18.10.2013 18:36
Pablo E. Chacón
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Cesar Rendueles

“Cuando los pobres son protagonistas, entonces hablan de populismo”

En Sociofobia, el pensador español César Rendueles reivindica el pensamiento económico y político de Marx, asegura que hablar de libre mercado es una estafa intelectual y dice que el uso que suele hacerse de las nuevas tecnologías de la comunicación es heredero de la fragmentación social del individualismo liberal.

El libro, publicado por Capitán Swing, resulta un diagnóstico feroz del capitalismo de mercado y la depredación de los agenciamientos solidarios y fraternos por un sistema de tramas competitivas, policiales y parapoliciales operadas por las TICs.
 
Rendueles nació en Gijón en 1975. Es doctor en filosofía y trabaja como profesor en el departamento de teoría sociológica de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. También ha sido profesor en la Universidad Carlos III de Madrid y conferenciante invitado en varias universidades españolas y latinoamericanas. Fue miembro del colectivo de intervención cultural LaDinamo.
 
Esta es la conversación que sostuvo con Télam desde Madrid.
 
T : ¿Qué quiere decir Marx en el mundo contemporáneo?
R : La economía ortodoxa es un zombi intelectual. Se mueve, mata gente y hace ruidos incomprensibles. Está, conceptualmente, muerta. Es injusto generalizar, pero es alucinante la cantidad de oscurantismo matematiforme que se hace pasar por conocimiento económico riguroso. Lo peor es que toda esa metafísica ridícula ha tenido y sigue teniendo una enorme influencia en la vida de millones de personas. En comparación, la teoría de Marx resulta razonable y fructífera. Tiene grandes limitaciones, claro, pero al menos está comprometida con el estudio de los procesos históricos reales. Y eso es importante porque significa que nos ayuda a entender cómo el modo de organizar nuestras sociedades se basa en el lucro personal y el miedo a la pobreza.
 
Marx es un autor al que siempre se obliga a hacer un esfuerzo extra frente a otros teóricos. Me refiero a que permanentemente se nos dice que hay experiencias históricas que han refutado su propuesta. Por ejemplo, se suele afirmar que es evidente que el socialismo fracasó. Como si fuera un sistema social homogéneo que se ha enfrentado a un experimento crucial que ha dejado clara su imposibilidad. Somos mucho más tolerantes y sutiles con el capitalismo, ¿verdad? Dos siglos de crisis económicas, guerras, dictaduras, catástrofes ecológicas, imperialismo y alienación rara vez le hacen a nadie decir que se ha demostrado el fracaso de ese sistema social.
 
T : ¿Qué se entiende por sociofobia?
R : La sociofobia es lo contrario de la fraternidad. Generalmente nos acordamos de los dos primeros valores republicanos, la igualdad y la libertad, y nos olvidamos de la fraternidad, como si fuera una especie de añadido cursi y poco importante. No es así. La fraternidad es una manera de indicar que la igualdad y la libertad tienen condiciones no sólo materiales y políticas, sino también sociales. No son compatibles con cualquier tipo de lazo social. Concretamente, son imposibles en sociedades profundamente fragmentadas a causa de las exigencias del mercado. Son tres piezas igual de importantes que sólo funcionan cuando trabajan a la vez. O, dicho de otra forma, la sociofobia es la desconfianza en la posibilidad de la democracia. No nos creemos capaces de afrontar en común nuestros problemas y conflictos. Cada vez entendemos más la democracia como una mera agregación de nuestras preferencias individuales, más o menos como lo que ocurre en el mercado. Cuando debería ser una dinámica compleja de deliberación colectiva y apoyo mutuo. Las raíces de este proceso degenerativo que estamos viviendo son políticas y al menos en parte, se remontan a la contrarrevolución neoliberal de los 70. Sin embargo, creo que los discursos tecnófilos contemporáneos: la obsesión por la supuesta dimensión social de la tecnología de la comunicación, ha acelerado esa dinámica.
 
El libro ha tenido una acogida muy generosa. Por un lado, entre gente de la izquierda política que lo ha entendido como una aportación que no renuncia a una parte sustancial del bagaje de las tradiciones emancipatorias, pero que también cuestiona y problematiza ese legado. Por otro lado, entre personas vinculadas al ciberactivismo a las que les gustaría marcar distancias respecto al consenso tecnoutópico liberal.
 
T : Entiendo que el agotamiento de los modelos socioeconómicos europeos y anglosajones es algo más que una crisis. Algunos hablan de cambio de paradigma. ¿Cuál es tu opinión al respecto? ¿Y cuál respecto a los movimientos extrapartidarios en España, Francia, Grecia, Italia, Estados Unidos?
R : Bueno, el capitalismo es un sistema extremadamente frágil, en el sentido de que está en crisis permanente. No es ninguna novedad. Nació así. Hoy, el neoliberalismo parece una cosa de sentido común porque nos lo explican señores serios vestidos con ropa elegante cuando, como decía Karl Polanyi, es un proyecto utópico absolutamente irrealizable. Las motivaciones que requiere el mercado son incompatibles con algunos rasgos antropológicos profundos y por eso sólo pueden darse en contextos muy limitados. Las relaciones mercantiles puras -o sea, descontroladas- tienen efectos nihilistas, disuelven las comunidades en las que se implantan. De hecho, nunca ha habido mercados libres como los que describen los manuales de economía. La mercantilización generalizada moderna a menudo ha sido un proceso artificial y extremadamente violento. La mayor parte de los mercados masivos han sobrevivido gracias a una intervención permanente de los gobiernos, que han socializado pérdidas y privatizado beneficios. Por eso la difusión del mercado es contemporánea de la aparición de aparatos de control gubernamental a una escala nunca antes conocida. Superar este proyecto absurdo no es instaurar un estado de excepción sino, al revés, regresar a la normalidad antropológica. Volver a colocar el mercado en un lugar más o menos destacado pero, en cualquier caso, limitado.
 
T : Supongo conocés lo que está sucediendo en América Latina. Las versiones más socialdemócratas y las populistas. ¿Hay algo de interés ahí?
R : Por supuesto que sí. Para mí son el espejo en el que deberíamos mirarnos los europeos no para repetir esos procesos, que tienen características propias, pero sí para entender la potencia transformadora de la democracia. Soy bien consciente de sus limitaciones, errores y contradicciones. Pero me hace gracia que se tache a esas iniciativas en la prensa sistemáticamente de populistas.  Me parece un caso claro de clasismo. Cuando los pobres protagonizan el cambio político, entonces hay populismo. Si son los ricos, se trata de la fiesta de la democracia. Hugo Chávez hablando seis horas vestido con un chándal puede resultar aburrido o incluso un poco ridículo, pero me parece una actitud infinitamente más respetable que la del presidente español, Mariano Rajoy, que lleva dos años sin comparecer ante la prensa. Lleva trajes muy caros, eso sí.
 
T : Creo que en el mundo desarrollado hay una sobrevaloración a mi juicio delirante de las nuevas tecnologías de comunicación, pero esa no es tu posición. ¿Podrías ampliar esta cuestión?
R : Las tecnologías de la comunicación no son tan importantes, al menos si se comparan con el alcantarillado o el motor de explosión. Al menos de momento, no existe ninguna economía del conocimiento ni una segunda revolución industrial, a pesar de toda la cháchara moralizante que escuchamos al respecto. Es cierto que las redes sociales están generando cambios culturales, pero muchos de ellos forman parte de un continuo de transformaciones que se remonta muy atrás y que guardan relación con tecnologías como el teléfono, la radio o la televisión. Creo que Internet sobre todo ha amplificado procesos ya en marcha. Vivimos en sociedades muy fragmentadas, sí, pero la razón de ello es básicamente política y tiene que ver con la contrarrevolución neoliberal. El neoliberalismo dinamitó tanto los restos de los compromisos sociales tradicionales como los instrumentos de intervención política de los que se dotó occidente tras la segunda guerra mundial para resistir el nihilismo del mercado. La red no ha revertido ese proceso de fragilización, sólo hace que nos importe menos. Un poco como si dijéramos, ya no podemos hacer cosas juntos, pero al menos nos dejan hacerlas.
 
T : Cuando hablás de community managers, ¿te estás refiriendo a los emprendedores, esos sujetos que aprovechan las ventajas comparativas del capitalismo de mercado donde la lucha de clases no desapareció?
R : Bueno, en España se ha puesto muy de moda en los últimos tiempos toda una mitología política extremadamente perniciosa en torno a los emprendedores. Se supone que un país arrasado por la especulación inmobiliaria y las políticas neoliberales va a salir de este desastre gracias al empuje de la iniciativa privada en el mercado. Sus protagonistas no serán las empresas tradicionales, que son aburridas y lentas, sino nuevos agentes sociales dinámicos y vinculados a la economía del conocimiento. Si no fuera dramático sería para reírse a carcajadas. En realidad, la mayor parte de las empresas españolas no tiene ningún empleado. Son apaños que la gente monta para subsistir entre las ruinas de la economía. El  discurso del emprendimiento, en realidad, es un síntoma de que España por fin ha encontrado el papel de país semiperiférico que la Unión Europea le asignó en los 80, cuando decretó la destrucción de su tejido productivo. En todos los países pobres hay muchísimos más trabajadores por cuenta propia que en los ricos.