27/12/2013 30 aos de democracia

Rquiem elctrico para el alfonsinismo

El masivo recital por los cinco años de democracia de diciembre de 1988 mostró cómo el rock nacional se había convertido en la música más popular de los años de la democracia. Fue también un cierre simbólico para el alfonsinismo, que estaba al borde del fin.

Gabriel Di Meglio

Por Gabriel Di Meglio



Hace 25 años, el 27 de diciembre de 1988, se celebró el recital para festejar los cinco años de democracia, que reunió a varios referentes del rock argentino gratis ante más de 150.000 personasen un espacio que ya no existe, la bajada de la 9 de julio hacia Libertador. El festival fue una evidencia más del triunfo del género: el rock nacional dominósin rivales los primeros años de la democracia (en esos días hubo otros dos conciertos por el mismo motivo, uno de folklore y otro de tango, con grandes figuraspero con menospúblico). Al mismo tiempo, el show organizado por la Municipalidad de la Capital Federal –en esa época en manos radicales, ya que el intendente era todavía elegido por el presidente– fue una suerte de involuntario cierre simbólico para el ciclo alfonsinista.

El auge del nuevo rock nacional y el del movimiento encabezado por Raúl Alfonsín se produjeron a partir de la guerra de Malvinas y el consiguiente inicio de la transición, ambos buscando romper con tradiciones del pasado y apostando a la novedad. El alfonsinismo se diferenció claramente tanto del peronismo como de la dictadura, pero también de la historia del radicalismo, para proponer algo nuevo: una socialdemocracia a la argentina. En paralelo, el rock se apartó del legado setentista y se proyectó en los 80 mirando para afuera y hacia los costados, no hacia atrás. Un buen ejemplo es el de Charly García, quien a partir de Clics Modernos (1983) cambió su sonido –y se cortó el pelo–centrando los conciertos en su producción del momento.

"El auge del nuevo rock nacional y el del movimiento encabezado por Raúl Alfonsín se produjeron a partir de la guerra de Malvinas y el consiguiente inicio de la transición, ambos buscando romper con tradiciones del pasado y apostando a la novedad."


La escena fue copada por grupos nuevos, muchos provenientes de un under de pronto masificado, con lo cual se propagaron elementos de esa cultura pequeña (por caso, no eran pocos los que cantaban “En el bowling” de Los Twist, “Semen up” de los Redondos o “Polvos de una relación” de Virus sin advertir las referencias a la cocaína).

El recital de diciembre de 1988 brindó un panorama del ascenso del rock nacional. El primer tramo lo protagonizaron grupos emergentes como ManRay, la KGB, los Ratones Paranoicos –anuncio de lo que vendría en los 90– y fue cerrado por Los Enanitos Verdes, ejemplo típico del pop ochentoso. Luego se sucedieron en escena Juan Carlos Baglietto, figura clave de la transición democrática pero ya en baja; Fito Páez, su antiguo compañero de ruta que vivía por el contrario una época de oro tras su giro rockero (y ese día hizo subir a Charly García); Os Paralamas do Sucesso, quienes combinaban música bailable con una mirada crítica de la realidad social de su país,común en el rock brasileño de los 80 –como en Cazuza o en Legião Urbana–pero casi ausente en las grandes bandas argentinas del momento, que sintonizaron un deseo de apertura y diversión en amplios sectores como reacción al desastre dictatorial; y Luis Alberto Spinetta, otro prócer, que abrió con “Muchacha ojos de papel” pero fiel al espíritu de época se dedicó sobre todo a sus temas recientes, virtuosos y menos populares. Después tocó La Torre, posiblemente la primera banda encabezada por una mujer que tuvo amplia repercusión local, y el final estuvo a cargo de Soda Stereo, que vivía uno de sus picos de popularidad y brindó un show poderoso. Gustavo Cerati dedicó “La ciudad de la furia” a Federico Moura, fallecido la semana previa, porque el rock empezaba a tener su propio panteón. De hecho, ya no existían Sumo ni Los Abuelos de la Nada, cuyos líderes habían muerto meses antes. Tampoco estuvieron presentes los punks, que acababan de editar el disco colectivo Invasión 88, ni Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, la banda independiente cada vez más popular. Y no se convocó a Los Fabulosos Cadillacs, grupo masivo pero que había criticado abiertamente al gobierno radical por la ley de obediencia debida.

Es que mientras el rock nacional disfrutaba su consagración, el alfonsinismo se desmoronaba. La consigna de que la democracia acabaría con todos los males era incompatible con volver a políticas económicas en línea con las de la dictadura, como hizo desde 1985. La Semana Santa del 87 minó parte de su popularidad y la derrota electoral de ese año inició su debacle. A fines de 1988 la inflación llegó al 388% anual, al tiempo que los carapintadas protagonizaban su tercer levantamiento contra el gobierno. Era solo el preámbulo del vértigo de 1989, que cambiaría al país de cuajo tras sepultar al alfonsinismo (ahí algunos rockeros intentarían en vano defender a su “coequiper” político cuando García, Spinetta, Virus, los Ratones, ManRay y otros actuaron en una gira a favor del candidato radical Angeloz contra Menem). Pero posiblemente, quienes dejaron la calle de madrugada en aquella jornada de diciembre del 88, mientras los puestos de comida y gaseosa colocados para la ocasión eran saqueados, no se percataron –no nos percatamos– de que una época había llegado a su fin.