26/06/2014 Daniel Freidemberg

Eso que no se rinde

No acostumbraba Juan Gelman a criticar a otros poetas, ni en sus declaraciones ni en sus poemas, por eso llamó tanto la atención que “bellezas”, incluido en Relaciones (1973), empezara nombrando a Octavio Paz, Alberto Girri y José Lezama Lima para reprocharles estar “obsedidos por la inmortalidad creyendo / que la vida como belleza es estática e imperfecto el movimiento o impuro”, y después preguntarles “¿Por qué se afilian como viejos a la vejez?/ ¿ por qué se pierden en detalles como la muerte personal?”

Por Daniel Freidemberg

 

Que efectivamente estuvieran afiliados Paz, Girri y Lezama a la vejez o que concibieran a la vida como estática y al movimiento como impuro es algo que le toca decidir a sus lectores, pero, respecto de uno de ellos, al menos, la mirada de Gelman cambió con los años: “A Lezama Lima lo considero un gran poeta”, dijo en una entrevista de 2007. “Él también es importante en mi poesía.”
 
Varias veces Gelman volvió a declarar su admiración por el poeta cubano, pero los motivos por los cuales le resultaba importante para su propia obra no se perciben en los textos que escribió, salvo que no fuera en los rasgos de estilo o en los recursos expresivos donde se dio esa incidencia sino en la actitud respecto de la poesía. “Sólo lo difícil es estimulante, sólo la resistencia que nos reta es capaz de encarecer, suscitar y mantener nuestra potencia de conocimiento”, escribió Lezama, y algo así, precisamente, la poesía de Gelman empezó a proponer a sus lectores desde, por lo menos, Salarios del impío, de 1993: asumir el reto planteado por un texto que se resiste a facilitarle las cosas a quien quiere leerlo.
 
¿La intención era oponer dificultades? Más que eso, de lo que se trata es de no ceder nada a la exigencia de “hacerse entender”, porque el costo sería un empobrecimiento. Hay aventuras espirituales que no pueden darse en la escritura si no dejan de lado los pactos de lectura y los códigos de legibilidad existentes, si no reclaman al lector que conjeture otros códigos, otras legibilidades. Y esto vale tanto para el Gelman de los últimos veinte o veinticinco años como para Paul Celan, Samuel Beckett, el Vallejo de Trilce y, por supuesto, Lezama Lima, aunque en Lezama hay algo que tal vez lo diferencie: de él, sí, puede decirse que buscaba oponer dificultades, y que eso era fundamental en su estrategia poética. “Es lo raro que aquello que no entendamos se nos oponga en tal forma que nos despierte, haciéndose evidente, alejamientos y diferencias”, escribió en la revista Bohemia, ya en 1949. “Pues el no entendimiento surge, ya de indolencia o indiferencia en la penetración o de una opacidad particular que lanzan sobre nosotros ciertas escrituras sin objeto. Pero gusto de suponer que apenas una sustancia se mantiene ininteligible para nosotros, nuestro ardor para su apoderamiento bate su creciendo. El incentivo de lo que no entendemos, de lo difícil o de lo que no se rinde a los primeros rondadores, es la historia de la ocupación de lo inefable por el logos o el germen poético.”
 
Se da entonces en Lezama un deliberado rechazo a nombrar directa y hasta indirectamente “aquello de lo que se está hablando”, porque, tanto como ese principio primero (algo que pide ser llevado a la palabra), importa el disfrute de las imágenes que ese impulso convoca: no es tan importante develar como jugar a hacerlo, y ese es precisamente el modo en que “eso de lo que se habla” consigue hacerse presente, nunca de manera directa sino transmutado. La dificultad se vuelve así una posibilidad de placer, por el gozoso ejercicio de enfrentar lo desconocido y porque la opacidad fulgurante de la imagen es un premio en sí misma: “Granizados toronjiles y ríos de velamen congelados,/ aguardan la señal de una mustia hoja de oro,/ alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan hirvientes./ Dócil rubí que queda suspirando en su fuga ya ascendiendo.”
 
¿No estamos ante un juego vacuo, un mero regodearse en el lujo y lo vistoso? No al menos para Lezama. Como el creyente católico que siempre fue, conocedor del valor que el catolicismo da a las imágenes, a lo que apostaba el autor de Aventuras sigilosas es a la capacidad que tiene la imagen de valer por su propio esplendor y de al mismo tiempo ser un puente o nexo con “algo más”, que, aunque no se nombra ni se distingue, de alguna manera resuena en las imágenes. “La poesía se convierte en el vehículo de conocimiento absoluto, a través del cual se intenta llegar a las esencias de la vida, de la cultura y la experiencia religiosa”, escribió, acerca de Lezama, Cintio Vitier, poeta él también, y cubano, y católico.
 
La pregunta que entonces queda flotando es “¿estamos en condiciones, a esta altura del siglo XXI, de aceptar ese desafío? ¿Nos interesa? De ahí que sea tan arriesgada e incierta como necesaria la aventura de publicar a Lezama: eso es lo que dije, más o menos, al presentar Llamado del deseoso, la antología poética que compiló y prologó Mario Goloboff para Colihue. Fue en la Feria del Libro, donde a la vez se presentó una antología de los ensayos de Lezama Lima preparada y prologada por Horacio González. Necesaria, quise decir, por los mismos motivos por los que es arriesgada e incierta. Me pasa a mí y nos pasa, más o menos, a todos: no hay tiempo para textos como los de Lezama, o Proust, o el último Gelman, o Stephane Mallarmé, o Julio Herrera y Reissig. Y más aún que tiempo, lo que nos falta es disposición: frente al repentismo del tuit, del comentario en Facebook o en los foros de lectores de los diarios, ¿Se puede todavía pensar en una atención de otro tipo, menos imperiosa y más abierta, a un texto o a cualquier otra cosa, de modo de poder considerarlo mejor? Permitirse probar otras posibilidades, extrañarse, ¿es posible? ¿Y poner a trabajar la mente y la imaginación, dar permiso a la sensibilidad para ejercitarse ahí donde nunca lo hizo y ni se le ocurría que podía hacerlo?
 
La poesía era uno de los pocos ámbitos donde algo de eso ocurría, pero tampoco la situación de la poesía, en Argentina al menos, es la de hace treinta años, cuando rendir culto a Lezama era casi obligatorio y Néstor Perlongher publicaba su Parque Lezama. El poema, cada vez más, tiende a ser algo que se lee rápido y fácil, que bien puede entretener o producir algún efecto gracioso y que por lo general no va más allá de transmitir una anécdota, una ocurrencia o un sentimiento. Más ahora que antes, leer a Lezama implica un esfuerzo. ¿Vale la pena hacerlo? Es decir, detener la carrera y disponerse a entrar en lo extraño, entre otras cosas para quizá verificar que también uno puede acceder a otros modos de relacionarse con la palabra, con el mundo y con uno mismo. Cada uno sabrá, pero si uno prueba, y si se anima a insistir ante unas frases e imágenes que se le resisten, si entiende a la dificultad como una oportunidad de placer y conocimiento, no es improbable que algo se vaya a abrir ante sus ojos y ya no quiera renunciar a lo que encuentre. O no. Pero, si no prueba, nunca lo va a saber.