07/03/2014 Historia

Guerra gaucha, guerra social

A comienzos de 1814 se inició un levantamiento popular en los alrededores de Salta contra los realistas que ocupaban la ciudad. La movilización de los gauchos dirigidos por Güemes fue fundamental para la causa patriótica, pero al mismo tiempo puso en cuestión el orden social.

Gabriel Di Meglio

Por Gabriel Di Meglio



El “Ejército auxiliar del Perú” ha sido aplastado en Ayohuma y retrocede. Una vez más, los realistas ocupan la ciudad de Salta. Las tropas que dirige Belgrano se repliegan sobre Tucumán y empiezan, como pueden, a reorganizarse. Pero no serán ellas las que recuperen Salta; ahora, a inicios de 1814, son guerrillas surgidas en los alrededores las que hostigan y ahogan a los enemigos, obligándolos a emprender la retirada. Partidas formadas por pequeños y medianos propietarios, arrenderos, desertores del ejército; combinación de blancos pobres, indígenas y mestizos, negros y pardos. Los conduce un jefe militar que ascenderá desde allí a los primeros planos: Martín Miguel de Güemes. El éxito de su acción hará que San Martín pueda depositar en esa guerra irregular la defensa de la frontera norte y concentrar las fuerzas en el plan de cruce de los Andes y ataque a los realistas en Chile.

Güemes y sus seguidores ocupan un lógico lugar destacado en la historia nacional, pero durante mucho tiempo no se explicó cuáles fueron las razones para que esos “gauchos” –un término proveniente del Litoral que se empezó a usar en Salta en esta época– se movilizaran. Se descuenta que era por patriotismo, ¿pero qué implicaba tal cosa? Afortunadamente hace unos años los historiadores Sara Mata y Gustavo Paz investigaron los motivos de la acción popular en Salta y Jujuy (que en esa época era parte de Salta).

El disparador fue la ocupación de los realistas de 1814. Como ya no tenían adictos –la mayoría de los realistas salteños había abandonado la ciudad tras la victoria de Belgrano el año anterior– no recibieron aportes de ningún tipo y para sostenerse recurrieron a la requisa de ganado en el Valle de Lerma, el que rodea la ciudad de Salta. La operación se volvió un saqueo sistemático de las estancias pero también de las explotaciones medianas y pequeñas, provocando gran indignación. Hubo paisanos que se negaron a entregar lo exigido o que atacaron luego a los realistas para recuperarlo. Algunos se agruparon en torno de un propietario modesto, Luis Burela, quien lideró una resistencia armada que involucró a miembros de la milicia organizada entre los vecinos del valle al año anterior; otros se movilizaron por vínculos de compadrazgo. Pronto se sumaron milicias provenientes de la frontera con el Chaco indígena, cuyo jefe Güemes se convirtió en el líder del levantamiento campesino.

" Güemes y sus seguidores ocupan un lógico lugar destacado en la historia nacional, pero durante mucho tiempo no se explicó cuáles fueron las razones para que esos “gauchos” se movilizaran. Se descuenta que era por patriotismo, ¿pero qué implicaba tal cosa?"


Pero la expulsión de los realistas no puso fin al alzamiento. Los abusos de los “godos” no provocaron un malestar coyuntural, sino la politización del resentimiento antiespañol y la impugnación del orden social colonial, en un Valle de Lerma que había experimentado fuertes conflictos por la tierra a fines del siglo XVIII. Los pequeños propietarios que se lanzaron a la lucha buscaron asegurar sus derechos sobre las parcelas que trabajaban frente a la prepotencia de los estancieros, los arrenderos procuraron acceder a la tierra como propietarios y muchos de ellos impulsaron el reparto de las explotaciones de los partidarios de los realistas. Esto ocurrió también en Jujuy; en cambio, en los vecinos Valles Calchaquíes, donde había todavía una importante población indígena, casi no hubo movilización popular.

Los gauchos percibieron que su capacidad militar les otorgaba un poder de negociación. También Güemes lo entendió y se generó un vínculo estrecho entre ellos. Los gauchos obtuvieron gracias a su apoyo el fuero militar, por el cual pasaron a ser juzgados por sus oficiales y no por la justicia ordinaria, con lo cual conseguían bastante indulgencia ante diversas acciones de legalidad dudosa. Se hizo frecuente que los hombres de Güemes se apropiaran de ganado u otros bienes de alguna propiedad y fueran apenas apercibidos por sus jefes. Para los gauchos era justo: los más pudientes debían contribuir con sus pertenencias al esfuerzo bélico, del mismo modo que ellos lo hacían con su cuerpo.

La elite salteña y jujeña se asustó ante el desafío a su posición, hasta entonces indiscutido, y se preocupó más cuando Güemes concedió a quienes luchaban el permiso para no pagar el arriendo que debían a los grandes propietarios. Como los gauchos estuvieron sobre las armas casi permanentemente –al menos una incursión realista anual tuvo lugar en la zona hasta entrada la década de 1820– muchos dejaron de pagar el canon por la tierra durante años. Al mismo tiempo hubo en ese período quienes expresaron con claridad las tensiones étnicas, gritando en distintas ocasiones contra los blancos.

La causa patriótica por la que peleaban no era la misma para ellos que para la mayoría de sus coterráneos poderosos. Querían la libertad, sí, pero también una justicia redistributiva y una sociedad más igualitaria. Eso era la patria para los gauchos de Güemes.
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