11/12/2013 vida de artistas

Los Genios destrozados de Daniel Guebel

En Genios destrozados. Vida de artistas, el escritor, dramaturgo, guionista y editor Daniel Guebel consigue un cuadro de composición sobre las desdichas de algunos artistas geniales, eludiendo mediante un procedimiento de relojería conceptual cualquier caída en un eventual romanticismo.

Por Pablo E. Chacn

El libro, publicado por la casa Eterna Cadencia, reúne treinta y tres historias cuyos protagonistas son, entre otros, Marcel Duchamp, Pablo Picasso, Adolf Hitler, Jacques Lacan, Georges Braque, Lucio Fontana, Furusake, Slavoj Zizek, Guido Manfronio, Alberto Giacometti y Paul Gauguin.
 
Guebel nació en Buenos Aires en 1956. Publicó Matilde, La perla del emperador, Nina, El perseguido, Los elementales, El derrumbe, Carrera y Fracassi, La vida por Perón, Ella y Mis escritores muertos.
 
Este es el diálogo que sostuvo con Télam.
 
T : ¿Qué es El absoluto? ¿Por qué Genios destrozados sería un desprendimiento?
G : El absoluto es mi novela más vasta, quizá el libro que justifique mi dedicación a la literatura. No quiero decir que es mi mejor libro, no soy quién para juzgar, pero sí sé que es el libro al que más años le dediqué y aquel que funciona en el centro de los libros que fui escribiendo durante y después de él, como una especie de núcleo incandescente, como el centro de mi sistema planetario, y con el resto de los libros orbitando a su alrededor. El hecho de que no lo haya publicado hace que su efecto sea imperceptible para los demás, excepto para mí, ya que funciona como un motor o máquina invisible. Quizá lo publique cuando lo que siga escribiendo me saque de ese eje. En ese pequeño universo personal, El absoluto tiene planetas que se desprenden de otros planetas, así como en el universo hay estrellas que se forman juntando el polvo y los gases que se desprenden de otras estrellas. Argumentalmente, El absoluto es la novela que cuenta la biografía de una familia integrada por seis grandes figuras de la humanidad nacidas entre, digamos, 1700 y 1950, y que, dedicados a la música, al ensayo, a la política, a la literatura y a la ciencia, determinan el rumbo de los acontecimientos de la tierra, de formas que pasan inadvertidas para el resto de nuestra especie. Genios destrozados es un desprendimiento de esa perspectiva, pero en vez de ser seis biografías de personajes (cinco imaginados por mí, uno realmente existente), cada una de las cuales cuenta entre cien y ciento cincuenta páginas, son treinta y tres biografías de pocas páginas, de artistas mayoritariamente reales, y algunos aún vivos, y que ocupan unas pocas páginas cada uno.
 
T : Esta historia del arte por el repaso de vida y obra de algunos de sus protagonistas, ¿no es otra manera de escribir la historia del arte?
G : Sí. El título originario era La verdadera historia del arte, porque el proyecto inicial suponía la biografía de quinientos artistas. Pero cuando llevaba escritas unas cuarenta, mi impulso decreció, tuve la impresión de que había descubierto un mecanismo y que podía ponerlo a funcionar infinitamente, y entonces me detuve. Creo que cuando el procedimiento se exhibe de manera suficiente uno debe proceder a la interrupción, para que la apuesta al infinito quede subrayada en el acto del corte. También es cierto que ahora tengo ganas de seguir escribiendo el libro, la segunda, tercera parte, pero bajo la esperanza de que la interrupción me permita retomar desde principios o puntos de vista nuevos.
 
T : En cualquier caso, ¿en qué se diferenciaría de las historias del arte canónicas?

“Mis destrozados vendrían a demostrar que el arte no eleva ni salva sino que más bien destruye”

G : El título maneja dos supuestos fuertes. Uno, la condición de genio del incluido en el volumen, condición que es fraguada o dudosa en algunos casos. Una serie de genios es una contradicción en los términos, porque se supone que un genio supone una excepcionalidad. Solo podríamos admitirla como la serie de lo excepcional. Pero en mi libro hay artistas a los que, con razón o no, se los considera universalmente geniales, y otros que podrían ser perfectos chambones. Luego, está el adjetivo destrozados. Eso supone que no les va del todo bien. La verdad es que no sé cómo son las historias del arte canónicas, no leí ninguna. Pero supongo que en tanto canónicas, esas historias exaltan a los artistas en su condición de modelos y ejemplos a seguir, mientras que mis destrozados vendrían a ser la contracara o el ejemplo negativo o la demostración de que el arte no salva ni eleva, sino más bien destruye.
 
T : ¿Hitler era un artista? ¿De la estrategia, del arte industrial? ¿El mismo no era una obra de arte?
G : Hitler, según se dice, fue un artista malo, un artista sin talento. La psico-política atribuye su fobia antisemita a que el profesor de la escuela de artes que lo bochó en el ingreso era judío. Fácil, demasiado fácil. Lo interesante es que mientras en su perspectiva industrial el nazismo concentraba tanto las formas de experimentación científica y técnica del capitalismo concentrado con una perspectiva de calidad aristocratizante, en su mente de artista, Hitler prefería pensar el futuro bajo las ideas estéticas del pasado, lo que se prueba en su condición de coleccionista, tanto en lo que excluía -el arte degenerado como una versión de los rechazados del Salón Parisino-, como lo que incluía. Como estratega, dicen que era pésimo. Al menos eso opinaban sus generales. Hay una versión, que metí en una de mis novelas, que indica que los servicios de inteligencia ingleses denunciaban a los grupos de resistentes alemanes para impedir que realizaran un magnicidio exitoso, por considerar que cualquier conductor razonable que reemplazara al Führer optimizaría las estrategias y los recursos alemanes, y por lo tanto la guerra duraría más. ¿Hitler, él mismo, una obra de arte? No. Es un objeto fascinante de ficción, pero como artista sobre sí mismo está muy por debajo de Ricardo Fort.
 
T : ¿Cómo se trabaja para letras de molde con esos artistas que hacen biopolítica, como Marina Abramovic por ejemplo?
G : No sé quién es Marina Abramovic. Me fijé en google y no me llama la atención. Me parece que esa clase de experiencias pueden prescindir, por lo general, de su visión, y son interesantes como objeto de relato, como pretexto de construcción intelectual (la línea de los farsantes del arte moderno que empieza con Duchamp). ¡Tampoco sé qué es la biopolítica! Por lo que vi, el gran mérito de la Abramovic es haber persuadido a una cholula descerebrada como Lady Gaga para que se desnude y muestre al natural sus encantos, en beneficio de sus admiradores adolescentes.
 
T : Finalmente, las tres novelas argentinas de este año cuyos autores merecerían estar en una historia del arte.
G : Serán de acuerdo a quién haga la lista. Pero imaginémosla, solo dedicada a la literatura, por un período de tiempo razonable, y aplicada a todos los países. Supongamos que ahora existen ciento cincuenta naciones, y que cada uno de esos países tiene tres libros merecedores de formar parte de esa historia. Tenemos 450 libros por año. Demos por hecho que la literatura, tal como la conocemos y la comprendemos, cuenta con 3000 años de historia (es una cifra promedio, no sé si cierta o exacta; tampoco hemos tenido siempre 150 naciones; habrá habido épocas de mayor cantidad, otras de menos). Si establecemos entonces una historia de la mejor tríada literaria anual durante tres mil años, tenemos 1.350.000 grandes novelas (dentro del concepto de novela incluiremos también las sagas, los poemas cosmológicos, las epopeyas, etcétera: seamos generosos). Bien. Me gustaría ser capaz de escribir, o al menos de leer, una historia del arte que reúna siquiera los argumentos de este millón y pico de libros, seguidos de su pertinente reseña crítica, biografía del autor, estudio socio-histórico de la época, contexto estético, etcétera. Sería un libro interesante.