15/11/2013 La Rioja

En la reserva el Chifln el ulular del viento llama a recorrerla

El desierto del sudoeste de La Rioja altera su monotonía a unos 70 kilómetros al oeste de Patquía, por la Ruta Nacional 150, cuando su trazado hasta entonces líneal presenta una serie de curvas y surgen unas torres y farallones rojizos y ocres y un cartel en la banquina indica que se está en el Parque Provincial El Chiflón.

Por Gustavo Espeche Ortiz



Es una de las zonas más tórridas de Argentina y ya en esta avanzada primavera la ruta reverbera bajo el sol desde temprano y es una fina línea que se torna difusa en el horizonte de piedras y arena, con remolinos de polvo que se elevan entre las matas bajas y resecas.

El asfalto, con sus miles de rajaduras y remiendos de brea -no por falta de mantenimiento sino víctima de la dura amplitud térmica- parece el pentagrama indescifrable de un compositor enloquecido por el calor.

Junto al cartel, si se apaga el motor el silencio es total, pero basta caminar unos metros hacia la derecha, donde el camino se convierte en una garganta que alguna vez albergó un río, para sentir el continuo ulular del viento que le da el nombre al lugar, entre las torres grises, rojas y amarillentas.

Por esa garganta se llega a curiosas geoformas con nombres alusivos, talladas por el viento y el tiempo como en los grandes y famosos parques de la región: el Nacional Talampaya y el provincial Valle de la Luna (éste en San Juan), declarados en conjunto Patrimonio Natural de la Humanidad por Naciones Unidas.

Del Chiflón dicen que es el hermano menor de las tres reservas naturales del complejo geológico Ischigualasto-Talampaya, tanto por su tamaño (unas 9.000 hectáreas, contra 240.000 y 60.000 de los anteriores, respectivamente) como por su edad, ya que su categoría de parque provincial data de la década pasada.

Para recorrerlo existen tres circuitos, que se pueden hacer en vehículo, a pie, o en combinación de las dos opciones, siempre en compañía de un guía.

Los paseos llevan también a restos arqueológicos, como morteros y petroglifos, y a restos de troncos petrificados, además de brindar importantes vistas panorámicas del lugar y alrededores y el avistaje de algunos animales salvajes.
En el primero, hay geoformas que responden claramente a su nombre, como "La Tortuga", "El loro", "La Cara del Gaucho" y "La Casita", que se parece mucho a un rancho de campo verdadero.

En este circuito también está "La Pirámide", aunque una guía comentó a Télam que ése es el nombre oficial, porque los lugareños lo llaman "El Pan Dulce", y sus formas en realidad tienen más que ver con el nombre popular.

En el segundo circuito se pueden recorrer los primeros tres kilómetros en vehículo y luego caminar unos 1.500 metros por el borde de los cerros, entre grandes bloques de piedra, donde están las geoformas "El Elefante", "El Bolillero", "La Torre de la Víbora" y el "Cañadón rojo".

El tercer circuito, que comienza dos kilómetros al oeste de la entrada por la ruta 150, muestra "El "Hongo" y "El Ojo de la Cerradura" y lleva a la formación más imponente del parque, "Las Pretinas", donde el cerro parece una alta torre rodeada por este accesorio de vestir en tamaño gigante y muy rojo.

Otro atractivo es el llamado "Pucará de El Chiflón", que consiste en los restos de varios recintos semicirculares sobre la cima de un cerro, que demanda un ascenso de mediana dificultad, desde donde se tiene una muy buena vista panorámica de la zona.

Por su extensión, es posible hacer los tres circuitos en una jornada, aunque el sol que cae a plomo desde antes del mediodía hasta después de las 16 es un importante obstáculo para las caminatas y trepadas, por más baja dificultad que estas presenten, lo mismo que el constante, seco y agotador viento del desierto.

Los guías recomiendan, casi exigen, tener cubierto el cuerpo, en especial la cabeza, usar ropa suelta y cómoda, y llevar suficiente crema protectora y agua mineral.

Una particularidad de estos guías es que son todos pobladores de parajes vecinos, como El Chiflón, La Torre y Cerro Blanco, en los que el número de habitantes oscila entre una y 17 familias.

Estos baqueanos, la mayoría agricultores, guiaban a turistas curiosos por internarse en la zona desde antes que el lugar fuera declarado parque provincial, entonces a cambio de propinas a voluntad.

Luego formaron la Cooperativa Pucará, que recibió capacitación y asistencia técnica del gobierno riojano, y ahora administran el trabajo en el parque y continuan con las guiadas -ahora con precios oficiales- y orientación al turista.

En esos parajes hay un par de comedores y quioscos, pero para pernoctar las opciones son volver a Patquía o ir a Valle Fértil (San Juan), casi a la misma distancia e ideal para ir luego al Valle de la Luna, o Villa Unión, a unos 150 kilómetros y cercana al Talampaya.

Fuentes de Turismo de La Rioja informaron a Télam que pronto será inaugurado, vecino a El Chiflón, un complejo turístico con alojamiento y restaurant.- 
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