30/08/2013 Osvaldo Quiroga

La potencia del ritual en una obra surrealista

Hay una corriente teatral inaugurada por Alfred Jarry en 1899 con Ubú Rey. Es la misma tendencia a la que se suma Antonín Artaud tiempo después con textos como El teatro y su doble, que dieron una base teórica a un movimiento que no se encasillaba en el realismo.

Por Osvaldo Quiroga

 
Es entonces el turno de las vanguardias surgidas durante las primeras décadas del siglo XX. El nombre de Roger Vitrac está asociado de manera directa con el de Artaud, ya que juntos montaron y sostuvieron durante algún tiempo una sala teatral cuyo nombre habla de la dirección estética que tomaron: Alfred Jarry.
 
Recordemos que los textos de Artaud se convirtieron en los preferidos para quienes veían en el avance del realismo una amenaza a la más pura teatralidad. El autor de Heliogábalo o el anarquista coronado, escribió: “El teatro es como la peste, un azote vengador, una epidemia redentora”. Artaud, que terminó sus días en un hospicio, bregó siempre por un teatro que recuperara tanto el sentido del ritual como la potencia de las fiestas dionisíacas.
 
Lo que buscaba era un lenguaje propio para la escena, absolutamente alejado de la literatura o de cualquier otra disciplina. De cualquier forma, frente al espectáculo que dirigió Lorenzo Quinteros conviene empezar de cero.  En principio, es poco frecuente que una realización con tanto riesgo creador se exhiba en la calle Corrientes.
 
El surrealismo, donde abreva Víctor o los niños al poder, tiene una lógica estética a la que el público no está acostumbrado. No son pocos los espectadores que buscan en las tablas una historia que pueda ser contada como una serie de televisión o una película norteamericana. En ese sentido hay que felicitar a los programadores del Centro de la Cooperación por ofrecer en una de sus salas un espectáculo que recupera el ritual del teatro. Es fundamental formar espectadores capaces de comprender tanto la ambigüedad del hecho artístico, como las distintas posibilidades de abordaje que presentan obras como Víctor o los niños al poder. Quien quiera un cuentito con principio, desarrollo y fin es probable que salga decepcionado.
 
El otro punto fuerte del espectáculo son las excelentes actuaciones de todo el elenco, empezando por Eduardo Calvo, el niño de nueve años cuyo crecimiento parece tan desmesurado como sus conductas. Porque Víctor, en su deliberada tontería o en sus juegos alejados de toda inocencia, denuncia el estado de un sector social que valora la hipocresía mientras dice combatirla.
 
Es el niño molesto, el que grita que el rey está desnudo y se burla hasta de la muerte. El teatro de la crueldad es también aquí el del grotesco, el disparate y el delirio. De lo que se trata es que el  público salga del teatro con cierto malestar, como si le hubiesen revelado algo que no tenía intenciones de conocer. 
 
Lorenzo Quinteros, con el olfato teatral que ha caracterizado toda su carrera, apuesta a fondo a desarrollar la teatralidad del texto valiéndose de una escritura escénica donde lo ridículo se convierte en lo más natural del mundo. El surrealismo, más que una sucesión de imágenes caprichosas, es aquí un relato preciso sobre algunas formas de la decadencia. Es más: en “Víctor o los niños al poder” hay una severa crítica a las clases dominantes y sus costumbres morales.
 
En ese sentido podría afirmarse que no se trata de un texto surrealista de manera estricta, no hay aquí escritura automática, más bien lo que encontramos es un severo cuestionamiento a la mentira, a la doble vida, al engaño y a otras formas de convivencia que ya se insinuaban en la década del 20, pensemos que la obra es de 1928.

VCTOR o LOS NIOS AL PODER
 
La precocidad de Víctor, que se manifiesta en su estatura, casi un metro ochenta al cumplir nueve años, es también el resultado del universo confuso y siniestro que le ofrecen sus progenitores. Admirables resultan también las labores de Julia Tapia, Daniel Catz, Alejo García Pintos, Carolina Adamosvsky, Romina Moretto, Hilario Quinteros, Jorge Paccini y Gabriel Lima. No sólo porque se trata de intérpretes experimentados, sino más bien por haber encontrado el ritmo justo que requiere la poética que encarnan. El riesgo de caer en el ridículo era muy grande. Y de lo que se trata aquí es de construir un verosímil lo suficientemente sólido como para que los espectadores ingresen en el imaginario propuesto y lo disfruten.

Victor ou les enfants au pouvoir de Roger Vitrac

Otra forma de leer Víctor o los niños al poder es a partir del juego. Porque si bien todo espectáculo teatral alimenta la teoría del juego, la falta de solemnidad de la obra de Vitrac, sumada a un componente lúdico visible desde la primera escena hasta la última, permite apreciarla con cierta ironía que viene del pasado y se instala con fuerza en nuestros días.
 
De esta manera la comedia humana brilla en todo su esplendor. Las cosas que ocurren la noche del noveno cumpleaños de Víctor no son pocas: junto con su amiguita Esther el pequeño gran hombre no sólo descubrirá un adulterio, sino que lo convertirá en noticia. Pero también en la intimidad del dormitorio Emilia y Carlos enfrentarán la frustración de su matrimonio, mientras Antonio se ahorca en el balcón. Son demasiadas cosas para un niño de nueve años.
 
El personaje acusa recibo en su cuerpo, pero el desenlace será mejor que lo descubra el público en la función. De lo que no cabe duda es de la enorme creatividad de Lorenzo Quinteros que se anima a poner en escena una obra que ya causó revuelo en ocasión de su estreno mundial.

"...es como pensar la vida como un gran juego, o un sueño del que participamos casi sin darnos cuenta".

 Quizá hablar de temas que se consideran serios, como la infidelidad o el suicidio, en tono de gran burla surrealista sea el principal acierto del autor. Que es como pensar la vida como un gran juego, o un sueño del que participamos casi sin darnos cuenta. Los personajes de Víctor o los niños al poder parecen adultos niños encontrándose en una plaza. El problema es que la plaza es la vida misma. Y que la línea divisoria entre los juegos de infancia y los juegos de adultos es tan frágil que casi no existe. Darse cuenta no es ni más ni menos que ingresar en la vida.

Visin 7: "Vctor o los nios al poder", dirigida por Lorenzo Quinteros