01/08/2014 Hasta el 10 de agosto

La Villa 21 cruza fronteras y se instala con su arte en Recoleta

La figura de un ángel tallada en mármol, un busto de monseñor Enrique Angelelli, el óleo de un paisaje florido, un enorme árbol que hunde sus raíces en la tierra, retratos a lápiz y decenas de viñetas, son algunas de las obras que artistas y residentes de la porteña Villa 21 de Barracas exponen por estos días en la Casa del Bicentenario.


El edificio de Riobamba 985, en pleno barrio de Recoleta, alberga hasta el próximo 10 de agosto la muestra "Aristas de la 21", un  paneo del pulso creativo en ese asentamiento, situado al otro lado de la ciudad, que puede verse de martes a domingos de 15 a 21, y dentro del programa "Puntos de Cultura", que organiza recorridos gratuitos por distintos museos nacionales.

Esta muestra, cuenta a Télam su curadora, Guadalupe Fernández, "surgió de un boca a boca iniciado en la Casa de la Cultura que hace más de un año funciona en el lugar" y que reunió 13 eclécticos artistas que se fueron autoconvocando al conocer la propuesta de mostrar su arte y producciones en este espacio institucional.

Se trata de autodidactas, estudiantes del Instituto Universitario Nacional de Arte (IUNA), egresados de la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano, aprendices del taller de escultura del Centro de Formación Profesional (CFP) 15 de Cacupé, jóvenes que en el arte encuentran un refugio o un espacio de intimidad y no tan jóvenes que saldan cuentas pendientes.

"La exposición se inauguró en la Casa hermana de Villa 21 -subraya la directora de la Casa Nacional el Bicentenario, Liliana Piñeiro-, y ahora está aquí con la idea de tender puentes".

Retratos de la vida cotidiana, creencias, figuras y paisajes urbanos evidencian que "la participación popular da sustento cabal al gesto creativo", resume Piñeiro mientras recorre las obras de Alberto Romero, Darí¬o Martín Vera, Germán y Mariana Galván, Rubén Darío Tuba, Angie Antonia Correa y María Rosalí Zarza entre otros.

Allí están el Angelelli y la Virgen de Cacupé realizada por Carolina Chorolque, con 23 años profesora de artes visuales y docente en los talleres infantiles de la Casa, como llaman al centro cultural los locales.

"Desde que gané en la primaria un concurso escolar de pintura no paro -asegura Coloque-, me dio tanta satisfacción que nunca más dejé el hábito del arte".

"Trabajaba a la mañana en el CFT, a la tarde cursaba la secundaria y a la noche estudiaba magisterio, iba a mi casa nada más que a dormir -se ríe-, pero estuvo buenísimo; y aunque cada año viví en un barrio diferente, a la villa siempre vuelvo, ahí están mi familia, mi trabajo en la parroquia y ahora está la Casa".

De este tipo de iniciativas se trata "democratizar el acceso a la cultura", interviene Piñeiro, entendida como "una herramienta de vinculación social y de rescate, como un instrumento para ir habilitar el camino a nuevas oportunidades".

Casi enfrentado al "Angelelli" recreado en yeso por Carolina está el pequeño ángel que José Martí¬nez talló en mármol, un neófito en materia de arte que hizo su primera incursión en los talleres del CFP a los 34 años, de esto hace ya cuatro temporadas.

"Siempre me gustó el arte pero nunca lo pude explotar y cuando llegué al taller el profesor me dio la libertad de elegir qué hacer -recordó-: En esa época a mi hija Catalina, que ahora tiene seis, le costaba mucho despegarse de mí, no quería dormir sola y estaba el cuento del ángel de la guarda, pero con eso no bastaba, así que empecé a tallarle éste".

"El gesto de guiñar un ojo lo modeló ella y los corazones representan la protección, la familia", describe José, para quien "empezar a los 38 años tal vez parezca un poco tarde" porque "hay chicos que ya pasaron por escuelas y tienen otra formación" pero, reflexiona, "me empecé a buscar a mí mismo y me estoy encontrando".

"Creo que desde séptimo grado me vengo preguntarme qué hacer de grande, en principio, logré que mi hija duerma sola", concluye.

Luis Simone, otro de los artistas presentes en la Casa del Bicentenario, es el responsable de los detallados retratos, casi obsesivos, y viñetas en microfibra que se encuentran más allá de las tallas y esculturas.

Autodidacta compulsivo -que dibuja desde que tiene memoria y de chico se las arreglaba para espiar revistas especializadas y aprender sin comprarlas-, recuerda que aprendió a retratar bajando fotografías de Internet que copiaba desde la pequeña pantalla de su celular.

"A los 13 años dibujaba todo el día, no sé qué me agarró -rememora este entrenador de boxeo de 25 años-. Hacía una historieta y me daba cuenta que de enero a marzo, ponele, mejoraba; veía que lo mío cambiaba y por eso seguía. Desde ese momento es como un cable a tierra, o más bien como despegar hacia una realidad que yo manejo".

La experiencia de Luis Rojas, sólo un año mayor, es muy distinta:  Grafitero, estudia en el IUNA y pinta murales con otros compañeros en barrios del conurbano bonaerense como Montegrande, Claypole o Don Orione.

"Refugios" es su obra. Un cuadro que "empieza con el árbol genealógico que sostiene una casa -describe-, y debajo hay juguetes, lo que más presente tenía en mi infancia".

"No suelo hacer cosas así, pero este cuadro es muy personal, además de lo obvio de la familia,  por el hecho de experimentar, lo pinté con fibrón corrido con aerosol para ambientes y un trapo", detalla.

"El dibujo es el refugio que uno tiene -continúa-, no un escape, es mirar lo que te gusta, representar tu forma, no importa si el otro lo entiende porque ese momento es lo que te hace bien", resume.

Y a esto se suma Enzo Benítez con su paisaje florido "De vuelta al Edén": "Pasé mucho tiempo sin pintar ni dibujar, por eso el cuadro se llama así -resume- y porque al volver redescubrí que pintar es un lugar donde olvidarse del tiempo, del día, de todo lo que uno quiera".