06/03/2014 Daniel Freidemberg

Las elecciones afectivas

Juan L. Ortiz decía que el único verso bueno de Leopoldo Lugones es “y en los profundos campos silbaba la perdiz.”

Por Daniel Freidemberg

 
Es el verso que concluye “Salmo pluvial −incluido en El libro de los paisajes, de 1917−, un poema divido en cuatro partes, “Tormenta” (Érase una caverna de agua sombría el cielo;/ el trueno, a la distancia, rodaba su peñón;…), “Lluvia”, “Calma” y “Plenitud”, la última compuesta nada más que de dos versos, que sintéticamente presentan la tranquila escena que sucede al estruendo de la tormenta, a la lluvia y al momento en que ésta ha cesado: “El cerro azul estaba fragante de romero,/ y en los profundos campos silbaba la perdiz.” Nada más que una descripción casi objetiva y carente de cualquier énfasis, en la que las cosas importan por sí mismas, como lo pide la particular sensibilidad de Ortiz. Lo menos “lugoniano” que escribió Lugones, sin duda, pero no por eso uno va a dejar de apreciar en la obra de tan prolífico escritor versos como “Las hojas agravaban su sigilo”, o “Se hastía una magnánima desilusión de imperios”.
 
O incluso poemas enteros, como “Olas grises”, de Los crepúsculos del jardín: “Llueve en el mar con un murmullo lento./ La brisa gime tanto, que da pena./ El día es largo y triste. El elemento/ duerme el sueño pesado de la arena.// Llueve. La lluvia lánguida trasciende/ Su olor de flor helada y desabrida./ El día es largo y triste. Uno comprende/ Que la muerte es así..., que así es la vida.// Sigue lloviendo. El día es triste y largo./ En el remoto gris se abisma el ser./ Llueve... Y uno quisiera, sin embargo,/ Que no acabara nunca de llover.” Conversando alguna vez con Jaime Arrambide sobre ese texto, que a los dos nos gusta mucho, coincidimos en que es una lástima que la mala fama de Lugones impida leerlo con la disponibilidad que se merece, pero tampoco esa “mala fama”, a decir verdad, carece de sustento, y no solamente por las definiciones políticas del promotor de “La hora de la espada”. No estaba tan equivocado el joven Borges cuando, al comentar el Romancero de Lugones, decía que “el pecado de este libro está en el no ser: en el ser casi libro en blanco, molestamente espolvoreado de lirios, moños, sedas, rosas y fuentes y otras consecuencias vistosas de la jardinería y la sastrería”.
 
Años después, es sabido, Borges buscó hacer las paces con la memoria de Lugones, e incluso escribió con Betina Edelberg un libro, Leopoldo Lugones, en el que lo declara “el máximo escritor argentino”, y en el que, sin embargo, tampoco se priva de notar que las metáforas de Lunario sentimental son “tan visibles que obstruyen lo que deberían expresar”, de considerar a Odas seculares un “fatigoso catálogo”, de deplorar en La guerra gaucha el “farragoso léxico”, la “sintaxis a veces inextricable” y el “abuso de pronombres demostrativos”. En vez de alcanzar “la palabra justa”, Lugones se limitó a obtener “triunfos técnicos, menos aptos para conmover que para deslumbrar”, sintetiza Borges, y abundan los motivos para coincidir con el diagnóstico, como habría coincidido, seguramente, Ortiz, para quien el nombre de Lugones debería representar, presumo, una mezcla de vocinglería, prepotencia, artificiosidad, preponderancia de un yo fuerte y autoritarismo discursivo. Todo lo contrario a la subjetividad abierta, expectante, que se aquieta para una mejor percepción del mundo concreto o una mejor relación con el mundo, renunciando a cualquier posibilidad de imponerle algo, como la que Juan L. Ortiz presenta a lo largo de sus trece libros.
 
“Un deslumbramiento ante la proliferación enigmática de materia que llamamos mundo”,  escribió Juan José Saer, refiriéndose a esa apertura incierta y sosegada con que la poesía de Ortiz atiende amorosamente al mundo, y que lo acerca mucho a la poesía china y japonesa, o al menos a lo más característico y reconocible de la poesía china y japonesa que ha llegado hasta nosotros.  Reaccionando contra esa actitud, Aldo Oliva decía que “para poetas chinos, prefiero los chinos de verdad”. Aunque Martín Prieto ubicó a Oliva entre los continuadores de Ortiz, quizá respondiendo a una suerte de pasión clasificatoria o a una necesidad de establecer genealogías, el caso es que la práctica de la vigilia intelectual y el gusto por la gravedad de Oliva no debían llevarse bien con el apacible y contemplativo abandono de Ortiz, tan “oriental” en eso. Si de elegir se trataba, Oliva se quedaba con Eugenio Montale, Carlos Drummond de Andrade, César Vallejo, Rubén Darío, Ezra Pound y… Leopoldo Lugones. Cuando se le preguntó por qué, dijo “porque es un gran poeta: yo encuentro en Lugones, por primera vez en la literatura argentina, un intento de acceder a ese tipo de grandeza que yo veía en la historia. No la grandeza del gesto soberano, sino el esfuerzo, la habilidad y la pasión por conjugar el caudal afectivo con los problemas de la verdad extensa y social.”
 
Y, sin embargo, es a Ortiz y a Oliva, juntos, que Saer dedicó su único libro de poemas, El arte de narrar: el maestro y el amigo, ambos muy queridos, aunque de distinta manera, como quien insinúa dos carriles de un camino. ¿Desconocía Saer las fuertes divergencias entre esas dos poéticas? No lo creo. Más bien, supongo, no las consideraba suficientes, de acuerdo a sus propias necesidades de escritor y lector, como para retacear lugar a alguna de las dos en su estima. Saer, al fin y al cabo, no era Ortiz ni era Oliva, por más afecto y admiración que les tuviera: era Saer, y debía saberlo muy bien a la hora de decidir sus “elecciones afectivas”, en las que, si Borges entraba bien, aunque con algunas reticencias, se destacaban obras tan diferentes como las de César Vallejo y Antonio Di Benedetto, Cesare Pavese, James Joyce y Pablo Neruda, Wallace Stevens, Francisco Urondo, Ezra Pound y Basho, Juan Carlos Onetti, Franz Kafka y Alain Robbe-Grillet. Hay, aunque solamente Saer podría decir por qué, un sistema en la serie, de simpatías, pero también de antipatías: así como dejó en claro que ni Gabriel García Márquez ni Julio Cortázar ni Ítalo Calvino estaban entre sus preferencias, cuando tuvo que referirse a Vladimir Nabokov no ahorró términos como “megalómano” o “insufrible”, entre otras expresiones de desprecio. Sistemas de preferencias y rechazos que nunca encajan con algún “canon” más o menos establecido. Sucede a menudo, casi siempre, con escritores como Ortiz, Saer, Oliva o Borges: pueden bien atender todos los criterios o puntos de vista y asomarse a textos muy diversos, pero a la hora de optar sólo ellos saben, a solas consigo mismos, qué les importa, qué es lo que en un texto o una obra es capaz de “tocarles”, qué puede suscitarles escritura o una placentera experiencia de lector, como al fin y al cabo hacen con todas y cada una de las experiencias que les toca en la vida, y a nadie hay que dar cuenta alguna por lo que en esas ocasiones se elige. Es lo mismo, después de todo, que les ocurre a los lectores, cuando de verdad es la experiencia de la literatura lo que les importa.