21/12/2013 Historia

2001 en voz baja

En diciembre de 2001 se dieron cita, a los apretujones, un sinnúmero de malestares y palabras. Casi de inmediato, salieron disparados en direcciones incluso opuestas. De esa coyuntura, interesa destacar dos cuestiones de presencia oscilante: las clases y el anhelo de una “nueva forma de vida”.

Javier Trmboli

Por Javier Trmboli



No hay actor social o político que se identifique por entero con el levantamiento de 2001. Siempre habrá un “pero” que lo impida. Por De la Rúa nadie derramó una lágrima y fue unánime la impresión de que así no se podía seguir. Pero ni bien se rascaba un poco, cosa que se prefirió postergar, despuntaban cantidad de discrepancias. Hacia atrás, en el presente y en perspectiva. A su vez, fue tanto lo que se apelotonó en diciembre de 2001 que le aparecen hijos por todos lados. Nunca igualitos; con filiación reclamada por el recién llegado o achacada. Mientras el 17 de octubre es indiviso y de propiedad indiscutida, el 2001 -siempre algo de él- continúa en cualquier episodio de saqueo, en el kirchnerismo o en el 8 N.

Me detengo en lo que al principio no fue mucho más que un rumor, porque se pensó lo que sucedía con una idea de multitud que postergaba a las clases. Cuidando la precaria unidad alcanzada, la potencia y su límite. Cuenta el historiador Raúl Fradkin que el 19 por la noche conversaba con su mujer, profesora en Moreno, sobre los saqueos -“motines del hambre” en plan analítico- en los que sus alumnos participan. Preocupados, tristes incluso. La tele está apagada y llegan a sus oídos las cacerolas. No duda: “estos tipos quieren represión”. Se lo cuenta a Matías Farías y Julia Rosemberg, en 2010. Aclara que se equivocó pero ésa fue su primera impresión, vía Chile ´73. En su fundamental Cosecharás tu siembra, publicado en caliente, no hay lugar para semejante “error”, aunque son las clases las que actúan.

En los primeros meses de 2002, María Moreno entrevista a Casullo. Poco entusiasta con lo que ocurre, le da vueltas a algo que vio por la televisión: un movilero de TN sacudido por la lengua filosa de una bella señora porteña que defendía sus ahorros. De un lado, un “pobre chico” que corre riesgo de perder su trabajo; del otro, una señora a la que le sobra autorización para denunciar los negocios de Clarín, pero que pertenece a la misma clase que la Noble. Con algo del Pasolini célebre que condena a mayo del ´68, la simpatía de Casullo está con el movilero. No figura en la versión de la entrevista que sale en Página 12 por esos días. Sí en el libro que María Moreno publica en 2011.

"Sólo de la militancia de los setentas –es cierto, a veces caricaturizada, tamizada por los derechos humanos o por la contracultura-, se podía sacar fuerzas para producir una torsión política que no fue la revolución."


Una aparición más, en el reverso de las anteriores. El MTD Solano describe la sensación que los envueve cuando el 20 por la tarde pisan la 9 de Julio. “Y se notaba mucho la solidaridad, ahí no éramos piqueteros, ni éramos clase media: todos sentíamos la sensación de ser `uno`.” Aunque sin tanta explicitación era lo que más se oía, hoy sorprende y sonroja. Fradkin y Casullo sospechan de ese “ser uno”; estos compañeros hacen esfuerzo por creer en él. Queda recogido en un libro del Colectivo Situaciones editado en 2002. En sus páginas despunta otra cuestión que, a diferencia de las clases que volvieron con fuerza después de 2008, no resurgió. “Una nueva forma de vida” se escribe más de una vez, como muchos que coparon las calles creyeron que ya estaban protagonizando. En camino de “formas de sociabilidad y cooperación reacias a la mercantilización y a la mediatización.”

Zambullidos en la política y sus materialidades, no quedó tiempo para continuar con esto otro que, en su respiración utópica, incluso pudo llamar a la sorna. El legado más rápidamente enterrado. Sin embargo, para hacer lo que hizo el kirchnerismo necesitó convocar a otra “forma de vida”, ya no a una “nueva” sino a una a punto de ser cremada. Sólo de la militancia de los setentas –es cierto, a veces caricaturizada, tamizada por los derechos humanos o por la contracultura-, se podía sacar fuerzas para producir una torsión política que no fue la revolución, ¿qué duda cabe?, pero está dejando una marca profunda y de sentido progresivo para las mayorías sociales. Desde la arena fría de la realpolitik y su normalidad, o desde una épica santurrona de la ciudadanía, nada de nada se ponía en pie.

Cuando la tarea reparadora del kirchnerismo choca con las limitantes del capitalismo y el consumo, oímos de otra manera la inquietud por las “nuevas formas de vida”.  “Una nueva cultura”, escribía Gramsci, “una nueva intuición de la vida (…) de sentir y ver la realidad”. Desperdigadas aquí y allá, se sostienen prácticas que aún más que en 2001 quizás permitan hacer de este llamamiento algo más que un ideal.