17/01/2014 Jauretche, 1933: "tartamudas" y degellos

Paso de los Libres, radicales en armas

Un poema de Arturo Jauretche permite rever un hecho de resistencia radical, en 1933, que no ha sido extensamente documentado. Este recorrido no sólo permite revisar el levantamiento en sí, sino también la forma en que las piezas culturales que hacen referencia a hechos de tortura, muchas veces son ocultadas.

Javier Trmboli

Por Javier Trmboli

 


“Y aunque sus armas son pocas,/ -las más de escaso calibre,-/ se van golpeando la boca/ hacia Paso de los Libres”. En los últimos días de 1933, una columna despareja de militantes radicales y paisanos cruza el río Uruguay desde territorio brasileño y toma la ciudad de Paso de los Libres. No abundan los documentos precisos, pero tenemos a mano un poema largo escrito de inmediato por Arturo Jauretche que ahí había estado. Como indios o como gauchos se alzan, pero las “tartamudas” -las ametralladoras- están del otro lado. Entonces, ni el valor ni la decisión alcanzan para controlar la ciudad por más de una hora. La gauchesca –con sus límites- al servicio de la lucha contra el gobierno fraudulento de Agustín P. Justo. De todas formas, si se recuerda "El Paso de los Libres" es casi exclusivamente por el prólogo de Borges, en el que celebra el episodio en cuestión como una “patriada”, para de corrido aborrecer de la historia de América.

¿Hubo resistencia ante el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen? En la película que con aliento historicista propulsa a Alfonsín -obvio que hablamos de La República Pérdida-, el golpe del ´30 es fundamental. La madre de todas las desgracias, en particular de la última. Pero, en cuanto a la resistencia, apenas nombra los tiros desde la confitería El Molino, nada que alcance a detener a los cadetes del colegio militar en camino triunfal a la Rosada. Muy poca cosa. Después, sí, las urnas: el fiasco que se lleva Uriburu cuando en las elecciones que permite en 1931, en la provincia de Buenos Aires, gana el radicalismo. Anuladas. Aleccionemos a los radicales evocando sus glorias pasadas: hubo resistencia y de la buena, prestarle atención sino a las intentonas revolucionarias de Severo Toranzo, de Atilio Cattáneo, de los hermanos Kennedy, de Pomar. Muchos de ellos militares y de alta graduación. Todos conspirando, trazando planes imposibles, montando fábricas de explosivos. 

"La primavera democrática que inicia en 1983 se siente a gusto encarnando el 'somos la vida' y no quiere saber nada con la rabia"


En esos últimos días de 1933, en Santa Fe se había reunido la convención nacional de la UCR. El viejo caudillo había muerto meses atrás y la postura favorable a levantar la “abstención revolucionaria”, es decir, a integrarse a la república del fraude, es derrotada. Ahí no más se enciende Paso de los Libres y rebota en la misma Santa Fe, en Cañada de Gómez, Rafaela, en varios pueblos de Buenos Aires y San Luis. También en Rosario. A esa ciudad vuelve por esos días, interrumpiendo sus vacaciones, un profesor universitario de destacada militancia en el yrigoyenismo, Alcides Greca. Y, falta decir, autor de una grandísima película, El último malón. Ya no está en la primera línea de la lucha política, por eso desconoce lo que allí está sucediendo. Lo detienen, primero en distintas dependencias de esa ciudad, después en la isla de Martín García, como poco antes había estado Yrigoyen. Nada hay contra él, pero lo humillan con sistema y desmesura. En el poema de Jauretche también quedan marcas de la represión, se habla de degüellos y del ensañamiento con los heridos, pero en el que escribe Greca –"Tras el alambrado de Martín García"- ocupa casi todo. Tono burlón hay en ambos, también tomas de partido por los oprimidos y promesas de que la lucha continuará. Pero sólo en el de Jauretche, a través de la épica, despunta una subjetividad revolucionaria dispuesta a mirar de frente a la muerte si hace falta. Y entiende que hace falta. En ambos también: la duda sobre si el pueblo, que no acompaña, agoniza en “la hora de extravío” o “¡si está ardiendo la brasa/ y hay que soplar la ceniza!”

Ahora bien, "El Paso de los Libres" queda en minoría ante los muchos libros que testimonian torturas por esos años. Además de la isla, la Penitenciaría Nacional y Ushuaia desbordan de anarquistas, radicales yrigoyenistas y comunistas. Memorias que no desentonan con el Nunca Más.

En La República perdida se habla de oligarquía, del colonialismo inglés, pero no hubo lugar para la resistencia. Pliega por aquí, pliega por allá, y desaparece. Se entiende porque la primavera democrática que inicia en 1983 se siente a gusto encarnando el “somos la vida” y no quiere saber nada con la “rabia”. Lo que es más difícil de explicar es la bajísima visibilidad de estos relatos de represión y tortura, que nos habrían ahorrado las caras de sorpresa, de inocencia perdida. Tal como si esa primera hora de nuestra democracia hubiera querido concentrar todo el dolor en un único momento, el de la dictadura. Para que no salga más. Ni hacia el pasado ni hacia el futuro.