24/11/2013 Elvira Aldao

Los antiguos veraneos marplatenses

En Veraneos marplatenses, la escritora rosarina Elvira Aldao de Díaz compone un cuadro de costumbres de los primeros años de este balneario, cuando era refugio estival de la alta burguesía porteña así como refugio invernal de anarquistas españoles e italianos que aprovechaban la canícula para conseguir algunos ingresos extras y escuchar qué tramaba aquella clase dominante.

Por Pablo E. Chacn

El libro, publicado por Buena Vista Editoras, en su colección Las Antiguas, lleva un prólogo de la poeta, cronista de viajes y ensayista Teresa Arijón.
 
Elvira Aldao nació en Rosario en 1858. Pasó sus primeros años en Buenos Aires; de vuelta a su ciudad natal, frecuentó a escritores y artistas plásticos, conoció Mar del Plata, desde donde ejercitó la crónica de costumbres, que continuó desde Europa, en 1912, y de regreso al país, ya viuda. Murió en esta ciudad en 1950.
 
Dice Arijón: “La Mar del Plata atesorada por la autora, la del año 1887 -cuando el Grand Hotel se erguía solitario sobre los médanos y la rutina diaria estaba puntuada por paseos campestres y bucólicos almuerzos, baños de mar, banquetes nocturnos y bailes-, da un giro de 180 grados al año siguiente, con la inauguración de un nuevo hotel”.
 
Aldao: “Con la aparición del Bristol cambió radicalmente la vida de la playa: la vida sans-facon del verano precedente. El grupo de veraneantes del año anterior, vestidos a su antojo, sin disciplina reglamentaria, parecía ya un recuerdo lejano”.
 
Y así será. Es tiempo de belle epoque y de años locos y Mar del Plata es descubierta también por la clase política, conservadores y socialistas liberales que con el tiempo, se instalaron en el balneario y dieron al menos dos intendencias memorables: la de Teodoro Bronzini y la de Jorge Raúl Lombardo.
 
Escribe la autora: “La rambla, a pesar de considerarse construcción pesada, es monumental y es original -no tiene comparación con las similares de las playas europeas. Su alta construcción la separa de la tierra para aislarla frente al mar”.
 
Y agrega: “solamente por las columnatas de sus dos principales entradas -que las escoltan los altos pabellones- y por el arco esbelto de su entrada central divísanse, por un lado, algunos de los grandes chalets del Bulevar Marítimo, y por el otro, el espaciado edificio del Grand Hotel Bristol”.
 
Al lado de ese hotel estaba el Club Mar del Plata, destruido por un incendio, igual que la primera rambla de madera, que no es la que describe la autora. Por esa otra rambla, la rambla vieja, paseaba Alfonsina Storni, antes de tomar la decisión de hundirse en el Atlántico.
 
Las modas y las vestimentas de los veraneantes son otra de las preocupaciones de la señora Aldao, que observa cómo la juventud estrena en el balneario lo que había comprado, durante el invierno en Buenos Aires.
 
Para un nieto e hijo de marplatenses como quien escribe, que pasó años fuera de la ciudad y que volvió hace algunos meses, leer estas historias es como escuchar hablar a sus abuelos. Es una ciudad distinta, de casi un millón de habitantes y costumbres de pueblo, vanguardia de cierto gusto estético y nunca refractaria a la novedad.