02/09/2013 Mario Arteca

“Sin la policía del sentido, la poesía sobrevive a la dirección de la palabra”

En El pronóstico de oscuridad, el poeta y periodista Mario Arteca alcanza una altura que sobrevolando la escena de las querellas mediáticas, trabaja como un orfebre la lengua y abre un universo de discurso extranjero a los modos de producción canonizados por cierta pereza crítica.

Por Pablo E. Chacón

El libro, publicado por la casa Bajo la Luna, sintetiza las preocupaciones de este platense nacido en 1961, que conoce como pocos la tradición poética argentina y no oculta sus preferencias estéticas y tampoco las políticas.
 
Esta es la conversación que sostuvo con Télam.
 
T : Contame de tu último libro publicado.
A : El pronóstico de oscuridad es un libro que deseé publicar desde que se concibió. Primero porque era una propuesta de prosa poética, una experiencia de escritura a la que nunca había incurrido, y que me surgió después de leer algunos textos de Charles Simic. El libro le debe (y así lo trazo literalmente) al asombro de encontrarme con una poesía desnaturalizada del concepto “poema”, o de la forma “poema”.
 
El libro mantiene una estructura de fábula o relato, en prosa, pero cruzado por cierto aire ensayístico, como si hubiese dos géneros mixturados, algo que vengo haciendo desde mi primer libro editado, Guatambú, aunque tuvo otras ramificaciones en otros textos, o mejor, otras densidades. Lo que leo en El pronóstico… es una propuesta de invención, de meterme en historias recortadas, algunas con alusiones personales, desde una picadura masiva de avispas cuando tenía diez años, hasta la relación con mi hija, o bien de poner en juego la clandestinidad del lenguaje poético. Y todo se expone en forma diferida, como despojando a la historia de su sintaxis comunicativa, porque en definitiva nada se puede comunicar en poesía, sino a través de las imágenes, que es el modo más directo de salirse del efecto de superficie de la lengua. Y lo que se cuenta, así lo veo, es la tensión entre un mundo amenazante y la posibilidad de embellecer la advertencia, pero tamizado por los discursos.
 
T : Poeta extraterritorial. ¿Podría llamarte?, ¿O alguien que no se ha dejado etiquetar pero que no abomina de unas lecturas y una tradición?
A : Una vez caracterizaron mi escritura como “extranjera”. Nada peyorativo el término. Porque ser extranjero no es sentirse “fuera” de un territorio, sino hablar o decir desde un lugar sin dominio seguro. Desde ese lugar entiendo la extraterritorialidad, y sobre todo desde la ausencia de referencias directas a escuelas o estilos, aunque bien se pueden reconocer las puntas de algunas influencias. Eludir las etiquetas, desde ya, no significa ignorar lecturas y cierta tradición donde uno puede sentirse con la necesidad de regresar, o verse rodeado como sitio amable donde poner el ojo y el cuerpo cuando se lee. Si existe una tradición donde abrevar, es la de los escritores que atienden al detalle de la lengua, de aquellos que se sienten atravesados por una lectura atenta de la cultura, los que desechan la masa de la información fugaz y seleccionan los momentos más luminosos de una masiva producción simbólica, como dijo una vez Santiago Llach.
 
Trato siempre de construir series y fragmentos sin relegar de la información diaria como material a desmenuzar y transformar en lengua propia. No siempre es sencillo de realizar esa operación, y en esa dificultad está el trabajo que se debe hacer con el lenguaje. Y en ese punto, también, es que me he obligado, en cada libro, a fugarme del otro, o de los anteriores. Salvo una breve trilogía donde el tema son los catálogos o muestras plásticas o visuales (La impresión de un folleto, Nuevas impresiones, y Hexágono y Diagonal, aún inédito) nunca quise repetir una forma de intervenir. Uno a veces puede aburrirse de reconocerse en sus textos. Y ahí está la búsqueda de ese doble territorio extranjero: ser lector y escritor de uno mismo, pero desde una escritura del no reconocimiento propio, como si se desactivara por un momento el sujeto que escribe.
 
T : ¿Cuál sería esa tradición y cómo es que uno “elige” inscribirse en un determinado espacio?
A : La idea de tradición, ineludible en quienes escriben, remite a nombres o escuelas, o estilos. Me da la impresión que la referencia de un escritor deben ser los libros. Me siento pariente de algunos escritores, lo cual no significa que adscriba a un estilo o posición determinada.
 
En una entrevista que me hiciera Osvaldo Aguirre para el Diario de Poesía había dicho que el ansia de novedad es el cáncer de cualquier proyecto poético. Y sigo creyendo lo mismo, desde ya. No se puede correr con un estilo prestado. La idea de asumir riesgos es la de devolverle a la escritura la suma de los interrogantes genuinos que interpela la lengua cuando se escribe. Me da la impresión que no se puede elegir un sitio en la tradición, sino que desde la escritura se va formando una biblioteca personal, una suma de intereses literarios, que no se dan de manera consciente, es decir, no debiera darse como estrategia previa de inscribirse en un espacio de sentido determinado, porque el escritor es un lector móvil, y su modo de incorporar es la escritura.
 
Me interesa el funcionamiento de Osvaldo Lamborghini, o de cualquiera que haga algo semejante, esa puesta en mecanismo de los puentes de la realidad, pero distorsionados, como desmembrándolos al tiempo que se convierte todo en un artefacto literario. Es una operación que se exhibe no sólo desde la poesía sino desde un suelo narrativo. Por eso es provechoso ver qué hace con la influencia de Lamborghini el propio Aira, que trabaja desde la licuación de las influencias, toma la dirección de un estilo y lo propone estilo, pero desbaratando toda huella reconocible del maestro. Arturo Carrera hace algo similar, pero menos huidizo, me parece. En algunos de mis libros, por ejemplo, la vanguardia artística de los 20 (Duchamp, por ejemplo) o los movimientos pictóricos de los 50 y 60 en Argentina y en el mundo, también forman un sitio donde sentirme a gusto.
 
De ahí se llega a (John) Ashbery, un poeta al que siempre vuelvo, o mejor, del que no salgo con frecuencia. O a Gerardo Deniz, Antonio Cisneros, Germán Carrasco, o bien poetas centroeuropeos, que siempre me interesaron. Y también existe, si así se puede decir, una “tradición” más contemporánea, porque soy lector de los poetas más jóvenes o mayores que yo, como Mattoni Raimondi, Cristobo, Fiebelkorn, Rodríguez, el Negro Díaz, Gambarotta, Battilana, Morfes, Arens, etcétera, aunque siempre me escapo de las señas de identidad. Pero si uno es capaz de leer a sus contemporáneos sin la capacidad de impugnarlos, es porque se siente dentro de un sistema de referencias.
 
T : Tu opinión sobre la supuesta rivalidad entre objetivistas y neobarrocos durante los 90.
A : Me pareció un debate que ayudó a acelerar un circuito en la poesía. No siempre se dio como un debate rico, pero cuando se descontracturaron posturas encontradas, se pudo avanzar en permear las relaciones de estilo que siempre existieron. Siempre prevalecen los textos en favor de ideas cristalizadas. Hoy se trata de reflotar, desde algún sector, lo que pareciera ser un combate de escuelas, mezclado con posturas generacionales.
 
Yo leo a Perlongher y a Aulicino, o a Helder, como la obra de poetas, de escritores que tienen un sistema haciéndolo funcionar. No me autolimito en la previa de la lectura a ver si coincido o no con la forma de intervenir con las palabras. Los disfruto desde el lugar de la lectura, del gozo de la propuesta literaria. Por supuesto que se concuerda más con algunos, sobre todo en los que se encuentra una afinidad de posicionamientos y de trabajo con la palabra. Me interesa que la escritura esté lejos de la inmediatez, o de una urgencia por exhibir los rasgos de la época. Se pueden escribir textos, o libros, desde un lugar del compromiso con la palabra sin tener la necesidad de disolverse en efectos reconocibles. Creo que me veo cerca de aquellos escritores que hacen funcionar un equilibrio entre lo bajo y lo alto, entre el discurso político y los recursos líricos para rodear esa dirección. Lo que se llama una política de la lengua, supongo.
 
T : ¿Y cómo ves la actual producción de la poesía argentina contra el fondo de ese enfrentamiento?
A : Creo haberlo contestado, en parte. Ahora hay un decantamiento de todo eso. Prefiero creer que se lee y escribe poesía lejos de los preconceptos, que siempre los hay. Con mis libros, a veces ocurre, cuando existe un esfuerzo por colocarte en lugares donde la crítica no llega ni quiere arribar, sólo por pereza especulativa, o un prontuario de etiquetas. Pero se escribe con mayor reconocimiento de que aquellos que sostuvieron un estilo o una preferencia de procedimientos, realizan una obra desde un territorio genuino, que no sustituye nada con el hecho de existir y circular.
 
T : ¿Existe una poesía militante que es políticamente explícita y otra que es política pero se abstiene de cualquier fe militante?
A : Esto nos devuelve al viejo debate sobre el compromiso. Los ejemplos siempre son interesantes. Una poesía militante debiera ser la de Roque Dalton, y que yo sepa, salvo excepciones, ese tipo de intervención no sucede. La poesía argentina está atravesada por dispositivos múltiples. ¿Es menos política la poesía de Perlongher que la Sergio Raimondi, la de Martín Rodríguez que la Carrera? Son formas diferentes de proponer un sistema de referencias, o un modo de lectura.
 
Desconfío de los actos deliberados de sentido, de aquellos poemas que nos quieren direccionar la lectura para no podamos tener duda qué es lo que estamos leyendo. En Poesía civil, en Punctum, en Maternidad Sardá, en los poemas de Silvio Mattoni, para decir algunos, o en los de Marina Mariasch, o Anahí Mallol, para citar otros, hay formar diferentes de atacar desde el sujeto, y esa es la manera de desacralizar cuando se escribe desde diferentes procedimientos. Cuando se advierte una manera cubista de rodear un tema y disponerlo en palabras, sin ser un policía del sentido, es ahí donde vemos que la poesía sobrevive a la carga de palabra dirigida. Yo escribí un libro, Cinco por uno, plagado de graffitis políticos, pero rodeado de incrustaciones y discursos que funcionaban como antídoto del panfleto. Es una forma de intervenir, pero no la única.