10/10/2014 Luis Salamone

“La droga como defensa contra lo real suele traer problemas”

En El silencio de las drogas, el psicoanalista Luis Salamone rompe el silencio sobre los efectos de ciertas sustancias que replican una cuestión de época: al eclipse de lo simbólico pareciera sumarse el cierre del inconsciente provocado por los excesos tóxicos, complicando el metabolismo del goce a través de síntomas cada vez más difíciles de descifrar.

Por Pablo E. Chacón

El libro, publicado por la editorial Grama, lleva un prólogo de su colega francés Eric Laurent quien destaca la dialéctica entre una supuesta transgresión y un silencio muchas veces mortífero.
 
Salamone también es docente y psicólogo social; analista miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).
 
Esta es la conversación que sostuvo con Télam.
 
T : ¿A qué te referís con el silencio de las drogas?
S : Me pareció que ese significante resultaba muy preciso para caracterizar una consecuencia que puede resultar de la experiencia con algunas drogas. El eclipse de lo simbólico se pone en juego en algunos casos en los que se recurren a sustancias y, rechazando el inconsciente, se cae en una zona de silencio, haciendo que se torne problemático su abordaje por la vía de la palabra. Pero los psicoanalistas de orientación lacaniana estamos lejos de retroceder ante esta dificultad. Estamos acostumbrados a tratar con el goce que es consecuencia del accionar de la pulsión de muerte en el sujeto, estamos incluso formados para operar en el silencio que se le impone al sujeto y hacemos del silencio en las sesiones un eco que permite, paradójicamente, hacer que al sujeto le retorne algo diferente en la repetición, repetición que también está asociada a la pulsión de muerte, para interpelarla. Hay varias dimensiones del silencio. Está el silencio de la represión, de lo no dicho que suele transformarse en síntoma. Este es un silencio que llama a la interpretación. Y está el silencio de lo imposible de decir.  Eric Laurent, que ha tenido la generosidad de prologar el libro, subraya esa dialéctica entre lo que es posible decir tanto sobre, como con la droga, y lo que permanece imposible. El silencio puede ser el marco y el fondo en estos casos, y se trata de internarse en esa zona de silencio, un silencio que puede resultar mortífero, para ver si podemos lograr que palpite nuevamente el corazón apagado, aplastado por las sustancias tóxicas, del deseo del sujeto. Las relaciones entre el deseo, la vida y la muerte fueron tempranamente exploradas por Lacan. Y el silencio puede ser una autopista que permita trabajar y poner a funcionar de forma diferente las articulaciones entre la vida y la muerte, haciendo que el deseo circule, logrando primero que el sujeto pueda romperlo y tomar la palabra. Como el título me parecía muy fuerte, un poco áspero, lo cual estaba bien para un libro sobre el tema, le pedí al artista cordobés Jorge Cuello que inundara la tapa con los colores de su magnífica ironía. Pintó una Gioconda tomando alcohol, fumando y con unas líneas de cocaína a mano, que tituló Ahora sabemos de que te reías; y para la contratapa, una niña con una mariposa, que tituló Las drogas no hacen mal, me lo dijo la mariposa gigante. Sabía que Jorge iba a ser capaz de romper con el silencio desde la tapa misma del libro, sin moralinas, con el genial humor que lo caracteriza.

 
T : Si es cierto lo que Freud dice en El malestar en la cultura, ¿cómo pensar eso, en relación a las drogas, alcoholes, etcétera, hoy día, cuando el discurso del capital no sólo ha incorporado a sus finanzas el dinero negro sino que el consumo es una industria de las más rentables?
S : Lo que Freud pudo leer en su momento y que llamó el malestar en la cultura se ha profundizado con el avance del discurso capitalista. Freud leyó esta problemática en su época y no hay duda de que la cuestión ha crecido y seguirá haciéndolo. Sólo nos queda procurar ponerle un palo en la rueda, hacer que el sujeto pueda estar parado de otra manera para enfrentar lo dificultoso que puede resultar vivir en nuestra sociedad. Lo que señalás es quizá el aspecto más complicado y que algunos no tienen en cuenta: no sólo está la maquinaria del discurso capitalista que empuja al sujeto a un consumo desenfrenado, también forma parte de la cuestión el negocio que se pone en juego, por eso hay que hacer lo posible para que (ese negocio) no se instale de manera tan fuerte como ha sucedido en algunos países. Hay que trabajar en eso y los psicoanalistas estamos procurando salir del encierro que teníamos para hacer escuchar algo diferente a lo acostumbrado en la manera en que se piensa esta problemática y en el abordaje de sujetos que pueden estar complicados con este tema. Jacques Lacan dijo alguna vez que el psicoanálisis era la única salida posible al discurso capitalista. Estamos para cambiar el silencio de las drogas, por la relación del sujeto con un vacío que no se obture con droga alguna, y que pueda ser utilizado para algo más creativo.
 
T : Una defensa ante lo real. ¿Y si no existe otra manera de sostener una defensa contra lo real? Digo, ese sujeto, ¿consulta?
S : El sujeto tiene permanentemente recursos para defenderse de lo real, puede ser la religión, pueden ser las drogas. El psicoanálisis apunta a otra cosa. El goce no tiene porqué ser algo mortífero para el sujeto; siguiendo los planteos de Jacques-Alain Miller, el psicoanálisis puede propiciar un metabolismo del goce, hacer de ese goce algo disfrutable, más vivible. La droga como defensa contra lo real suele acarrear problemas. Hay otras formas de encarar lo real que nos determina y que puede empujarnos a lo peor. En otro libro he planteado que la eficacia de la droga como defensa frente a lo real suele tener un límite, como todo, un momento en el cual falla. Ese suele ser un momento en el que se consulta a un analista, cuando la droga falla, muchas veces luego de circular por varias comunidades terapéuticas y otros tratamientos. Si para algo se forma un psicoanalista de orientación lacaniana es para operar sobre ese real y permitirle al sujeto pararse de otra manera.
 
T : Una parte de la generación a la que pertenezco (nacidos entre el 60 y el 65, años más o menos), ha sido estragada por el exceso de drogas. Las relaciones sociales se deterioran, el cinismo se vuelve inofensivo, etcétera. El arte suele salvar. ¿Por qué Baudelaire, De Quincey, Gautier, Cocteau en tu libro?
S : Siempre habrá quienes resultarán estragados por las drogas. La adicción empuja a la pendiente del estrago, aunque el sujeto, anestesiado por el goce, no se de cuenta. Y por ser una práctica de goce tiene consecuencias en lo social. Es un goce autoerótico que precisamente ha sido caracterizado por Miller como cínico porque muchas veces se rompe el lazo con el Otro. Diógenes es un filósofo cínico que rechazaba al Otro como lo muestra esa historia en la cual se le acerca Alejandro, representante del amo antiguo, al tonel en el cual descansaba para preguntarle que deseaba, y él le contesta: correte porque me tapas el sol. Lo social se deteriora por esa modalidad de goce; al rechazar al inconsciente se rechaza al Otro. Y las drogas eliminan las represiones e inhibiciones que le ponían un límite al sujeto para vivir en sociedad. Salir de ellas de una manera artificial y repentina puede volver a un sujeto insoportable. Lo que se pretende resolver, sin solucionar lo que se juega en el plano inconsciente, lleva a algo más complicado.  A veces se idealiza el arte como solución. La solución que puede servir es la que le puede servir a cada uno. Y esta no tiene que estar direccionada por el otro. Siempre he trabajado con escritores y últimamente con músicos, ya que a cierta edad escriben sus diarios y biografías testimoniales, porque tienen genio para transmitirnos qué es lo que se pone en juego en el consumo, cual de la función que las drogas cumplieron en su vida; si lograron una solución, pueden transmitirla. Trabajo tal como lo indica la orientación lacaniana, con artistas que nos llevan la delantera y pueden enseñarnos, jamás para tratarlos como si fueran analizantes; son, más bien, nuestros enseñantes. En el libro anterior desfilaron Poe, Bukowski y Duras, en este otros personajes, pero en mi computadora descansan docenas de genios que han sabido transmitir su experiencia de goce. Las últimas noches me la he pasado en la carretera con los jóvenes de la generación Beat.
 
T : Otto Gross tomaba drogas. ¿Cómo entender eso, cómo su final?
S : Conocí a Otto Gross hace muchísimos años cuando me interesé por la obra de Carl Gustav Jung. Hace un par de décadas atrás no se conseguía demasiada información sobre él. Hoy hay acceso a algunos datos biográficos y a algunos trabajos que han sido traducidos y aparecieron bajo el título Más allá del diván. La película Un método peligroso hizo resurgir su figura gracias a la interpretación de Vincent Casse y me pareció un motivo de celebración. Frente al acartonamiento de algunos psicoanalistas, la figura de un psicoanalista seguidor Nietzsche, carismático y rebelde, que atiende en el fondo de una taberna puede resultar simpática. Un psicoanalista bohemio que hasta lo ayuda a su propio analista a liberar sus deseos. Pero en ese aparente movimiento de liberación, muestra la opinión que terminó teniendo Freud de él: pasó de ser una promesa, por su inteligencia, cultura y pasión por el descubrimiento freudiano, a un peligro para el psicoanálisis. Él consideraba que el psicoanálisis era la filosofía de la revolución. Pero la vida de Gross no fue para nada idílica, nació en Austria, de donde fue expulsado por anarquista, hijo de un importante criminólogo, que lo internó en algunas oportunidades, entre ellas en un manicomio de Viena. Se acerca a Jung después de un cura de desintoxicación de cocaína y opio que había realizado en Burghölzli, pretendía desplazar la etiología de la neurosis de lo sexual a lo social. Era crítico de la familia y la monogamia, planteaba que se trataba de tener libertad sexual. Cuando fue internado, según tengo entendido, Jung mismo hizo un informe en el cual lo consideraba como un enfermo mental peligroso e incurable. Sus amigos lograron liberarlo. Viajó a Praga donde trabó amistad con Franz Kafka, algunos dicen que en él se inspiró para escribir El proceso, quizá sea parte de una mitología digna del personaje. Nunca pudo dejar las drogas y su vida fue en caída libre, llegando a vagabundear, lo encontraron muerto, al parecer por una pulmonía y desnutrición. Siempre hay algo suicida cuando alguien sigue los dictados de la pulsión de muerte y no logra ponerle freno. Y las drogas no suelen ser una buena manera de frenar la cosa. Quizás nuestro simpático amigo terminó trágicamente porque nunca tuvo la posibilidad de realizar un buen análisis, aunque también fue tratado por Stekel. Tal vez su estructura no se lo permitió. Jung pasó de un diagnóstico de obsesión a uno de demencia precoz, Ernest Jones planteó una esquizofrenia. Lo que podamos llegar a decir quizá sólo sea una opinión y el tema del diagnóstico carezca de importancia, salvo para considerar que seguramente el uso de morfina, opio y cocaína complicaron el panorama.
 
T : A riesgo de generalizar, la pregunta anterior quizá arrastre un relente romántico que nada tiene que ver con tu libro. A ver así: la colonización contemporánea de las conciencias ha vuelto a muchos menos culpables que adictos, pero que la responsabilidad la tenga el contexto, suena dudoso. Entonces, ¿cuándo las drogas dejaron (si alguna vez lo fueron) objetos de disidencia para transformarse en objetos mortíferos?
S : Hay una expresión de Miller que hace años Mauricio Tarrab rescató para pensar la problemática del consuno de sustancias. Se trata de lo que sería una patología de la ética. Sin dudas el discurso capitalista empuja al consumo. Pero la responsabilidad es, en última instancia del sujeto. Y en eso radica la importancia que el psicoanálisis puede llegar a tener en estos casos. Que una droga resulte o no mortífera dependerá del sujeto. Lo mortífero, la pulsión de muerte está en uno. Se pueden usar drogas para llevar adelante un programa de goce, como ha sido denominada muy precisamente la cuestión por Miller. En el cartel del pase, en el que he tenido el gusto de trabajar; el significante cartel puede estar asociado a otra cosa que a las drogas, un cartel que tiene la particularidad de ocuparse de trabajar los finales de análisis que los propios analistas de la Asociación Mundial de Psicoanálisis presentan para su evaluación, nos deteníamos precisamente en observar cual era el programa de goce del sujeto y cómo el mismo lograba una flexiblilidad que le permitiera liberarse del mecanismo de repetición que podía llegar a resultarle mortífero. Laurent, que estaba en ese cartel, era capaz de descifrar ese programa de goce de una manera muy precisa. Y fue eso lo que me llevó a pedirle si tenía ganas prologar este libro.
 
T : Golpe de real. ¿Es posible la responsabilidad sin coacciones en un mundo diagramado por coacciones, o la pregunta que corresponde es qué tipo de sujeto es capaz de emerger, cara a cara, en un mundo diagramado por coacciones?
S : El tema es cómo opera el superyó en el sujeto. Es imposible que uno viva en una sociedad sin leyes, o sin coacciones. La libertad es una ilusión, salvo quizás para un loco. Lo que queda frente a eso es precisamente la responsabilidad. Pero la responsabilidad para el psicoanálisis no está ligada a la cuestión superyoica; un sujeto responsable es aquel que se hace cargo de su goce, que se hace responsable de los efectos que genera. Entonces el mundo tendrá sus normas, sus principios, el sujeto quizá no sea libre, eso no es posible; pero al menos puede no estar sometido a la tiranía de superyó que lo empuja siempre a lo peor. Se trata de conseguir la eficacia que Freud esperaba del psicoanálisis: lograr que el sujeto no le sume a las miserias naturales de la vida, las estúpidas miserias de su propia neurosis.  El psicoanálisis está para que el sujeto se de cuenta que el peor tirano al cual está sometido, tiene su nombre. La coacción externa puede resultar limitante, pero la interna es más peligrosa. Puede empujarnos hasta los umbrales de la muerte. Y más allá. A un silencio del cual no haya retorno. (Télam).-