10/01/2014 20 aos del EZLN

Chiapas, inspiracin o modelo

El movimiento zapatista chiapaneco estimuló a varios sectores de izquierda tras el derrumbe del “socialismo real” europeo. Veinte años después de su insurrección se puede hacer un balance del modo en que influyó e influye en quienes aspiran a un cambio social.

Gabriel Di Meglio

Por Gabriel Di Meglio



El pasado 1º de enero se cumplieron veinte años del inicio de la insurrección del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas. El aniversario dio lugar a distintos repasos de su derrotero político, así como de su aporte a las luchas internacionales contra el neoliberalismo en particular y contra el capitalismo en general. Al levantarse a menos de cinco años del derrumbe del “socialismo real” en Europa, y en medio del triunfalismo de Occidente, los zapatistas devolvieron alguna esperanza a quienes buscaban una alternativa de izquierda tras el fracaso del bloque soviético y frente a estados capitalistas con una fuerza represiva difícil de desafiar.

Muchos se vieron sorprendidos de que el zapatismo no se propusiera capturar el Estado mexicano sino defender ante él, a través de las armas y de la solidaridad internacional, una serie de reivindicaciones emancipatorias. Ello sirvió de referencia a numerosos movimientos que se plantearon objetivos concretos que pudieran, sumándose uno a otro, ser parte de una transformación global. Puso de moda por un tiempo la idea de “cambiar el mundo sin tomar el poder”, e incluso hizo soñar a quienes aspiran a una revolución que otorgue el poder a las masas y no a sus dirigentes o a un partido. Así, movimientos campesinos, indígenas, de poblaciones marginales urbanas, ambientalistas y otros se inspiraron en los chiapanecos, que se convirtieron en un faro para distintas variantes del “altermundialismo”.

"La forma de una revolución es menos importante que su contexto, la situación política y económica, las tradiciones locales, la correlación de fuerzas coyuntural y los rasgos de los actores enfrentados".

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El zapatismo devino entonces uno de esos movimientos revolucionarios que han servido de estímulo para actuar. Desde que la revolución francesa de 1789 deslumbrara –u horrorizara– a sus contemporáneos, hubo quienes quisieron emularla pero también quienes trataron de repetirla, usándola de modelo. Lo mismo ocurrió en el siglo XX con los intentos múltiples, y generalmente fallidos, de reproducir la peculiar experiencia leninista de la Rusia de 1917 en cualquier lugar del globo, o más tarde con la voluntad de trasladar el “método” revolucionario cubano de 1957-59 a otros espacios, en particular a través de la desafortunada teoría del foquismo. El mismo EZLN se filió en la revolución agrarista conducida por Emiliano Zapata en la década de 1910, con la cual tiene indudables elementos en común y la crucial diferencia de que aquella era una de las tendencias de una revolución mayor y, por lo tanto, más disruptiva en un país tan diverso como México.

Pero la mayoría de quienes tomaron como referencia al zapatismo de Chiapas obvió un elemento crucial de su práctica: la lucha armada. Si bien los combates que protagonizó el EZLN duraron solo 12 días, ese aspecto se constituyó en una clave de su existencia. El hecho de que otros no lo hayan imitado muestra que la experiencia zapatista funcionó más como inspiración que como modelo. Pero también hubo quienes sí lo adoptaron como matriz a replicar, por ejemplo propugnando un rechazo total del Estado que, en situaciones políticas distintas a la de México, puede tornarse en un dogma semejante a los que estructuraron a algunas tradiciones de izquierda más clásicas.

Evidentemente, el movimiento zapatista no resuena del mismo modo en la América Latina de los 90 que en la actual. ¿Qué pasa cuando el Estado que está en frente de un movimiento transformador no es neoliberal, como el que combatieron los zapatistas en 1994, o cuando el cambio se propone desde un sector que consigue dirigir el Estado? Los logros y las limitaciones de los gobiernos “populares” en Sudamérica en la década de 2000 invitan a un debate, a volver a la vieja discusión entre revolución y reforma, y también a una problematización de las opciones más radicales e idealistas.
¿Las revoluciones sirven de guía para otras o solo de ejemplo a tener en cuenta? En una mirada rápida sobre los últimos dos siglos se percibe que no son extrapolables sin más, aunque se lo pretenda. Aun si se basaron en los mismos principios, las que fueron exitosas los adaptaron pragmáticamente a las realidades sobre las que operaron (por caso, las revoluciones china, vietnamita y yugoslava se sostuvieron en el marxismo y tuvieron elementos en común, pero fueron muy diferentes). La forma de una revolución es menos importante que su contexto, la situación política y económica, las tradiciones locales, la correlación de fuerzas coyuntural, y los rasgos de los actores enfrentados (la oposición entre proletariado y burguesía sucede en muchísimos sitios pero con características distintas, lo mismo para el campesinado contra los terratenientes o el Estado, etc.). Una experiencia no se puede deshistorizar. Por lo tanto, Chiapas no brinda un manual de acción, pero hoy es una referencia ineludible a tener en cuenta para quienes anhelan un cambio social.