25/04/2014 1974

1974: Borges y la batalla decisiva

1974 es un umbral. En ese año Borges publica sus obras completas y escribe un prólogo para el Facundo de Sarmiento. Pone el ojo en una batalla entre la civilización y la barbarie –la de San Carlos- y, a la vez, anuncia que esa lucha no ha concluido. Como en un “instante de peligro”, aunque no para los oprimidos, Borges traza continuidades que desde el academicismo se le achacan al revisionismo o al pensamiento histórico crítico. Reacio a escribir sobre la política presente, 1974 se mete en esas páginas.

Javier Trímboli

Por Javier Trímboli



La derrota de Calfucurá y los indios en la batalla de San Carlos fue en 1872, en los primeros días marzo. Borges la recuerda en 1974, en el prólogo que escribe para una nueva edición de Facundo. Hesitaciones elegantes de lado, en esas páginas Borges afirma que la Argentina nunca dejó de vivir la lucha entre civilización y barbarie. “La disyuntiva no ha cambiado”; por eso, “desde la eternidad” –en latín- “el Facundo es aún la mejor historia argentina.”

San Carlos: poco antes del remington, de la zanja Alsina y de Roca. Calfucurá construye el poder indio más sólido del siglo XIX. Pacta con Rosas y con Urquiza e incita al malón cada vez que lo acordado está en riesgo. Tiene más de treinta mujeres y se lo considera un Napoleón con astucia diplomática. Terminada la guerra del Paraguay, el presidente Sarmiento ajusta medidas para llegar a Choele Choel, nudo de la economía indígena, y así expulsarlos al sur de Río Negro. Mientras tanto, caciques menores amigos del gobierno son enviados como prisioneros a la isla de Martín García. Calfucurá intuye una ofensiva y reúne a sus indios, también a ranqueles y a otros que llegan desde la cordillera. Darán un gran malón que llega hasta 25 de Mayo y Buenos Aires se eriza. Pero, a la vuelta, en el fuerte de San Carlos –pocos rastros quedan en la ciudad de Bolívar-, los esperan tropas del ejército que trabajosamente lograron concentrarse en ese punto. Tres mil indios quieren volver con el ganado arreado a las Salinas Grandes. Un manojo de oficiales, gauchos mal vestidos de soldados y, sobre todo, muchos indios amigos -Catriel al frente- hacen que esa vuelta sea una derrota.

¿Por qué Borges recuerda en 1974 la batalla de San Carlos? A sus anchas se siente con el siglo XIX argentino que poco tuvo de parecido con el europeo de Hobsbawm. Es la historia de sus antepasados, sin inmigrantes a la vista, conocida sólo a grandes rasgos por sus interlocutores. Escribe que esa batalla “fue acaso la decisiva” contra la barbarie, porque empieza a cerrar, con estandarte moderno, la conquista que los españoles dejaron incompleta. Lo que en esa hora le da nervio a este prólogo, es la certeza de que finalmente no fue así. Que la barbarie volvió a la carga. ¿Desde cuándo? Para seguir con Sarmiento: en 1944, Recuerdos de provincia a Borges ya no se le ocurre un libro del pasado, como cuando lo leyó por primera vez. Es el mismo presente.

El prólogo al Facundo arranca con Schopenhauer: el discurrir de la historia es tan caprichoso como las figuras que forman las nubes; después, Joyce: “la historia es una pesadilla de la que quiero despertarme”. Sin embargo, ese rumor -más fumón que desgarrado y que tanto le gusta-, nutrirá futuros posmodernismos, pero en esa coyuntura, que percibe urgente, de nada le sirve. Desde el sitial zozobrante de 1974, afirma que la historia tiene sentido, es el enfrentamiento entre la civilización y la barbarie. Aplana laberintos, los deja para la ficción. Casi que convoca a no despertar de la pesadilla hasta que el embrollo sea resuelto.

“Martes 17 de septiembre: Come en casa Borges. Me dice: ´Sospecho que aquí no se puede vivir. Creo que en los últimos días todo empeoró. Hay que estar listo para irse.´” (Bioy Casares) En la entrevista que le hace Crisis en ese mismo año elude hablar de la coyuntura presente. No así en el prólogo en cuestión: “colonos y obreros” reemplazan al gaucho (y al indio).“La barbarie no sólo está en campo sino en la plebe de las grandes ciudades y el demagogo cumple la función del antiguo caudillo”. 



A esa altura del siglo XX, agrio e incluso falto de lucidez es tratar a la civilización como promesa de felicidad pública. Sin embargo, es fenomenal que Borges se anime a plantear que la tensión es con obreros, con la plebe, cuando lo que a menudo se sigue leyendo es la reducción a “terrorismo subversivo” o a “organizaciones revolucionarias”.

El año pasado se sacó a relucir un artículo que Borges escribió días después de la asunción de Alfonsín en 1983. El historiador Juan Carlos Torre lo cita, Clarín lo vuelve a publicar. Tono de arrepentimiento: “escribí alguna vez que la democracia es un abuso de la estadística; yo he recordado muchas veces el caos provisto de urnas electorales”. El 30 de octubre no votó porque estaba en EEUU conferenciando. Como es Halloween, se disfraza de lobo hobbesiano pero todo troca en otra cosa cuando le soplan que ganó Alfonsín. Un milagro mayor, dice. (Ferrari).

Más que preguntarnos por el carácter de este arrepentimiento, vale señalar que entre una fecha y otra -1974 y 1983-, una nueva San Carlos se había librado contra las clases populares. A Borges lo sabemos más animal peligroso que cordero. Si las adhesiones a la nueva experiencia democrática tenían la endeblez de estas convicciones, se entiende que no hayan soportado los embates que se avecinaban.