11/09/2014 Vicente Battista

El plagio nuestro de cada da

Plagium, en latín significa “apropiación de esclavos ajenos”, y deriva del griego: “trapacero, engañoso”. A su modo, la Real Academia mantiene ese significado: plagiar, informa, “es copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias”, y aunque ya no se trata del robo de esclavos sino de palabras, la voz “Plagio” conserva aquel concepto de acción trapacera que decretaran los griegos.

Por Vicente Battista

Se podrá decir que las palabras no tienen dueño, y es cierto, pero cuando el acumulado de esas palabras constituyen un poema o un cuento o una novela o cualquier otra manifestación literaria, pasan a ser propiedad del autor. Por consiguiente, desde el mismo momento en que copiamos textualmente un fragmento o la totalidad de esa obra, nos convertimos en plagiario, es decir, en sujetos trapaceros y engañosos: exponemos como propio lo que es ajeno.
Hablo de palabras, no de ideas, temas e incluso personajes.
 
A Edipo lo encontraremos en páginas de Esquilo y de Sófocles, a Fausto en una rica lista de grandes autores. Un tal Alonso Fernández de Avellaneda en 1614, nueve años después de la aparición de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha publicó Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, un libro que, tal como su título anunciaba, se disponía a continuar con las peripecias de los personajes creados por Cervantes. Hasta hoy no se sabe a ciencia cierta quién fue Alonso Fernández de Avellaneda, pero aunque se hubiese conocido su identidad no habría sido juzgado: no había cometido un acto de plagio, se había apoderado de un personaje ajeno al que, con sus propias palabras, le daba nueva vida.
 
Esta costumbre se mantiene hasta hoy. Sherlock Holmes, Sandokan, Tarzán pueden dar fe de ello, siguen deleitando a los lectores con nuevas acciones, aunque sus creadores hace muchos años que han muerto. Hace pocas semanas John Banville, bajo su heterónomo Benjamin Black, publicó La rubia de ojos negros, una nueva aventura de Philip Marlowe, el incomparable detective creado por Raymond Chandler. Joe Gores es un autor estadounidense especialista en policiales: varias novelas, un centenar de cuentos y numerosos guiones de series de TV, Colombo, Kojak y Remington Stelee, dan prueba de ello.
 
En 1975, Gores publicó “Hammett”, una novela más tarde llevada al cine, que aquí apareció en la colección El Séptimo Círculo bajo el nombre de “Al estilo Hammett”. La novela tiene como personaje al célebre escritor, hace mención de algunos de sus textos, pero de ningún modo se acerca a la categoría de plagio.
 
El plagio es otra cosa. Es, por ejemplo, lo que hizo Gustavo Almard, aquel escritor francés que en 1867 publicó “La Mas-Horca”, una novela en la que graciosamente incorporó las cuatro primeras partes de “Amalia”, de José Mármol. Cuando descubrieron su triquiñuela, Almard no negó el acto, aunque alegó que “Amalia” sólo había sido su fuente de inspiración.
 
También en Francia, pero hace pocos días, otra supuesta fuente de inspiración fue sospechada de plagio. En su “Sobre el plagio”, editado por el Fondo de Cultura Económica, Héléne Maurel-Indart cuenta la curiosa diatriba que sostuvieron dos escritoras amigas: Camille Laurens y Marie Darrieussecq. En 1995 Camille Laurens publicó “Phillipe”, un libro autobiográfico en el que narra la muerte de su hijo recién nacido. Doce años después, Marie Darrieussecq publicó “Tom ha muerto”, una novela que tiene como tema central la muerte de un hijo que acaba de nacer. Camille Laurens acusó a Marie Darrieussecq de haberle plagiado el dolor. A pesar de las lágrimas, el asunto no tuvo suficiente peso como para iniciar una demanda, aunque ambas autoras reconocieron que el hecho incrementó la venta de ambos libros.
 
En el año 1933 se promulgó la Ley 11723 que sostiene que “la edición, venta o reproducción de una obra suprimiendo o cambiando el nombre del autor, el título de la misma o alterando dolosamente  su texto”, es considerado plagio, el artículo 72 de esa Ley proclama que quien lo cometiera puede recibir penas de un mes a seis años de cárcel. Si bien por estas calles se han cometido destacados plagios, ni uno solo de sus ejecutantes sufrió pena de cárcel, aunque dio cierta pena el modo en que lo justificaron y se defendieron. En 1997 Daniel Omar Azetti obtuvo el Premio Literario del diario “La Nación” con su cuento “La ilusión que se escurre”. Aún no se habían apagado los ecos del festejo, cuando alguien reparó que el relato premiado era una copia textual del cuento de Giovanni Papini “El espejo que huye”. Azetti no se inmutó,  habló de intertextualidad, “no es un plagio —dijo— es una construcción intertextual” y agregó que se trataba de una suerte de homenaje al escritor italiano, al que él admiraba desmedidamente.
 
Una idéntica admiración, aunque algo más calma, habrá sentido Sergio Di Nucci por Carmen Laforet: en su novela “Bolivia Construcciones”, primer premio en el concurso de “La Nación-Sudamericana” de 2006, incluyó treinta páginas de “Nada”, novela de la escritora catalana. En esta ocasión, Di Nucci no habló de intertextualidad sino “de la reescritura como un principio constructivo de la novela, que por algo se llama ‘Bolivia Construcciones’”. Ni Daniel Omar Azetti ni Sergio Di Nucci lograron convencer a sus jueces: no conocieron la humedad de la cárcel, pero les quitaron los premios que habían obtenido.
 
Sospecho que algún defensor del plagio podría argüir que en los tres evangelios sinópticos, Mateo plagió a Marcos, y Lucas plagió a Mateo y a Marcos. Sin embargo, no sirve como argumento: se trata de textos canónicos que, para la gente de fe, escapan al tribunal de los hombres y se rigen exclusivamente por el derecho divino.