23/11/2013 literatura

Conversación de Mario Gallina con José Martínez Suárez

El estudioso Mario Gallina publicó "Estoy hecho de cine", un volumen de 212 páginas que contiene conversaciones suyas con el cineasta José Martínez Suárez, importante referente de la Generación del 60 y actual presidente del Festival de Mar del Plata.

Por Héctor Puyo

Autor de numerosos libros sobre Carlos Hugo Christensen, Osvaldo Miranda, Lolita Torres, Virginia Luque y Hugo del Carril, entre otros, Gallina es también actor y sobre todo un apasionado cronista del cine argentino, que describe con minuciosidad desde sus pagos oceánicos de Miramar.

"Estoy hecho de cine" es el resultado de varias charlas entre el escriba y el cineasta, pero su estilo coloquial hace que parezca una sola jornada en la que se entremezclan los recuerdos, las anécdotas compartidas, el chiste irónico, el dato erudito.

Allí Martínez Suárez relata su vida desde sus ancestros europeos, su infancia en la provincia de Santa Fe -particularmente en Villa Cañás, donde nacieron él y sus famosas hermanas-, la muerte prematura de su padre y su ingreso en el mundo del cine, para el que parecía predestinado.

En esos principios lo que aparece es esa especie de drogadicción que el cine representa para el futuro director, que de alguna forma dictaminaba la vida familiar para poder asistir a las pocas salas del pueblo en cuanto se encendían los proyectores.

No había acontecimiento familiar ni viaje con los suyos que valiera más que el regreso urgente -de alguna ciudad aledaña, donde vivían algunos parientes- para llegar a deslumbrarse con aquellos rectángulos de plata que habían pasado a ser su mundo.

Martínez Suárez nombra a sus hermanas Chiquita y Goldy, como evitando decir que son las mellizas Mirtha y Silvia Legrand, y muestra varias fotografías de infancia y juventud con ellas, que inevitablemente fueron la causa de su entrada en los estudios.

Lo que cuenta entonces es el mundo de aquel cine de los grandes sellos nacionales, en particular Lumiton, las concomitancias profesionales con el gremio hollywoodense, los personajes que dejaron historia y aquellos que lo marcaron a él mismo.

Hombre de mundo, el cineasta recuerda experiencias agridulces con sus primeras películas, "El crack" y "Dar la cara", en momentos de fuerte censura en el país -cuando los filmes catalogados "de exhibición no obligatoria" iban directamente a la muerte- y el oportunismo de ciertos funcionarios que luego de ningunearlo aquí intentaron explotar el éxito de crítica en un festival europeo.

Por esos tiempos, junto a sus colegas David José Cohon, Rodolfo Khun, Lautaro Murúa y Manuel Antín, entre muchos, Martínez Suárez festejó el arribo de las cámaras Arriflex, las mismas usadas por la Nouvelle Vague, que le permitió salir de los estudios y gracias a su liviandad filmar en las calles y cualquier lugar público.

Al mismo tiempo afloran sus intolerancias, su severidad, sus rigideces, sobre todo con su alumnado -restringido pero con nombres luego rutilantes-, obligado a adorar "8 y 1/2", de Federico Fellini, todo Hitchcock, mucho John Ford, algo de John Huston e incluso los contemporáneos Joel y Ethan Coen, quizá con toda razón.

Lo interesante es que Gallina está totalmente embebido de vida y obra de su entrevistado -ambos manifiestan asiduamente la amistad que los une, muy borgeana, sin tuteos- y el lector puede sentirse por momentos un testigo privilegiado aunque involuntario de ese vínculo.

El resultado es un texto amabilísimo, de tersa lectura, que con no poco humor saca algunos trapitos al sol, ingresa en la farándula sin salpicarse de amarillismos, que presenta la vida de un hombre común, si bien culto y elegante, que ha tomado el cine como la columna vertebral de su ser.

El libro se perjudica sin embargo en una larga coda donde personas vinculadas al cine y a la TV -que frecuentaron o conocieron a Martínez Suárez desde su cine- que discurren sobre el realizador con obvias opiniones positivas.

Ese agregado no carece de interés, pero su característica de testimonio desgrabado y a veces como de compromiso carece de la espontaneidad del segmento principal, esa conversación entre amigos destinada inevitablemente a perpetuarse.
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