un mismo objeto, sino por la distribución de una misma actividad. La adicción, como práctica individual de la desmesura, ha pasado a la historia. Hoy se ha transformado en la relación estándar con el objeto. Esto no es sin consecuencias en los modos de acercamiento con el semejante, lo que hoy se llama un vivir-juntos. Hago mía la descripción de Roland Barthes. Ilustra muy bien un lazo social normalizado por la adicción. Un consumir-juntos orientado por un goce autártico. Esta descripción se apoya en una comparación que hace con una forma de agrupamiento frecuente en una porción del reino animal, la de los peces. El banco de peces realiza la simbiosis perfectamente lisa de individuos sin embargo separados. Barthes detalla así este nuevo vivir-juntos: agrupamiento coherente, masivo, uniforme: sujetos del mismo tamaño, del mismo color, y a menudo del mismo sexo, orientados en el mismo sentido, equidistantes, con movimientos sincronizados. Un lazo semejante implica algo distinto que el adiestramiento burocrático generalizado de una sociedad-hormiguero. Bajo el término de adicción se perfila una integración de los cuerpos en una economía de pasaje, de tránsito, por la imposición de una norma otorgada al goce. Si tal es el caso, la cuestión propia al deseo permanece intacta. Una cuestión que implica siempre una fractura de repliegue sobre el Uno, sobre lo auto. La economía del deseo preserva la dimensión de la diferencia, apunta a lo heterogéneo. En contrapunto con el autismo del goce, le resta a cada uno contribuir a la invención de una nueva erótica de la distancia, de la cual se sostiene el deseo.
 
T : Finalmente, ¿cómo entender la obra de tipos como Baudalaire, Rimbaud, Cocteau, Michaux, etcétera, sin la construcción de un semblante supuestamente auspiciado por la embriaguez? ¿Conoce usted el texto de Jean Luc Nancy sobre la embriaguez? ¿Qué opina de sus argumentos?
L : Desde el Banquete de Platón, los filósofos prácticamente no se han pronunciado sobre el tema, y el esfuerzo de Nancy por venir a romper con ese silencio es loable, incluso si lo esencial de su reflexión hace de la embriaguez un medio para alcanzar lo verdadero. Por supuesto que el uso de la embriaguez en los escritores es muy diverso, pero cuando ellos aceptan hablar al respecto, un punto parece reunirlos: el uso del alcohol o de drogas no es un aditivo ni una fuerza de apoyo para su actividad creadora. Más bien se trata de un objeto de pleno derecho, que pertenece al proceso de creación, un elemento que forma parte integrante del proceso de escritura. Y la función del alcohol, en ciertos casos, puede ser designada respecto de una estructura. Tomemos el ejemplo de Marguerite Duras, que en las entrevistas concedidas al final de su vida, vuelve sobre su alcoholismo. Ella insiste sobre el hecho de que el alcohol nunca la consoló de nada, que nunca llenó un espacio psicológico. Su función no es la de sustituir, si no es para venir a sustituirse frente a lo que no existe. Usted sabe, se bebe porque Dios no existe. Él es reemplazado por el alcohol. Es alrededor de ese agujero que viene enrollarse su escritura.