22/09/2014 Pablo Hupert

Contra los sentidos dominantes del judasmo

En Judaísmo líquido, el ensayista Pablo Hupert, pone a prueba el concepto de liquidez forjado por el sociólogo polaco Zygmunt Bauman para indagar sobre la condición del judío en la época de las redes sociales y la globalización cuando se es capaz de pensar esa condición por fuera de la doxa que compone el supernumerario israelí y religioso.

Por Pablo E. Chacn

El libro, publicado por la editorial Biblos, funciona como un recorrido y un bloc de notas donde se apuntan una serie de extrañezas que rompen el coro monocorde de la supuesta identidad judía.
 
Hupert es historiador, graduado en la Universidad de Buenos Aires (UBA), y autor de El bienestar en la cultura y El estado posnacional.
 
Esta es la conversación que sostuvo con Télam.
 
 
- ¿Cuáles son las tesis que organizan Judaísmo líquido?
- Judaísmo líquido es un recorrido y un bloc de notas. No lo digo por mostrar un modo amable de llamar a un libro, como si hubiera pretendido desde el principio simular un blog en papel y estuviera intentando ser actual por la vía del diseño. Lo digo porque un recorrido es impulsado por una pregunta, una  inquietud, un deseo (“preguntando caminamos”, enseñan los zapatistas).

- ¿Qué pregunta movió al libro, entonces?

- Es una buena forma de expresarlo. Digo esto porque a un libro clásico lo organizan unas tesis, es cierto, pero a un recorrido abierto, a una verdadera búsqueda la impulsa y la organiza eso que el recorrido mismo va encontrando. Lo que iba encontrando lo iba anotando. Las notas basculan entre el registro empírico o anecdótico y la conceptualización teórica. Pero voy a la pregunta. La inquietud y el deseo que me impulsaba tenía que ver con mi condición judía. Diferentes hechos prácticos a lo largo de mi infancia me marcaron como judío, que tal vez se coronen en mi relación con Ignacio Lewkowicz, gracias a quien pude formular una pregunta sobre mi marca judía. Lewkowicz enseñaba a disociar la marca del sentido. La marca exigía sentido, pero no era el sentido. El sentido se construía. Y se construía con otros. Así que empecé a caminar preguntando por el sentido de la marca. Como un sentido así no se construye de manera solipsista, esperaba poder construirlo con otros, pero me encontré con que el sentido de lo judío se halla cubierto por lo israelí y lo religioso, dos modos de relación con lo humano que a mí no me mueven.

- Pero al parecer te encontraste con que no a todos los judíos los mueven lo israelí y lo religioso. Hablás de judíos “sueltos” y de judíos “truchos”…

- Así es: pero llega a tal punto la saturación de lo judío por lo israelí y lo religioso, que muchos de estos judíos prefieren alejarse de su condición, ser indiferentes a la pregunta que la marca efectúa, probablemente porque la hegemonía incluye no transmitir la tradición de la invención colectiva, o más probablemente porque no les interesa.

- ¿No les interesa su marca?

- Sí, la marca, o el afecto, sí. Lo que no les interesa –al menos a los que yo conocí, que no son tantos– es construir un sentido judío autónomo, que no compre los sentidos dominantes del judaísmo. Aquí es donde entran a tallar las prácticas judías que llamo líquidas: desde que el mercado global se ha convertido en circulación de mercancías con “alma” (un alma insuflada por el marketing de las marcas), el afecto judío puede cultivarse consumiendo cultura judía y entablando conexiones desconectables con otros judíos y con instituciones judías. Así que me encontré con que la dificultad para la autonomía –algo a lo que tan decisivamente contribuyeron los judíos de fines del siglo XIX y principios del XX– no venía tanto de un Estado ni de unos templos ni de unas anquilosadas instituciones, no venía tanto de dispositivos tan molares que en todo caso no hegemonizan a todos los judíos, sino que venía más de dispositivos moleculares, o para ser más claro, de dispositivos mercantiles con capacidad de actuar molecularmente satisfaciendo necesidades afectivas performadas como individuales y evitando necesidades de lazo social y cooperación.

- ¿En eso consistiría el judaísmo líquido?

- Exacto. Solo aclararía que no es “el” judaísmo líquido porque se trata de una dispersión de conexiones identitarias, y no de un sistema de identificaciones enlazadas. O una dispersión de interfaces que propician conexiones más que un concierto de instituciones que articulan lazos de obediencia. O una red de individuos que consumen mercancías judías tangibles e intangibles (desde imanes para heladera hasta viajes a destinos señalados, pasando por educación, videos de YouTube y un sinfín de etcéteras), y lo hacen sin quedar adscriptos al lugar donde las obtienen.

- Dijiste que anotabas lo que ibas encontrando en el campo y por eso la basculación del libro entre anécdota y concepto. ¿Encontrabas conceptos?

-Algo así. Lo que encontraba eran extrañezas, anécdotas anómalas si querés, que no cuadraban en lo que se suponía clásicamente que se debía encontrar en el campo judeoargentino. Cuando, por ejemplo, un proyecto comunitario como fue Yok o como sigue siendo el Festival Internacional de Cine Judío, buscan convocar a compartir elementos judíos de todo tipo sin requerirte ser miembro de una institución judía, están practicando un judaísmo bien extraño para el campo judeoargentino del siglo XX. Esas extrañezas cuestionaban preconceptos sobre la organización étnica y exigía algún concepto que permitiera pensar las formas de organización societaria contemporáneas (que por comodidad llamamos líquidas), no solo las judías. Son las prácticas, no las teorías, las que exigen conceptualización.

- Si el concepto de "lo líquido" viene de Zygmunt Bauman, ¿cómo trabajaste la supuesta colisión entre la "liquidez" y cierta forma que hace a la "identidad" (cierta fijeza) del judío? ¿Acaso bajo la figura del judío "solitario"?

–Es que liquidez sirve como metáfora. Las metáforas sirven para que un concepto contraintuitivo se abra paso en nuestra imaginación. Una vez abierto el paso, conviene llegar al concepto, y conservar la metáfora solo a condición de que sea el nombre de ese concepto al que, al comienzo, le había abierto el paso. El concepto de liquidez que se fue componiendo en ese recorrido tiene que ver, no tanto con la desconfiguración de las formas, como aparece en cierta síntesis de Ignacio Lewkowicz, sino un más bien con aparición de formas muy maleables, aptas para los tiempos globales que corren. La identidad parece nombrar algo que no fluye, que permanece relativamente inmóvil, o que se mueve poco, pero también eso puede alterarse, volatilizarse y seguir siendo llamado así. En Modernidad líquida, Bauman dice mientras la comunidad colapsa, la identidad se inventa. Lo que encontré es que la identidad puede circular en la cultura líquida si, por un lado, se individualiza, si toma estado individual, y por otro, si puede recombinarse (cuestión de que la autenticidad vuelva a ser operativa para cada nueva empresa aquí o allá, ahora o después, con este o con aquél). Un buen ejemplo es el uso instrumental de la identidad: ser judío para conseguir un viaje barato a Israel y Europa, ser italiano para conseguir la visa de la Comunidad europea. En breve, es inconcebible una sociedad sin formas, aunque hacia 2001 la fluidez argentina parecía presentarse así. Se trataba de indagar cómo tomaba forma lo social en condiciones de velocidad, volatilidad y multiplicidad, condiciones de capitalismo financiero globalizado más que industrial y nacional.

- Lo que en otro libro llamás segunda fluidez.

- Exacto.

- Finalmente, si Bauman habla de liquidez para poner blanco sobre negro la crisis, entre otras cosas, de la autoridad en un mundo compulsivo, despiadado, ultracompetitivo, ¿existe un judaísmo capaz de operar por fuera de ese universo de discurso? ¿Dónde está, cuál es?

- Permitime señalar que en esta crisis de autoridad es el apogeo de la compulsión  lo que manda. Un judaísmo capaz de zafar de esto y de devenir otro con otros yo no encontré, pero nada impide que lo inventemos. De hecho, inventar judaísmos es algo que encontramos en la historia si nos dejamos interrogar por sus extrañezas. Te digo una extrañeza importante y decisiva del siglo II: hacer existir un judaísmo sin Templo y fuera de Canaan. El judaísmo talmúdico es el invento que respondió a esa descabellada pretensión, y hoy se ha naturalizado que el judaísmo diaspórico fuera talmúdico. Otra extrañeza: que existan judíos con Estado y no con Reino de Israel. De hecho, a los judíos de inicios del siglo XX, el sionismo les resultaba un alejamiento del judaísmo. Sin embargo, hoy el judaísmo israelí se ha naturalizado. Pero su influjo sobre los judíos del mundo no es total. Otra extrañeza, de la que estuvimos hablando: cuando hay crisis de autoridad, inventar un judaísmo sin comunidad y de consumo. Sí encontré algunos conatos de autonomía, como la interpretación de la tradición con independencia del judaísmo corriente, o la generación de lazos de referencia para evitar la deriva, morigerar las incertidumbres de la reconfiguración. Lo que ocurre es que en estos tiempos de dinámica mercantil, se tienden a diluir. Pero son irrefrenables, habilitados en parte por la misma relajación de las ligaduras sociales, así que seguramente la invención será continuada. Lo que desconocemos es si tendrá consecuencias subjetivas, efectivas en el sentido de lo judío. 

Pablo Hupert en AMIA TV