25/09/2014 Daniel Freidemberg

Aventuras en la montaña rusa

El paraíso del tonto solemne: ¿es eso la poesía? Si pienso en Jorge Manrique, en John Donne, en Matsuo Basho o en Sor Juana Inés de la Cruz, diría que no.

Por Daniel Freidemberg

Ni en Friedrich Hölderlin, ni en Paul Valéry, ni en Giusseppe Ungaretti, ni en Denise Levertov, ni en Fernando Pessoa, ni en Iosif Brodsky o en Leónidas Lamborghini, pero la sensación de visitar el paraíso del tonto solemne no me resulta extraña: la vivo casi a diario, al encontrarme con gran parte de la poesía que se escribe, o, más aun, la que se escribía hace treinta, cuarenta o cincuenta años. El poeta que más se dedicó a poner esa realidad sobre el tapete, el que concibió esa fórmula, “el paraíso del tonto solemne”, cumplió hace poco cien años, el 5 de septiembre, es chileno y se llama Nicanor Parra. Titulado “La montaña rusa” el poema –apenas ocho líneas– está en Versos de salón, de 1962: “Durante medio siglo/ la poesía fue/ el paraíso del tonto solemne./ Hasta que vine yo/ y me instalé con mi montaña rusa.// Suban, si les parece./ Claro que yo no respondo si bajan/ echando sangre por boca y narices."
 
No solamente, por lo tanto, era algo muy diferente de un paraíso para tontos lo que proponía Parra, sino un juego peligroso, al que no cualquiera iba a animarse a subir, y aunque la afectara una cierta sobreestimación de su propio rol –porque los casos de poetas renuentes a la solemnidad y la tontería no son pocos desde mucho antes de la llegada de Parra y porque tampoco con su llegada concluyó ese “paraíso”–, algo quedaba claro en su jugada; una línea divisoria, podría decirse, entre dos grandes modos de entender la lectura y la escritura de poesía: o el regodeo autosatisfactorio en una ilusión de grandeza y trascendencia personal, o una tarea, no necesariamente fácil y ciertamente comprometedora. Algo de eso creí entender cuando Aníbal Cristobo juntó en Facebook “La montaña rusa” con esta declaración de otro poeta, el norteamericano Charles Bernstein: "El problema con enseñar poesía es quizás el contrario de otras áreas: los estudiantes llegan creyendo que es personal y relevante, pero trato de que la vean como formal, estructural, histórica, colaborativa e ideológica. ¡Qué aguafiestas!"
 
Un aguafiestas, sí, Bernstein, cuando tira abajo los inflamados sueños de tantos aspirantes a los laureles de poeta para proponerles un trabajo, seguramente más oscuro y no tan fácilmente gratificante. Puesta al lado de su meditada y tranquila propuesta, la de Parra parece apenas un alarde o un guiño a la hinchada. O a mí me lo parece, tal vez porque no puedo no verla desde este presente, sabiendo a dónde fue a parar o para qué suele emplearse su parafernalia desmitificadora.
“Lo que no me convence –escribí entonces– es que el lugar del tonto solemne pase a ser ocupado por el ingenioso provocador, o que la única tarea que empezó a parecer digna a muchos de los que se ocupan de la poesía es demostrar por cualquier medio que uno no es un tonto solemne, como si de eso se tratara todo. […] Me parece mucho más productivo y atendible el planteo de Bernstein, que no deja libre ninguna agarradera que pueda ser utilizada para justificar cualquier cosa.” Cristobo respondió que no cabe atribuirle responsabilidad en eso a Parra, y que él no puede imaginar “ningún tipo de colocación que consiga evitar, en su teoría, la posibilidad de que algún tarado pueda agarrarse de ella para llevarla para el lado de los tomates”.
 
Tampoco creo, por supuesto, en las formulaciones a prueba de malos entendidos, entre otras cosas porque no son posibles. Lo que me pasó, concretamente, es que una luz roja se me encendió al leer la cita de Parra, al margen de lo que él haya hecho. No sólo hoy se supone, en muchos casos, que para hacer poesía basta con eludir la solemnidad o hacer ver que se la elude: al rechazo a lo solemne se lo está usando demasiado para tirar abajo cualquier intento de extender las fronteras de la imaginación y el pensamiento, o de trabajar la escritura en busca de más posibilidades. Tal vez lo que amenace, a esta altura del siglo XXI, a la poesía, sea menos el peligro de caer en tonterías solemnes que el de sumarse a ese “avance de la insignificancia” que, en palabras de Cornelius Castoriadis, adecua todos los aspectos de la vida a las necesidades del mercado.
 
Ni se me ocurriría asociar la palabra “insignificancia” al Nicanor Parra que en Poemas y antipoemas, en Versos de salón, en Canciones rusas o en La camisa de fuerza, se dedicó jubilosamente a subvertir las visiones establecidas, a fuerza de humor sarcástico y disparate, a la vez que reformulaba los modos de producir significación poética mediante el registro de la concreta vida moderna y su sometimiento a un proceso de fragmentación y montaje, de la explotación de lo que hay de intencionado y equívoco en el “lenguaje corriente” y de una sagaz apelación a capacidades intelectuales del lector. Desde el premio Cervantes al homenaje que en su centenario le brindó la presidenta Michel Bachelet, están más que merecidos los reconocimientos a Parra, pero no por eso voy a dar mucha importancia a textos de su autoría como este “Epitafio” de 1993: “Yo soy Lucila Alcayaga/ alias Gabriela Mistral/ primero me gané el Nobel/y después el Nacional// a pesar de que estoy muerta/ me sigo sintiendo mal/ porque no me dieron nunca/ el Premio Municipal”.
 
“Parra abrió caminos, desde Poemas y antipoemas, y termina con Sermones y prédicas del Cristo del Elqui. Lo demás es chistes, dibujos, cosas así hechas por presión editorial”. El que lo dice es un poeta chileno actual, Germán Carrasco, y es un hecho que, si a los textos de Parra se los lee sólo por lo que ofrecen, rara vez va a encontrar uno algo más que ejercicios de ingenio en la producción de los últimos treinta años, como si se considerara autorizado a hacer cualquier cosa al amparo del prestigio ganado. Que lo ganó bien ganado es indudable, y también que escribir chistes nada tiene de malo, siempre que se los tome como chistes. Para quienes entienden que lo único que importa es no parecer solemne tal vez no haya diferencia entre estas provocaciones ingeniosas y aquellos poemas que podían hacerle a uno “echar sangre por boca y narices”. Otros seguiremos prefiriendo ejercicios de la extrañeza y la ironía como el que Parra desata en “Padre nuestro”, su extraordinario talento para versificar y para encontrar la palabra justa, su inconfundible creatividad: “Padre nuestro que estás en el cielo/ Lleno de toda clase de problemas/ Con el ceño fruncido/ Como si fueras un hombre vulgar y corriente/ No pienses más en nosotros.// Comprendemos que sufres/ Porque no puedes arreglar las cosas./ Sabemos que el Demonio no te deja tranquilo/ Desconstruyendo lo que tú construyes.// Él se ríe de ti/ Pero nosotros lloramos contigo:/ No te preocupes de sus risas diabólicas.// Padre nuestro que estás donde estás/ Rodeado de ángeles desleales/ Sinceramente: no sufras más por nosotros/ Tienes que darte cuenta/ De que los dioses no son infalibles/ Y que nosotros perdonamos todo.”