11/09/2014 libro

La tristeza invade a la humanidad en una apocalptica historieta

Una epidemia atroz transmitida por las vacas será el punto final al mundo tal cual se lo conoce, según Federico Reggiani y Ángel Mosquito en la reciente novela gráfica Tristeza, una historieta apocalíptica, sin invasores ni extraterrestres, donde el héroe es colectivo, un grupo que aprenderá a sobrevivir sin luz ni agua pero también sin capitalismo, estado ni instituciones.

Por Leticia Pogoriles

"Hay un verso de T. S. Eliot que dice «Así­ es como acaba el mundo, no con una explosión sino con un gemido». Las cosas tienden a disolverse, a decaer, más que a terminar de manera espectacular", dice Reggiani a Télam sobre el germen de esta historieta que se publicó por capítulos en la revista Fierro entre 2011 y 2012 y que ahora publica completa el prestigioso sello cordobés Llanto de Mudo

Situada en algún lugar del conurbano en el año 2015, un grupo de sobrevivientes de la tristeza -una extraña epidemia transmitida por las vacas- debe organizarse y emprender una vida comunal, con huertas, algunas gallinas, un molino y una precaria escuela; sin olvidar un reciente pasado sin pestes y haciéndole frente a la incierta cotidianeidad. 

Pero la trama se complica un poco más con los encuentros cercanos con los "tristes" -que enloquecen luego de un período de lágrimas y mueren-; "los que bailan", unos niños forajidos y ruidosos; y la sociedad verticalizada y estricta de otro gran grupo de sobrevivientes, con poderosos déspotas y fervientes religiosos.

Con un ritmo imposible de soltar, recursos del humor y un registro realista que esconde guiños de ciencia ficción y metáforas ácidas de la vida comunal, está consolidada dupla -viene de publicar Vitamina Potencia- retoma una idea muy utilizada para contar un fin del mundo sin efectos especiales ni heroísmos sobresalientes, pero igual de desolado, misterioso y esperanzador. 

Lo que se destaca en esta obra es el tratamiento del esfuerzo grupal en pos de la vida; allí confluyen niños y adolescentes con una mirada más fresca de ese nuevo mundo, y jóvenes y adultos mayores que llevan sus pasados a cuestas. "Lo humano en Tristeza es lo social. Los personajes descubren que si no inventan sociedades se sienten menos humanos, pero es algo que nos fue apareciendo", sostiene Reggiani, guionista platense. 

"Es que en la vereda opuesta de ese líder estadounidense que salva a todos, en Tristeza, la salida a la situación apocalíptica es colectiva. "El modelo de concentrar un relato alrededor de un 'héroe' es sencillamente fastidioso e inverosímil: reventó todo, quedó vivo un 10 por ciento de la población, ¿qué diferencia puede hacer un sólo tipo?, además es aburrido", dice Reggiani. 

"Cuantos más personajes ricos uno maneja, más posibilidades hay de hacerlos actuar y hablar. La enseñanza de Héctor Germán Oesterheld es sobre todo esa: necesitás por lo menos dos (y si hay más, mejor) para que el relato funcione. Y también porque un relato coral enriquece las posibilidades. No nos gustan los héroes, nos gustan las personas", reflexiona Mosquito. 

Justamente entre las influencias que permean Tristeza hay rastros de la primera parte de El Eternauta; La Carretera, de Cormac McCarthy; Soy Leyenda de Richard Matheson, y agregan: "las partes sin zombies de películas de zombies, fotos de Chernobyl hoy, relatos de ciencia ficción que habrán pasado por nuestros ojos y ni recordamos. Sarmiento con el slogan «civilización o barbarie» y George Orwell y la zona «futuro totalitario», en menor medida".

"Creemos -dice Reggiani y Mosquito asiente- que a los humanos siempre nos gustó «la imaginación del desastre». Pensar un desastre es como «simplificar» y ponerse a pensar cómo funcionan la vida, las sociedades, los sentimientos, pero en un contexto más simple".

Lejos de esa barbarie sarmientina, los autores toman como punto de vista al civilizado que se salva de la muerte de "tristeza". "Pensamos «civilización» como «vida en grupo bajo reglas de algún tipo». El plan era fin del mundo, sobrevivientes, ver qué pasa", resume Reggiani y Mosquito acota: "Nos pusimos en el lugar del citadino civilizado porque de alguna forma nos identificamos y queríamos ver si se podía experimentar el terror del fin del mundo desde donde vivimos todos los días".

Ese lugar imaginado es Villa Astolfi, un poblado en el conurbano a medio camino entre lo rural y lo urbano, "un espacio rico para narrar -cuenta el guionista platense- porque las ciudades se vuelven intransitables con basura, cadáveres amontonados, mamposterías que se caen y el puro campo siempre resulta un poco aterrador".

Mientras que Mosquito añade: "Nos imaginamos donde iríamos a vivir si ocurre un desastre así. Y lo más inteligente nos pareció irnos al final de ciudad, cerquita de los supermercados para saquear y de la tierra para cultivar".

La segunda parte de la historia narra el encuentro del grupo con una sociedad que aspira a volver al mundo de antes, "parecía lo más lógico que la gente vuelva a reorganizarse de la manera que más o menos sabe hacerlo: con reglas. Hay dos líneas políticas, los que quieren tener reglas y optimizar recursos, y los que tienen una veta más mística. En realidad, el misticismo es lo que los une, a través de los cantantes de cumbia", adelanta Mosquito. 

Y nos gustaba que el fin del mundo sea lento y deprimente, pero no creo que nuestra civilización se merezca morir de tristeza


Ángel Mosquito
Tristeza ¿es un fresco de los humanos en sociedad?
Reggiani: No me gusta mucho la idea de "representar" la sociedad, pero supongo que son nuestras ideas sobre lo social, que tal vez son ideas de nuestra época. Si hay poder, hay resistencia. Y la creencia religiosa parece que no se puede evitar.

¿Es un guiño poético que la civilización tal cual la conocemos muera de "tristeza"?
Mosquito: Queríamos evitar que el tema del nombre de la enfermedad tenga algún tipo de significado. Pensé en la enfermedad de la vacas (la vulgarmente llamada Tristeza) porque hace que los animales se vean decaídos. Y nos gustaba que el fin del mundo sea lento y deprimente, pero no creo que nuestra civilización se merezca morir de tristeza. Tal como vamos, es más probable que terminemos con bronca más que con tristeza.