12/09/2013 Pablo Hupert

El bienestar de la cultura contempornea

En El bienestar en la cultura, el historiador y docente Pablo Hupert explora los cambios en la condición laboral y subjetiva de los trabajadores afectados por una precariedad endémica, rasgo diferencial de una época caracterizada también antes que por solidez, por la fluidez de sus lazos sociales.

Por Pablo E. Chacn

El libro, publicado por el sello Pie de los hechos, se inscribe en la tradición de la historiografía especulativa que inauguró el malogrado Ignacio Lewkowicz, y que adquirió alta visibilidad durante la crisis casi terminal que siguió a la crisis de diciembre del 2001.
 
Hupert nació en Buenos Aires en 1972. Escribió, con Lewkowicz y Andrés Pezzola, La Toma. Agotamiento y fundación de la universidad pública, que permanece inédito, y El Estado posnacional.
 
Esta es la conversación que sostuvo con Télam.
 
T : Titulás El bienestar en la cultura no sé si parodiando a Freud o radicalizando su pensamiento. ¿Cuál es la idea?
H : Es cierto que es un título algo irónico. Más que otra cosa, la idea era señalar el contraste entre la época de Freud, principios del siglo XX, y la nuestra, principios del XXI. Como historiador, busco señalar un cambio.
 
T : ¿Qué cambio?
H : No precisamente el cambio de fechas. El cambio de época, en los modos de producción de cultura y de subjetividad. En los modos de dominación y en los procedimientos de emancipación. Se suele suponer, como en tiempos del capitalismo clásico, que los dominados son oprimidos, pasivos, reprimidos, despojados de recursos simbólico-críticos, etcétera. Pero al contrario, los dominados del capitalismo financiero somos exprimidos, hiperactivos, con más derechos que obligaciones, provistos de recursos multimediales, empresarios de sí mismos. Necesariamente, sus modos de autoorganización son distintos a los proletarios clásicos y también los modos de sujetarlos (forzando a que se muevan febrilmente). Digo: hoy no alcanza con desconfiar del que te quiere hacer callar sino también de la propia compulsión a hablar (Franco Berardi dice que hay patologías de hiperexpresión).
 
T : Llama la atención tu preocupación sobre las condiciones laborales de los trabajadores: cierta permisividad escondería una desregulación y una ruptura del lazo social. ¿Podrías ampliar?
H : Bueno, para comenzar, despejemos lo que se entiende al decir los trabajadores: no nos referimos ni al obrero de la línea de montaje de Tiempos modernos ni al oficinista gris de los cuentos de Cortázar y Benedetti. No hablamos de trabajadores rutinarios, que van toda la vida, hasta el día de su jubilación, al mismo trabajo en el mismo lugar a realizar las mismas tareas. Hablamos de trabajadores posfordistas que de ningún modo gozan (o padecen) las mismas condiciones laborales que los fordistas.
 
Los tipos de trabajo contemporáneos son diversos, pero la estabilidad y la rutina son cada vez más raras. Hoy, la discontinuidad laboral es una característica tanto del albañil como del alto ejecutivo, así como la precariedad contractual afecta al docente universitario y al periodista tanto como al changarín o al político. No digo que todas estas figuras sufran las mismas carencias; digo que a todas las atraviesa la precariedad. Las condiciones laborales precarias van acompañadas de otras: inestabilidad, estrés, informatización. Pero lo que me importa en El bienestar…es que son condiciones que cualquier trabajador fordista hubiera tomado por paradisíacas, por la disminución de sus ataduras.
 
En tiempos industriales, el trabajo determinaba la subjetividad, organizaba la vida. Y la disciplina, la vigilancia se organizaba a través de dispositivos específicos, aparatos ideológicos de Estado o trabajo al estilo Jünger. Pero eso entró en crisis por el neoliberalismo. ¿Cómo puede ser que trabajadores libres, poco atados, admitan someterse a la sobreexplotación que acompaña al trabajo precario? Tal como mostró Ignacio Lewkowicz, el desguace de las regulaciones estatales fue también el desguace de los mecanismos estatales de producción de subjetividad.
 
Ante este panorama, el derrumbe era incontenible. Sólo con el piquete, la fábrica recuperada, la asamblea del 2001 creímos encontrar una actividad configurante del lazo social. Andado el tiempo, comenzamos a ver que el mercado y el Estado ya habían inventado nuevos dispositivos de producción de subjetividad sujetada.
 
Esto lo advertí sobre todo en la publicidad. Voy a ampliar este punto porque me llevó a dos de las tesis fundamentales del libro: que estamos en una cultura de bienestar y no de malestar, y que nuestra época no es ideológica sino, como dice por ahí Kundera, imagológica. Es decir, no estamos gobernados por representaciones discursivas o imaginarias sino por representaciones imaginales.
 
T : Antes de entrar en eso, ¿podrías volver a la cuestión del trabajo?
H : Es que aun no la dejamos. A diferencia del trabajador fordista, el sujeto de hoy no encuentra el sentido de su vida en lo que produce sino en lo que consume. Para el precario que somos, la inestabilidad en el trabajo se ve justificada por una estabilidad de las promesas de satisfacción.
 
T : ¿Y el que no puede consumir todo?
H : Nadie puede. Como dice Bauman, las promesas de satisfacción que realiza el consumo no están obligadas a verse confirmadas –más bien lo contrario, pues la frustración de la promesa, obliga a buscar nuevas satisfacciones. La publicidad no sólo vende productos sino, también, goce. No sólo experimentamos una promesa; también la emoción que la publicidad moviliza. Lo que intento decir es que la promesa imaginal no se ve confirmada cuando se efectiviza el acto de consumo sino cuando se efectiviza el acto publicitario.
 
T : ¿Por qué decís que son imágenes no representacionales?
H : Porque no deben adecuarse a lo representado (no deben cumplir lo que prometen). Porque la imagen no es representación de la cosa sino la aspiración de la cosa. Si las consumidoras de yogures dietéticos que no lograron ningún parecido con Julieta Díaz quisieran juzgar a los vendedores porque sus productos no cumplieron sus promesas, ningún juez aceptaría que ahí se violaron contratos expresos ni implícitos, simplemente porque las publicidades de los productos no son representaciones de esos productos.
 
T : Sí, por favor.
H : Sólo quiero decir que en este mundo también las palabras, los sonidos o los olores, las opiniones y los libros, funcionan como imágenes. Lo que organiza la experiencia subjetiva no son ya las condiciones laborales de existencia sino las condiciones imaginales de carencia. No es el trabajo sino el consumo.
 
T : Si entendí bien, ¿el libro está atravesado por una idea de la política no sólo posnacional sino también practicada en un espacio sin perspectiva, donde la simultaneidad, la hiperconectividad es norma?
H : Es posnacional porque el Estado actual no se configura en función de gobernar a un ciudadano sino a un empresario de sí mismo, no a un productor sino a un consumidor. En cuanto a las perspectivas, bueno, Negri, Marcos o Holloway ven grandes perspectivas hoy. Pero en todo caso, se trata de una política, de unas prácticas de emancipación que no parten, como en tiempos de hegemonía marxista, de las posibilidades objetivas que podían preverse. No creo que la política contemporánea parta de una teleología. Incluso los tres que mencioné parten de las posibilidades que la autoorganización colectiva crea al producirse. Cuando el 24 de marzo de 2002 se produjo aquella sorpresiva movilización masiva en conmemoración del golpe, nadie se movilizó creyendo posible que esa fecha se convirtiera en feriado: el movimiento no tenía esa perspectiva, pero la creó. La  política es una afirmación presente que inventa posibles donde no los hay.
 
La forma de no hacer lo que preferimos no hacer es haciendo otra cosa junto a otros. Creando, junto a otros, condiciones de viabilidad para lo que preferimos hacer –una de las cuales es hacerlo.