28/10/2013 Ezequiel Achilli

La novela secreta del presidente Schreber

En El príncipe heredero, el escritor y médico psicoanalista Ezequiel Achilli construye una ficción donde Sigmund Freud, al borde de la muerte, recibe los fragmentos censurados de las Memorias de un neurópata, el texto princeps que muchos años antes había leído para descifrar los arcanos de la psicosis.

Por Pablo E. Chacón

El libro, publicado por Letra Viva, tiene una protagonista seminal, Marie Bonaparte, la princesa francesa que gestiona ante Benito Mussolini la salida de Austria del vienés, acosado por los nazis, que con el tiempo se convertiría en psicoanalista y curaría su frigidez.
 
Achilli nació en Saladillo; también es actor, dramaturgo, docente y miembro de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (Apdeba). Publicó Los laberintos de un fauno y numerosos artículos.
 
Esta es la conversación que sostuvo con Télam.
 
T : ¿Es cierto que existieron, en la edición original de las memorias de Schreber, algunas partes censuradas, o es parte de cierto folklore?
A : Es cierto, cuando leí el libro me sorprendió que el capítulo II tiene un gran fragmento censurado, el capítulo III está completamente censurado, y en ambos lugares una nota de la familia anuncia que fue quitado por resguardo moral (de la familia). Estimo que de ellos hablaba en esos textos, sobre todo del hermano, que se suicidó tras recibir el mismo cargo que al personaje enloqueció. Como psicoanalista, entiendo que lo censurado siempre retorna como síntoma, y como escritor porque entiendo que es en esos hiatos, en esos agujeros, donde nace el arte; del silencio, de lo que no tiene palabra, y también de lo silenciado.
 
T : En cualquier caso, ¿cómo se te ocurrió inventar esos fragmentos para que el mismo historial no perdiera la consistencia que tiene?
A : El príncipe heredero nació intentando dar luz a eso que en mí generaba una oscura pregunta respecto de alguien que sufrió tanto dolor, el presidente Schreber. Así fue como escribí primero el capítulo III, el censurado completamente, y luego fueron apareciendo los fragmentos y demás.
 
T : Pero es una novela sobre Freud más que sobre Schreber. ¿Cómo juega Marie Bonaparte en la trama, si dejamos de lado que ella fue quien pagó parte del traslado del hombre a Londres?
A : A la princesa Marie Bonaparte le debemos, en gran parte, la existencia del psicoanálisis. Su colaboración con Freud no sólo fue monetaria, sino también amistosa y hasta académica. Ella se formó con él como psicoanalista, e intervino en grandes discusiones; rescató de la censura el primer trabajo de Freud, El proyecto de una psicología para neurólogos y la correspondencia con Wilhelm Fliess, materiales clave  en la formación de cualquier  analista. Fue su paciente, su amiga, su colega. Creí interesante darle el status que merece.
 
T : Después de leer las Memorias… se tiene la impresión que Schreber podía haber seguido escribiendo al infinito. En ese sentido, a tu juicio, ¿cómo pensás que es la relación a los textos de un neurótico y de un psicótico?
A : Quizá todos lo podamos hacer, escribir y escribirnos hasta el infinito. Creo que a Schreber la escritura le sirvió para cierta reorganización terapéutica. Hasta allí llegó. Recordemos que perteneció al periodo prepsicoanalítico, y sus médicos, tanto (Paul) Flechsig (el gran anatomista del cerebro), como (Guido) Weber eran organicistas. Se sabe que el análisis tiene algo de escribirse, o historizar, es decir,  reescribirse. Pero esta es una novela. Por lo tanto mejor mantener el diagnóstico abierto.
 
T : Si pensamos en Artaud y en Joyce, ¿estamos frente a otra forma de tratamiento de los textos por tipos que en su época fueron considerados locos o más o menos?
A : El tratamiento del texto (incluido el del discurso psicótico o delirante, como es el caso de Schreber) siempre está atravesado por la cultura. No es el mismo loco el de esa época, al que se lo encerraba, al que hoy dice sucederle lo mismo. Tampoco los motivos de la locura son los mismos. En la época de Freud abundaban las histerias (más allá que no estoy muy de acuerdo con las etiquetas) que hoy serían vistas por muchos con otra lente. Y es justamente el príncipe, ese ser que no se sabe quién es hasta terminar el libro, el que se pregunta ¿quién es el loco?, ¿qué es un loco?, ¿qué derecho queda para alguien recluido?
 
Y también hay que decir que El príncipe… es una novela para todo tipo de público, es una novela histórica, psicológica, pero una historia y una psicología al servicio de quien desee leer una ficción que juega con personajes que existieron en la realidad.
 
T : Schreber, ¿te parece que con su libro inventa una suerte de mitología de la locura que resuena -según creo- en personajes como Basaglia, Laing, Cooper?
A : Si partimos de la idea que un disparate es un hecho o dicho disparatado, y apartando a la locura de ese lugar, mi respuesta es no. Ese discurso es el discurso de las voces que le hablan. Los mitos son otra cosa. Por su atemporalidad, su anonimato, porque hablan de lo universal. La escritura de Schreber es una denuncia singular, subjetiva, propia. Pero eso y lo que no sabe, porque está perdido, es coherente para quien intenta leer y escuchar en ese lenguaje.