22/05/2014 Carlos Daniel Aletto

Julio Cortzar patafsico

Saúl Yurkievich, en uno de sus últimos textos, afirma que Rayuela, La vuelta al día en ochenta mundos, Último round y 62. Modelo para armar no se entienden sin París, y sin el “brote neovanguardista que pone de nuevo en auge a su querida patafísica”.

Por Carlos Daniel Aletto

En el París de los sesenta, como señala Yurkievich, “por debajo de los temas de discusión circulaba siempre un aire patafísico” tal como lo describe Cortázar en el capítulo 40 de Rayuela. Ya en el capítulo 1º dice el narrador:
 
Con la Maga hablábamos de patafísica hasta cansarnos, porque a ella también le ocurría (y nuestro encuentro era eso, y tantas cosas oscuras como el fósforo) caer de continuo en las excepciones, verse metida en casillas que no eran las de la gente...
 
La patafísica es en sí misma una paradoja, pues pretende estudiar las leyes que gobiernan las excepciones, como queda claro desde el principio de Rayuela y más formalizado en “Aspectos del cuento”, donde Cortázar asegura:
 
En mi caso, la sospecha de otro orden más secreto y menos comunicable, y el fecundo descubrimiento de Alfred Jarry, para quien el verdadero estudio de la realidad no residía en las leyes sino en las excepciones a esas leyes, han sido algunos de los principios orientadores de mi búsqueda personal de una literatura al margen de todo realismo demasiado ingenuo.
 
Así como gobierna las leyes de las excepciones, también explica los universos suplementarios al Universo; es decir que la patafísica también posee la capacidad de describir un universo que podría o debería ser el real. En esta tarea, es donde se inscriben los almanaques de Cortázar, desde el título mismo de La vuelta al día en ochenta mundos, por eso en la portada de la edición de dos tomos, aparece la ilustración de El malabarista de los mundos, la sátira que realiza Grandville a la utopía de Charles Fourier.
 
Deleuze escribe en 1993, un texto en Crítica y clínica llamado “Un precursor desconocido de Heidegger: Alfred Jarry”. Cortázar conocía al poeta francés, aunque no era un patáfisico, tal como lo supone su amigo y editor Francisco Porrúa. En un reportaje  del año 2000, aparecido en el ABC cultural, le preguntan a Porrúa si Cortázar había tenido contacto con los patafísicos en París; a lo que el editor responde:
No, no creo, aunque Julio conocía muy bien la literatura patafísica. Yo entonces era socio del Colegio de Patafísica y recibía todas las publicaciones del Colegio. Había todas las jerarquías, con nombres, pero Cortázar nunca apareció ahí. Por supuesto, le interesaban la patafísica, el humor, las excentricidades literarias, como le interesaban muchas otras cosas. Miembro activo del Colegio no fue, que yo sepa.
 
 Las ideas de esta “ciencia”, su lado excéntrico, era un material indicado para Cortázar, desde su misma actitud epistemológica, al pretenderse una ciencia de lo particular y no de los fenómenos generales. La patafísica es la ciencia de las soluciones imaginarias, para su práctica literaria la mencionada epistemología calza perfectamente, pues las leyes científicas son correlaciones de excepciones frecuentes aunque accidentales, que, al ser reducidas al status de excepciones, dejan de poseer la virtud de la originalidad.
 
En “Imaginación e historia en Julio Cortázar”, Jaime Alazraki señala que “ya en Los reyes [Cortázar] estaba más cerca del surrealismo y del principio patafísico de Jarry que de la historia.” En efecto, Jarry está incluido en la biblioteca de Rayuela, donde el capítulo 21, dice: “Mi mano tantea en la biblioteca, saca a Crevel, saca a Roberto Arlt, saca a Jarry.”
 
 
En la Conferencia dictada en la U.C.A.B. publicada bajo el nombre de “El sentimiento de lo fantástico”, Cortázar no deja dudas de su identificación con el escritor patafísico cuando dice:
Un gran poeta francés de comienzos de este siglo, Alfred Jarry, el autor de tantas novelas y poemas muy hermosos, dijo una vez, que lo que a él le interesaba verdaderamente no eran las leyes, sino las excepciones de las leyes; cuando había una excepción, para él había una realidad misteriosa y fantástica que valía la pena explorar, y toda su obra, toda su poesía, todo su trabajo interior, estuvo siempre encaminado a buscar, no las tres cosas legisladas por la lógica aristotélica, sino las excepciones por las cuales podía pasar, podía colarse lo misterioso, lo fantástico…
 
Esta quizá sea una de sus declaraciones más patafísicas, ya que explica lo fantástico desde el punto de vista de Jarry, con el cual se identifica: “pienso en mí mismo o pienso en Jarry”.
 
En la entrevista que le realizara Sara Castro-Klaren en el verano de 1976, en Saignon, Cortázar confiesa:
los pequeños escritores que en un libro o dos, y a veces en muy pocos textos, han conseguido lo que luego grandes académicos con 25 tomos no consiguieron jamás. Es decir, que la obra de un Alfred Jarry, con todo lo que tiene de mediocre en muchos planos, alcanza en algunas instancias lo que no consiguen las obras completas de François Mauriac.
 
En “Del sentimiento de no estar del todo” de La vuelta al día en ochenta mundos, le rinde un doble homenaje pues  en el margen tiene una ilustración de Alfred Jarry, mientras el texto destaca un nuevo perfil, ya no el de lo fantástico, sino el lado lúdico, el del humor y la ironía, conforman más caras de la poliédrica concepción poética de la patafísica. Esta arista está muy marcada en un texto donde constituye una dominante del humor paradójico: “De la seriedad de los velorios” texto del mismo almanaque donde nombra a Jarry entre los bufones y los juglares de la literatura.
 
Es desde ese perfil lúdico donde Cortázar (y su maestro Jarry) desean abolir la “etiqueta” en sus dos significados, por un lado, dislocar lo ceremonialmente solemne y, por otro, acabar con el marbete clasificatorio. Esta idea rupturista es la dominante constructiva en lo que Alfred Jarry publica entre 1899 y 1901 —antes que Marinetti y  todos los ismos posteriores— Almanachs illustré du Père Ubu.
 
De esta forma queda clara la inscripción de Cortázar en la estela de Jarry, pasando previamente por las operatorias paródicas de Rabelais y la fugaz aparición de almanaques en los  movimientos vanguardistas, aunque siempre poniendo el acento en la patafísica, pues esta cuestión está en el núcleo de su noción epistemológica del fantástico. Como se puede percibir con una mirada más profunda, a pesar de que Cortázar menciona un antecedente criollo (El almanaque del mensajero), se inscribe dentro de la tradición paródica francesa. Esto se puede apreciar mejor en unas líneas de la carta que Cortázar le escribe a su traductora al francés Laure Bataillon (Vienne, le 24 Septembre, 1969), mientras está corrigendo las pruebas finales de Último Round; allí, el escritor le confiesa: “Quisiera leer, leer doscientos libros que me esperan en París o en Saignon. Y vivir, claro está, algo que he hecho de manera más bien patafísica estos últimos tiempos.”