14/12/2013 Ignacio Castro Rey

“¿Cómo resistir a un poder materno; consensual y participativo?"

En Maltrato sonriente, el pensador español Ignacio Castro Rey ensaya una concepción del poder en el extremo de las ideas de Gilles Deleuze y de Michel Foucault, un poder cuya ubicuidad y simpatía exige nuevas formas de disidencia que no descarta sean capaces de aparecer en estas zonas del planeta.

Por Pablo E. Chacón


El ensayo -aparecido en la revista digital FronteraD- revela una capacidad de articular conceptos e ideas que (en la superficie) nada tienen en común. Pero el resultado demuestra todo lo contrario.
 
Castro Rey es doctor en Filosofía por la Universidad de Madrid. Publicó, entre otros libros, La sexualidad y su sombra, La depresión informativa del sujeto y Sociedad y barbarie.
 
Esta es la conversación que sostuvo con Télam desde la capital española.
 
T : ¿A qué te referís cuando hablás de maltrato sonriente en uno de tus últimos artículos? Suena a servidumbre voluntaria.
C : Me refiero a un tipo de poder que, debido a su carácter mundial (o sea, masivo en nuestra pequeña aldea local), se permite el lujo de colaborar con su víctima personalmente, incluso estimulando que el ciudadano colabore en su control. Quien se autocontrola no necesita disciplina externa. Creo recordar que Hannah Arendt insinuó algo así ya en relación a la solución final del caso judío bajo el III Reich. Ahora, evidentemente, el mecanismo se ha perfeccionado mucho. Como insiste Deleuze en su Post-scriptum sobre las sociedades de control, el poder se ejerce actualmente en espacios abiertos, con una geometría variable y una rotación rápida para la cual nos faltan armas. Estábamos habituados a resistir. ¿Cómo resistir a un poder materno, consensual y participativo, un poder que es fan de ti y se parece más a una tabla de surf que al viejo y autoritario rompeolas? Evidentemente, estamos en una encrucijada. Sin un giro hacia la sombra real que Deleuze sí dio, el sujeto seguirá colaborando desde su más inconfesable intimidad con este tipo de poder ultra-ilustrado que al fin y al cabo promete librarte del peso arcaico y único de vivir. Buena parte de la izquierda pudiente -sea en Suecia, en Estados Unidos o en España- ha entrado al trapo. No hace otra cosa que lubricar ese imparable poder informal que se confunde con nuestra propia imagen. Me parece que el resto del mundo, incluida Latinoamérica, no es del todo así. Al menos, eso es lo que espero.
 
T : Si el poder es informal, cuenta con la colaboración activa de sus esclavos. Si esa informalidad es global, ¿qué pensás que le queda al disidente?
C : Me parece urgente un giro real hacia nuestro fondo sombrío, una kehre (vuelta) espiritual para la cual, en buena medida, nuestra tradición ilustrada es un lastre. Tiene gracia que, para conseguir que la existencia resista, que algo del afuera aparezca, las fuerzas de una izquierda más o menos anómala (sean Badiou y Agamben, sean Deleuze y Lacan) tengan que hacerse preguntas teológicas cruciales para la humanidad. Por ejemplo, la diferencia entre devenir e historia (Deleuze) o la diferencia entre verdad y saber (Lacan). También, desde hace más de veinte años, la diferencia entre acontecimiento y situación en Badiou. Es sencillamente patético que el grueso de la izquierda, aunque ya sé que hay excepciones, se siga preguntando qué es eso de un acontecimiento, algo que no se explica por ninguna situación. El acontecimiento puede ser, en términos marxistas, estúpidamente local: que, por ejemplo, por fin alguien hable. Simplemente, que de pronto llueva. Es normal que la izquierda parpadee. Ante esta insignificancia, nada espectacular, es patética la sordera general del progresismo. Patética y a la vez esperable, tal como es de ingenua nuestra formación orgánica.
 
T : Snowden, Assange, esos tipos, festejados como héroes civiles por Slavoj Zizek, ¿no te parece que de alguna manera son operadores de ese maltrato sonriente?
C : Sí, en el fondo sí, pues son (como mínimo) agentes objetivos de un mito de la transparencia sin el cual la mundialización no podría fagocitar de este modo integral las vidas. Son abominables, sobre todo Assange, simple ejecutivos de otra empresa global. Pero tal vez hay que tener cuidado con los matices. Es muy posible que no debamos prescindir de utilizarlos, igual que ellos nos intentan utilizan a nosotros como público cautivo en la escena global.
 
T : ¿Se puede pensar ese maltrato por fuera de la cultura de la técnica y el consumo? ¿No subyace al denuncialismo una suerte de ideal de autenticidad más policial que la tarea policial?
C : En verdad, creo que sin una autenticidad existencial, que se limita a empuñar el vértigo de vivir, no es posible una reversión del actual estado de cosas, de este bloqueo que nos impide devolver la violencia de la que somos objeto. Comprendo que la autenticidad no tenga buena prensa entre los intelectuales, sobre todo en Europa. Pero Europa, y los intelectuales, no son quienes para hablar de ella, pues han malbaratado todas las posibilidades reales en nombre de la religión de la democracia, la idolatría económica y la indiferencia consiguiente. En nombre, en suma, de una identidad reconocida sin sombra de existencia, de un consenso que lo neutraliza y lo mezcla todo. Ante esta parálisis, me parece urgente una alianza entre otra ontología de la subjetividad singular y otro concepto de pueblo. En otras palabras, una alianza, por así decirlo, de un nuevo elitismo y un nuevo populismo. Una espiritualidad política, decía Foucault. Pero creo que Pasolini llegó más lejos. No quiero asustar a nadie, pero intuyo que sin recuperar algunos valores morales, ontológicos y políticos del cristianismo (valores que incluyen el desprecio de la historia como espectáculo: A Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César) no hay mucho que hacer. Me refiero a ese cristianismo arrasado en su compromiso local (este cuerpo, esta pobreza) por el espectáculo del turbocapitalismo, por su mitología del progreso y la historia. Lo que propongo, con perdón, sería el equivalente al movimiento práctico y espiritual que en Turquía, en Israel o en Marruecos, ha recuperado para la causa popular el valor político de lo religioso. Siento ser tan abrupto, tan ajeno a los ideales ilustrados, pero es lo que pienso.
 
T : Entonces, vuelvo sobre la disidencia. ¿Qué quiere decir disidente hoy día? ¿Se es disidente respecto de qué?
C : Respecto a esta generalizada expropiación de la violencia de vivir, que es la gran oferta cultural del sistema. Deberíamos, al menos en Europa, comenzar a ser disidentes con respecto a lo que ha forjado la alianza profunda entre derecha e izquierda, ese culto a la historia, a la sociedad y la economía que nos ha convertido a todos en zombis sociodependientes, tan progresistas como parapléjicos. Del fetichismo de la mercancía, más o menos localizado, hemos pasado al fetichismo de la historia como mercancía, una servidumbre gregaria que ocupa todo el horizonte. Me parece que es urgente empezar a oponerse a esta mitología. Y a su correlato ontológico, esa superstición de la cronología a la que se refería Simone Weil. Fíjate que todas las pulsiones elementales, desde el amor al odio, están en entredicho. Lo último es no poder tener siquiera enemigos. Ceder a esa campaña de normalización es colaborar con el fin del mundo, aunque conserve parques temáticos y culturales de izquierda. Creo que hay razones morales y fisiológicas para oponerse enérgicamente a esto. Por otra parte, adelantándome a algunos argumentos previsibles, diría que el orden social reinante no tiene argumento morales para acusar a nadie de violento, pues su violencia (masiva y por ello casi invisible) se practica a diario y ha convertido en rehén al ciudadano medio.
 
T : ¿Existe espacio para la intimidad, el silencio, el murmullo de la creación en este universo cuadriculado por el maltrato sonriente?
C : Sí, tajantemente. Todo consiste en que seamos capaces de reinventar otra relación con el miedo, el dolor, la soledad y la muerte. Quien vea en esto una afirmación sadomasoquista de pesimismo, no ha entendido nada. Pero se trataría de un malentendido habitual e interesado. El orden mundial de Occidente (en realidad, el orden de una minúscula elite) practica un incesante racismo teórico que condena al infierno a todo lo que respira fuera de nuestro ambiente climatizado, propio de mutantes, de inválidos equipados (Virilio). En tal sentido, ha inyectado un feroz pesimismo vital para colar su euforia económica y técnica. Me planteo exactamente invertir los términos, que lo global pase a ser conscientemente el absoluto local que somos cada uno de nosotros, cada pueblo, cada nación que resiste fuera del imperio de la transparencia. 
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