09/08/2013 Violeta Kesselman

Cierta literatura actual, no est a la derecha de la sociedad?

Esa es una de las dudas que la escritora y crítica literaria Violeta Kesselman encuentra en Intercambio sobre una organización donde parece haberse propuesto encontrar también una lengua para entender la política y la historia argentina de los últimos años a la luz de la experiencia de las organizaciones militantes.

Por Pablo E. Chacn

El libro, publicado por la casa blatt&ríos, es un objeto de alto calibre intelectual, que anuda y despliega conceptos, ideas y posiciones con precisión milimétrica, transparente en su oscuridad y mortalmente irónico en su falta de cinismo.
Kesselman nació en Buenos Aires en 1983; mantuvo el blog Todos los días entre 2005 y 2007; publicó el nube en 2006 y junto a Ana Mazzoni y Damián Selci compiló La tendencia materialista. Antología crítica de la poesía de los 90. Colabora con la revista digital Planta.
 
Esta es la conversación que sostuvo con Télam.
 
-T : ¿Qué clase de sistema es, al interior de este libro, una organización?
-K : El  libro  parte  de  la  noción  (al  principio  más  o  menos  inconsciente)  de  que  las organizaciones políticas  son una clave para entender la política y la historia argentinas de los últimos años, y de que a pesar de serlo, no había rastros de ellas en la literatura contemporánea.  Diría  que  esa  lectura  crítica  inicial  de  lo  que  se  estaba  produciendo es  el  motor  del  libro:  yo  quería  leer  en  literatura  cosas  que  leía  en  otras  disciplinas como  la  sociología,  la  historia  o  el  periodismo. 
 
Esa  inquietud  es  evidente:  todos  los relatos  del  libro  (y  casi  cada  fragmento  de  cada  relato)  hablan  sobre  eso.  No  hay otra  preocupación,  es  un  bloque  cerrado;  a lo  sumo  se lee  algún trazo  de  historias  de amor  erótico  o  de  amor  madre  e  hijo,  pero  muy  bocetado,  muy  fugaz.  Yo  no  quería desarrollar  personajes  en  términos  psicológicos,  no  quería  “contar  historias”,  no quería  exponer  teorías  sociológicas  a  priori:  lo  único  que  me  importaba  en  términos proposicionales  era  hablar  de  ese  tema  en  particular,  para  lo  cual  sí  o  sí  hubo  que construir un sistema  formal.
 
Y ese sistema  formal el desafío principal que tenía o que sigue  teniendo  es  cómo  narrar  algo  de  la  manera  más  despersonalizada  posible,  sin personajes fuertes, precisamente porque lo que me interesaba era el movimiento que puede desarrollar una organización en su conjunto, donde cada personaje está ahí en función del todo. Lo  último  que  quería  era  contar las  historia  del  personaje  X,  Y  o  Z  con la militancia  o  la  política  como  telón  de  fondo,  que  es  un  recurso  perezoso;  más bien era al revés: lo que importaba era el actor social de conjunto y el hecho de que, en esa situación de colectivo político, como una instancia de formación muy rica, se produce todo el tiempo una discusión sobre perspectivas,  con  opiniones,  distintos  niveles  de  conciencia  sobre  la  coyuntura  y los cursos  de acción, hipótesis y contrahipótesis  (por eso en el título además  de la  palabra  "organización” está la palabra "intercambio”).
 
Lo que vale para los personajes corre también para la trama: en Intercambio la narración está reducida a sus mínimos signos vitales, de manera tal que el supuesto punto de giro del relato puede ser, por ejemplo, que llega al comedor una cocina industrial. A nivel técnico me  gustaba trabajar  sin  golpe  de  efecto,  sin  remate,  sin  nudo,  sin  desenlace;  no  contar  un  día  histórico  y  sus  efectos  sino  la  cotidianeidad  de  la actividad militante o del trabajo estatal practicado desde una perspectiva militante (con una cierta noción de compromiso por su objeto, quiero decir). 
 
Entonces,  dentro  de  esa  determinación inicial, la  pauta  era investigar  cómo  funciona  una organización  en  sus  lazos  con  otros  actores  políticos  (principalmente  el  Estado),  cómo funciona  internamente  incluso  a  un  nivel  muy  micro,  cómo  nace,  crece,  se  desarrolla  y eventualmente se transforma, todo esto situado en un tiempo y espacio específicos y en una zona ideológica y política en particular, no en abstracto.
 
-T : Si se dice que Intercambio… es un libro "político", ¿cómo entender el rasgo diferencial de esa palabra cuando hoy día se dice que todo (o casi todo) es "político"?
-K : De  nuevo  podría  responder  yendo  a  una lectura  crítica inicial.  Esta lectura  decía,  por  un lado,  bueno,  si  queremos  hablar  de  política  o,  mejor  dicho,  si  queremos  hacer  literatura “política”, hablemos exactamente de eso. Hablemos de lo que nos parece más importante de  eso,  incluso;  en  este  caso,  la  organización  y  el  Estado.
 
No  apostemos  a  que  eso  se deduzca  de  lecturas  sobreinterpretadas;  no  tratemos  de  generar  una  teoría  críptica, metafórica,  de  grandes  proposiciones  de  teoría  de  la  historia  argentina:  al  contrario, digamos  cuáles  son  las  hipótesis  y  las  lecturas  (por  eso  en  Intercambio  los  personajes, aunque mínimos, están expresando todo el tiempo  sus ideas acerca  de los eventos  que  se desarrollan).  Siempre me interesaron los textos  que  están  en  el  borde  de lo  burdo, textos demasiado  explícitos  o  demasiado  pedagógicos,  que  trabajan  con  palabras  a  priori  inliterarias (pienso en Brecht, en Pasolini, en Rubio, por ejemplo); me interesa ver cómo se resuelven a nivel formal los contenidos muy evidentes, porque siempre es más fácil escribir para disfrazar las ideas que para decirlas con nitidez; esto último requiere un esfuerzo cognitivo un poquito mayor, digamos.
 
Entonces, en ese esquema formal necesario para hablar de política de manera explícita y clara el paso fundamental era investigar exactamente qué es lo que está detrás de la  palabra  “política”, en  primer lugar  (y  detrás  de  esa  palabra  está la  organización,  el Estado  y la  militancia), y  qué  es lo que hay detrás de otras palabras que se emplean para hablar sobre el asunto como,  por  ejemplo,  “comedor  popular”, “cooperativa”,  “programa  estatal”. En  lugar  de  despachar  rápidamente  el  problema  con una  palabra  (por  caso,  “puntero”,  o  el  nombre  de  pila  de  un  personaje,  o la  referencia  a algún suceso mediático),  quería analizar  cómo  funciona  lo  que  esa  palabra  denota,  desplegarlo en la  página. 
 
Si “todo  es  político”, la manera  de  hablar   de  política desde la literatura tiene que incluir un uso cuidadoso de los términos; tirar referencias contextuales como si eso solucionara todo el problema acerca de qué manera se  relaciona un texto con su presente sólo sirve para ganar una o dos reseñas semilaudatorias y punto; no agrega nada a ningún discurso ya circulante. Esto sobre todo en un momento donde incluso desde el análisis  político hay un descuido importante  sobre qué se dice (como “fascista”, “totalitario”, “dictadura”). Ese trabajo analítico sobre las palabras que se usan para hablar de política es el diferencial del libro.
 
-T : Entiendo que hay una política del lenguaje, de la frase, del fraseo, de los cortes. Algo que me  hizo  recordar  mucho  a  Gambarotta,  Rubio,  Helder.  ¿Qué  relación  social  establece tu prosa con esa "poesía"?
-K : Evidentemente  hay  mucho  del  libro  que  tiene  que  ver  con  cierta  parte  de  la  poesía  de los  90, principalmente Rubio, Gambarotta  y Raimondi,  pero también,  un  poco más  atrás, con Helder,  y también  con Cucurto,  por  caso. De  cada  uno  de los mejores  poetas de esa generación (que no  se agotan en esta lista de acá) se pueden aprender distintas cosas que sirven  luego  para  escribir y para leer. Dentro  de  ese  esquema  general,  podría  decir  que Poesía civil, de Raimondi, de alguna manera cerró una etapa en la producción poética de los 90; como dice Rubio en una entrevista, después de ese libro la relación de la literatura con lo social ya no puede ser la misma que antes.
 
El hecho de que el procesamiento de esa información se dé en prosa y no en poesía, diría, es indistinto, una elección casi personal, tiene que ver con qué herramientas uno se siente más cómodo, en ese sentido Intercambio es un libro bifronte, apunta a las dos áreas, narrativa y poesía.
 
De  todos  modos,  tan  importantes  como  esas  lecturas  fue  y  es  el  trabajo  junto  a  mis compañeros de la revista Planta (Damián Selci, Ana Mazzoni y Nicolás Vilela). De y con ellos aprendí y sigo aprendiendo modos de leer y maneras de pensar que son la influencia principal. Y, en  años  anteriores,  lo mismo valió para el  trabajo  realizado en el taller de  Daniel  García Helder, cuyos efectos son clarísimos en Intercambio.
 
-T : Los 90, ¿no mueren con Punctum y con las relecturas de Leónidas Lamborghini? Si es así (o parecido), ¿creés que el agotamiento del "objetivismo" hubiera ocurrido igual sin el 2001?
-K : No  sabría  hacer  ese  ejercicio  contrafáctico,  pero  de  todos  modos  si  hubiera  que  rastrear un  corte  para  mí  no  es  tanto  el  2001  como  el  kirchnerismo.  El  kirchnerismo  generó cambios  sociales,  políticos,  económicos  y  culturales  que  la  literatura  argentina  no  está registrando,  con lo  cual  en  cierta medida  se  ubica  a la  derecha  de la sociedad.
 
Una  gran mayoría de los escritores actuales no parece encontrar la manera de escribir a favor de un proceso histórico, y no en contra de él. Por supuesto, cuando digo "a favor" no me refiero necesariamente  a  cantar  odas  sentimentales  a  un  programa  estatal,  ni  siquiera  a  hacer literatura abiertamente política, sino a trabajar con una mirada que no exprese desencanto por lo social y político y por el mundo circundante.  De nuevo, eso es un problema técnico con raíces ideológicas, que parten de la concepción liberal de que el escritor siempre debe ser "crítico del poder", sin importar qué es lo que ese poder efectivamente hace y qué es lo que de hecho se critica.
 
Pero  además  dudo  de  que  el  objetivismo  en  su  vertiente  argentina  se  haya  agotado.  Escribir "objetivistamente"  como  en  1998  o  1993  no  sirve,  pero  las  premisas  del objetivismo (atención al objeto, cierta desconfianza o precaución ante la metáfora, atención a la oralidad) siguen siendo productivas.
 
-T : A  la  "Prehistoria  productiva  de  un  objeto",  ¿no  podría  leérsela  como  un  homenaje oblicuo a Simone Weil en tanto ella construye un objeto político novedoso, por medio de un lenguaje que sustrae?
-K : Mhhh, la idea  de  homenaje  no  me  convence  mucho,  a  diferencia  de la  de lectura  crítica y la  apropiación  (pero  de todos modos  no  se  dio  así  respecto  a  Simone Weil).  Vuelvo  a algo que decía antes:  sí está la voluntad de captar cierto modo de organización política y social  que  en la literatura  argentina  no  aparecía,  y  de  hacerlo  con  un lenguaje  particular. La  sintaxis  enrevesada  de  Intercambio  no  tiene  que  ver  con  axiomas  posmodernos  del estilo  "la  imposibilidad  de  decir",  "el  fin  de  la  representación",  "la  eterna  postergación del objeto"; me gustaba más bien la idea de que la sintaxis tuviera algo de la tensión de  cualquier proceso  organizativo,  que esa  tensión  no  se  diera  nada  más  a  nivel  de  las imágenes  sensoriales.
 
O sea  que lo que  hay  en  Intercambio  es  la  convicción  de  que  el lenguaje  usado  literariamente te  permite  acceder  a  cierta  comprensión  del  objeto,  y  de que  con  ese  lenguaje,  dentro  de  ciertas  pautas,  podés  hacer  lo  que  quieras  y  decir  algo entendible.
 
En  el  caso  particular  de  “Prehistoria  productiva  de  un  objeto”  me  interesaba  además  la relación entre un programa del Estado y su aplicación concreta en el territorio en el aquí y ahora, cuáles son a nivel muy concreto los efectos de una determinada política de gobierno, de qué manera se pasa de una planilla administrativa a un objeto productivo que se vincula a su vez con las vidas concretas de los habitantes de un barrio popular, las mil vueltas que da una cosa antes de transformarse en otra. Eso me interesa leer y me interesa escribir.
 
-T : La impresión que tengo, y leer tu libro ajustó esa impresión, es que el lenguaje no "evoluciona". Entonces, ¿cómo cambian tanto las formas?
-K : Esa es  una  pregunta casi  para  un lingüista,  no  sabría contestarla. Lo interesante, en todo caso,  es  el  diagnóstico  que  uno  pueda  hacer  del  estado  de  lenguaje  de  un  determinado momento  y  ámbito.  En  el  caso  de  la  literatura  argentina  actual  el  diagnóstico  habla  de un  panorama  bastante  pobre, en el cual impera el minimalismo  (o,  dicho  de  otro modo  y  para retomar  una  pregunta  anterior:  el  objetivismo  mal  entendido),  escaso  de vocabulario,  de trabajo  formal  y  de  pensamiento  sintáctico,  en  general  vinculado con un cinismo o con el desencanto a nivel conceptual.
 
Si además  consideramos  que  hay  una  gran  falta  de  buenos  críticos  que  orienten  con  un juicio de valor claro y honesto el trabajo de los escritores y que  formen lectores cada vez agudos,  es  difícil  que la literatura  salga  de  esa inercia.  Y si adicionalmente  a  cualquiera que trata de entablar una discusión argumentada sobre esos juicios de valor se lo acusa de totalitario,  el  panorama  se  complica  aún más.
 
En la  actualidad  el lenguaje que se lee en la literatura argentina  no  se relaciona en nada con la experiencia de los últimos años; tenemos una sociedad movilizada por  un lado y  por  el  otro un lenguaje literario mortuorio.  Incluso, más  específicamente, no se relaciona en nada con el uso del lenguaje que desde la política se dio en los últimos años, un lenguaje donde  se  sumaron conceptos, maneras de  sintetizar procesos, luchas de términos (por ejemplo, “crisis del campo” versus “conflicto por resolución 125”), consignas, canciones, apropiaciones, creaciones, donde se transmiten conceptos muy nítidos y muchas veces muy sutiles que ahora parecen moneda corriente pero que hasta hace un par de años no lo eran.
 
En literatura, hay que ir por una suerte de neomodernismo donde el estilo juegue un papel fundamental, las opciones estilísticas se expandan y se enriquezcan, los personajes se diferencien claramente entre sí, los versos tengan algo del conflicto del lenguaje que se registra en la sociedad.