25/08/2014 Mayra Martell

Una fotgrafa que reconstruye identidades

Mayra Martell es fotógrafa, mexicana, de Ciudad Juárez, y llegó a la Argentina con su "Ensayo de la identidad", en el que reconstruye en imágenes poderosamente simbólicas la vida de mujeres desaparecidas y asesinadas en el lugar donde nació, algunas de ellas hoy tendrí­­an su edad, otras son sólo niñas, sin embargo todas comparten la misma vulnerabilidad en una sociedad abusiva, violenta y fracturada.

Por Milena Heinrich

"Me interesa Buenos Aires por todo lo que sucede con la memoria, los desaparecidos. Está muy presente el espíritu de la búsqueda de identidad", dice Martell en diálogo con Télam, mientras camina por el segundo piso de la Galería Arte x Arte (Lavalleja 1062), donde exhibe su ensayo fotográfico hasta el próximo 26 de septiembre, con curadurí­a de Marina Oybin.


A los 19 años se fue de Juárez y hasta ese entonces recuerda que caminaba por las calles sin soltarle la mano a su mamá por el miedo que a las dos le causaba la ciudad, volvió a los 25 y a su regreso recorrió las calles y las encontró empapeladas de imágenes de chicas desaparecidas. "Casi todo el centro estaba tapizado de esos reportes". La curiosidad "la obsesionó" y comenzó a golpear las puertas de las direcciones de esos afiches, que decoraban con naturalidad toda la ciudad.

Eso fue en 2005. Y no paró: comenzó a entrar en las casas de las mujeres que no estaban, escuchó a sus madres, conoció sus habitaciones. "Se empezó a dar una relación muy extraña con sus familiares porque llegas y el único ví­­nculo que hay con estas mujeres es una persona que no está. Las empiezas a conocer por sus cosas, sus espacios, sus cartitas..."

"No puedes hacer un retrato porque la persona no está y te enfrentas a no convertirlas en cifras; de ahí­ salio el ejercicio de la identidad. Intentos, intentos y más intentos para dar con alguien que no está; todos sabemos que sin identidad no hay delito. ¿Cómo solucionarlo? Empiezas a encontrar significados", explica la fotógrafa.

Significados que se traducen en objetos, paredes intervenidas, remeras, fotografí­as en retratos. "Son zapatos, pero no son cualquier par de zapatos, son los zapatos de ella que ya no está, es la carta de ella que ya no está. Tienen mucho valor, sus madres los tocan y cuidan porque es lo único que les queda", elucida.


Martell documentó 72 casos de mujeres de entre 14 y 20 años desaparecidas y asesinadas, como Neyra de quien materialmente sólo queda un identikit basado en la memoria de su madre porque las dos fotos que tení­an se las dieron a la policí­a o Yanina que desapareció a los 15 cuando fue a pagar el colegio y su cuerpo fue encontrado en una fosa común en 2011.

También está Anita, a quien encontraron en esa misma fosa, con su fotografí­­a en un pequeño portarretrato, casi como una estampita; la cartita de los deseos a corto y largo plazo que escribió Erika antes de desaparecer el 11 de diciembre del 2000 a sus 19 años y la habitación intacta de Cinthia "levantada" a sus 13 cuando iba camino al centro a cambiar un regalo.

Son ausencias que estremecen, algunas de ellas ví­ctimas de redes de trata, otras de femicidios, todas tienen en común ser "de bajo perfil económico y muy bonitas. Es malo ser linda en Ciudad Juárez. Si les gustas te suben al auto y chau", refleja Martell, aunque advierte que "las mujeres son ví­ctimas pero también todo aquel que esté vulnerable: niños, adolescentes, jóvenes".

"No sólo son redes las que operan en Ciudad Juárez, somos todos­: tu esposo que le hizo eso a tu hija, el vecino y así. Es una sociedad enferma, caduca, ya no funciona religión, familia, no funciona nada, está fracturada por el tejido de la violencia tan densificado, con tantas texturas y maneras de existir, y encima se trata de una frontera: termina México y comienza Estados Unidos".

Para la fotógrafa, que se fue de su ciudad para estudiar en Cuba y Estados Unidos, en Juárez "hay una normalización de la violencia, si pasa es porque se puede. Aparecen ocho, diez cuerpos y nadie dice nada. De cierta manera las personas empiezan a aceptarlo como si fuera normal; en este momento puede estar pasando algo así no sabes dónde, pero sabes que está pasando".

Martell se fue metiendo cada vez más, y no pudo, ni tampoco quiso, salirse de esas historias atravesadas por el dolor, despegarse de la angustia de esas madres a quienes les arrancaron a sus hijas. "Me tratan como familia y sigo viéndolos, trato de tener esta relación que se dio en forma bastante extraña. Y todo el tiempo pienso `¿dónde están las chicas?`".


"También me siento incompleta, cuando te involucras empiezas a tener este vací­o de buscarlas mientras caminas, pensar en ellas; es un trabajo que llevo hace diez años y no puedo dejarlo", da cuenta la fotógrafa sobre su ensayo.

Tanto se involucró que en 2010 tuvo que "salirse" de Juárez; la habí­an secuestrado cuando publicó en un diario local la desaparición de una niña, y todo se puso peor cuando el gobierno declaró la guerra a los carteles. "Tuve que empacar en cuatro dí­as, la ciudad era una balacera y el caos habilita más caos", dice Martell, que entonces se subió el auto, como le dijeron y avanzó sin mirar para atrás camino al D.F.

"Yo me metí­ solita, las chicas no tuvieron opción", cavila la mexicana y cuenta que después de salirse de Ciudad Juárez empezó a hacer un diario -cuyas imágenes también componen la exposición en la galerí­a Arte x Arte- : "Veo un caso en el periódico, voy al funeral, al juicio y después me acerco a la casa de esas familias", señala sobre su método.

"Empiezo a documentar todo, a seguir caso por caso y de a poco", cuenta y mientras tanto enseña las páginas de ese registro personal con recortes gráficos, frases e imágenes. "Esa niña -y señala el artí­culo fotográfico de una nena asesinada en el medio de un camino de tierra- tiene nombre y familia. Estamos acostumbrados a ver a la violencia muy plana y la violencia tiene unas capas profundas inmensas".

Porque para Martell, y de eso trata "Ensayo de la identidad. Desaparición de mujeres en Ciudad Juárez", lo importante es hacerle lugar a la memoria, reconstruirla, mantenerla viva y recordar que todas esas mujeres que en la vorágine de la violencia se pierden como cifras escandalosas de muertes y desapariciones, son niñas, adolescentes y jóvenes de carne y hueso con historias, identidades y sueños.


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