21/08/2014 Daniel Freidemberg

Perseguidores

“Y desde ese lugar, que es el de la belleza y la desmesura, nombra lo real siempre por primera vez”, escribió Jorge Consiglio, en su comentario a la presentación que Liliana Herrero hizo de su disco Maldigo, hace no mucho, en el N/D Ateneo.

Por Daniel Freidemberg

Y es cierto: lo real nombrado por primera vez, como nunca antes se lo nombró. Ya lo venía intuyendo al escuchar sus discos, pero fue al verla y oírla a Liliana en recitales que tuve fuerte esa sensación: no solamente estaba cantando esa mujer, ahí, ante nosotros. Pasaba otra cosa, en otro nivel, que a uno le concierne de otro modo, o lo compromete más. O, para ser más exacto: sí, Liliana Herrero cantaba, antes que nada cantaba, pero algo más había en ese acto de exponer la voz al canto, como si algo irrumpiera, fuera de lo que parece posible, o como si a través de la voz y de la mujer se hiciera presente un ángel, por decirlo así, o un demonio, para nada sobrenaturales, y con esa aparición el mundo se transformara ante los que la estábamos viendo y escuchando, o se transformara nuestra manera de ver y sentir el mundo, al menos mientras duraba esa ceremonia en la que estábamos participando, no sólo con los oídos y los ojos.
 
No pude no recordar esa experiencia al leer la entrevista que la Agencia Paco Urondo le hizo a Liliana unos días antes de la presentación: “Yo no sé qué significa cantar, pero esa pregunta me conmueve”, dijo, y volvió a preguntarse: “¿qué significa cantar?” Y esbozó una respuesta: “es como cuando cantás, y vas inventando en el mismo momento de cantar. Eso es magnífico, si te pasa. Tal vez sean cinco minutos en un concierto, pero es magnífico porque salís del marcar tarjeta, salís de la forma administrativa del canto, que la hay.” ¿Qué sería “salir de la forma administrativa del canto”? Tal vez lo que agregó un poco después: “cuando entras a un escenario dispuesta a ver qué aparece, estar alerta a ver qué otro diseño melódico surge”.
 
Según parece –pensé entonces, como celebrando, y lo comenté con amigos– hay todavía quienes no renuncian a entender la música, el arte o la literatura como “perseguidores”, para decirlo con el término cortazariano. No se trata solamente de cantar o de escribir, aunque ante todo se trata de cantar y escribir. Hay que hacer que sobrevenga algo, que se manifieste, convocarlo, acceder por el canto o la escritura o algún otro medio a otra zona de la realidad, o a otra relación con la realidad, como el protagonista del cuento de Julio Cortázar. “Creo que me di cuenta en seguida”, dice, en “El perseguidor”, el saxofonista Johnny Carter. “La música me sacaba del tiempo, aunque no es más que una manera de decirlo. Si quieres saber lo que realmente siento, yo creo que la música me metía en el tiempo. Pero entonces hay que creer que este tiempo no tiene nada que ver con… bueno, con nosotros, por decirlo así.” Su interlocutor, Bruno, puesto por Cortázar en la función de narrador, percibe ahí un deseo que se impone a todo: “buscar, negando por adelantado los encuentros fáciles del jazz tradicional. […] Johnny parece contar con ella [su música] para explorarse, para morder en la realidad que se le escapa todos los días.” Y no se trata de escapar de nada: “Ir a un encuentro no puede ser nunca escapar”. Claro que, aclara Bruno, “nadie puede saber qué es lo que persigue Johnny”, y de algún modo el propio Johnny le contesta: “Breno, el jazz no es solamente música, yo no soy solamente Johnny Carter”.
 
Un “perseguidor”, si aceptamos el término, sería  alguien que no se conforma con hacer su trabajo y/o cumplir el rol que le toca. Necesita llegar a algo, hacer contacto con algo que algunos tal vez llamen “Dios” y otros “lo verdadero”, algo que, sea cual fuere el nombre que se le dé, no está en otro mundo ni tiene nada de sobrenatural. Está acá, en este mundo, más en este mundo que cualquier otra cosa, tapado por la costumbre, las convenciones y los intereses, latiendo a la espera de que algo le permita manifestarse. Aunque, en realidad, ese “perseguir” del perseguidor es, tanto como una persecución o más, un “dejar que venga”, un “dar lugar” (“yo no busco, encuentro”, decía Pablo Picasso). Aun sin llegar a extremos como el de Johnny Carter, o el de Charlie Parker, en quien Cortázar se basó para crear su personaje y cuya devastadora parábola recreó Clint Eastwood en Bird, algo de perseguidor hay en cualquier artista para quien, como decía Federico Fellini, “no hay nada que entender, no se trata de entender. Si no ¿qué harías después? Sólo hay que escuchar, escuchar las voces y esperar que no se cansen nunca de llamarte.” El perseguidor es tanto un cazador como un intérprete o un médium, si a médium le sacamos cualquier vinculación con lo esotérico o lo sobrenatural: alguien que media, que permite que se manifieste algo que, por algún motivo, está fuera de la vista.
 
¿Vieron, por ejemplo, en YouTube, a la orquesta de Aníbal Troilo, y ese momento en que Pichuco se queda solo con su bandoneón, cierra los ojos y entra, y entramos con él, en otra dimensión, reconcentrada e íntima, como si se entregara a una corriente profunda? Y, yendo de la música a la poesía, está el testimonio de Juan Gelman: “El poema nace por razones que desconozco, pero nace. La poesía no es algo que se pueda escribir por voluntad. Uno escribe poesía cuando la señora poesía viene, golpea la puerta y conversa con uno. Cuando ya no tiene más que decirnos, se va y nos deja.” “¿Es un impulso místico?”, le preguntaron entonces, y esto es lo que dijo: “Creo que hay tres experiencias que se asemejan mucho, que son la poesía, la mística y el amor, porque creo que en esas tres se produce lo que se llama el éxtasis, el salir de sí mismo.”
 
Podría hablar con fundamento de los místicos el autor de Citas y comentarios porque leyó mucho a San Juan de la Cruz y Santa Teresa, y tal vez algo haya incidido en esa experiencia su amistad con el poeta gallego José Ángel Valente, probablemente quien mejor pudo reflexionar por escrito sobre la poesía mística y sus lazos con la poesía en general: “todo momento creador es en principio un sondeo en lo oscuro”, escribió Valente. “Todo poema es, pues, una exploración del material de experiencia no previamente conocido que constituye su objeto. […] De ahí que el proceso de la creación poética sea un movimiento de indagación y tanteo en el que la identificación de cada nuevo elemento modifica a los demás o los elimina, porque todo poema es un conocimiento ‘haciéndose’.” Si es que todavía se puede conseguir, y si su precio, como está pasando con los libros importados, no resulta inaccesible, vale la pena acercarse a lo escrito por Valente en Las palabras de la tribu y Variaciones sobre el pájaro y la red. O bien, por otra vía, percibirlo en alguno de sus poemas: “Estar./ No hacer./ En el espacio entero del estar/ estar, estarse, irse/ sin ir/ a nada./ A nadie./ A nada.” Tal vez sea la mejor y más abierta manera en que quien escribe o canta puede estar, a la vez, en todo, con todos.