06/08/2013 Juan Pablo Bertazza

La potica del espacio

Se suele establecer como parámetro de la aparición de una obra el hecho de encontrar la tan mentada voz personal. En el caso de la poeta Mercedes Roffé —que, a lo largo de su vida, combinó estudios en letras con estudios en música— ese hallazgo parece ser aun más relevante: su voz personal es pura polifonía, un coro casi, pero un coro que constituye una única voz y, por supuesto, una voz central.

Por Juan Pablo Bertazza

Roffé es plenamente poeta, es de esas autoras centradas totalmente en la poesía, una poeta de inmensa trayectoria pero, sobre todas las cosas, una poeta por definición, en el sentido de que el hecho de escribir algunos libros en prosa, por ejemplo, no la haría menos poeta. Ahí donde en otras trayectorias la poesía puede ser un punto de arranque (los mejores novelistas fueron antes poetas, decía Marechal), una transición, cierto reposo o incluso una etapa final, en obras como la de Roffé la poesía no significa un género a explorar sino, en definitiva, la razón de ser de la escritura.
 
Tal vez esa misma característica sea la causa de la variedad, del extenso repertorio poético que recorre su obra. Además de la cantidad concreta de libros —El tapiz (1983), Cámara baja (1987), y Las linternas flotantes (2009) se cuentan entre los más conocidos— lo importante tiene que ver con que cada uno significa una propuesta —una apuesta— distinta, más allá de algunos rasgos generales que por supuesto, cada tanto vuelven en su obra.
 
La reedición de La ópera fantasma (publicado originalmente en 2005 en Bajo la luna), ahora en la editorial hispanomexicana Vaso roto —cuyo nombre remite a un verso de Hölderlin—, es una excelente puerta de acceso a la obra de Roffé o, bien, el mirador más indicado desde el cual se puede observar su obra. Un libro, en definitiva, que permite apreciar una trayectoria en todo su esplendor, en toda su diversidad, en toda su poética.
 
Se sabe que uno de los rasgos más característicos de la obra de Roffé es, precisamente, la intertextualidad. Pero no en el sentido que acuño Julia Kristeva en su artículo “Bajtín, la palabra, el diálogo y la novela” de 1967, en el que disolvía la noción del texto como unidad cerrada y establecía, en cambio, el concepto de que todo texto siempre entra en relación con otros textos. Se trata, más bien, de una intertextualidad exponencial y tendiente al infinito, una intertextualidad que se da en muchos planos, es decir, a un nivel tan personal como trascendente: en toda la obra de Roffé pero particularmente en La ópera fantasma hay intertextualidad con otros libros y con otros autores, pero también con otros países —desde 1995, de hecho, Roffé reside en Nueva York, aunque cada tanto viaja a España—, otras lenguas —títulos que llevan subtítulos en inglés, títulos escritos en francés—, otras culturas —y ahí brillan esas definiciones mayas, indefinidas y poéticas acepciones de las palabras “A veces”, “también”, “entonces” y “paisaje” que, tal como reconoce su autora, constituyen algo así como sus greatest hits—  y también hay intertextualidad con otras artes. En sus libros, lo venimos viendo desde hace mucho, la poesía de Roffé emana de la música, a tal punto que a veces cuesta diferenciar una de otra, sobre todo teniendo en cuenta su magistral manejo del ritmo, de distintos ritmos. Sus poemas, de hecho, suelen estar estructurados a manera de fugas y movimientos. Pero también, por ejemplo, su poesía brota de la pintura, como sucede en la sección del libro llamada “Teoría de los colores”, en la que Roffé escribe a partir de pinturas de Odilon Redon, Aristide Maillol y Edouard Vuillard, entre otros.
 
En cuanto a lo estrictamente literario —de todas formas, esa aseveración en el contexto de la obra de Roffé resulta un contrasentido—hay que prestar especial atención al uso de epígrafes, que Roffé dispone de la misma forma en que un cirujano estira y se ajusta los guantes de látex un instante antes de emprender su tarea. La ópera fantasma empieza con una hipnótica frase de Octavio Paz: el poeta llega al borde del lenguaje. Y ese borde se llama silencio, página en blanco. Un silencio que es como un lago, una superficie lisa y compacta”.  La polifonía de Roffé incluye, en efecto, un motivo, un movimiento que se encarga de explorar la esencia minimalista de la palabra, el vocablo en su máxima expresión, algo que se da sobre todo en la primera parte de este libro, “Aproximaciones a la boca del rey”, donde cada palabra exhibe un profundo espesor de color que va sacando, como un prestidigitador, el pánico de la página en blanco. La poesía de Roffé tiene, en efecto, una capacidad notable a la hora de pararse sobre el blanco de la página, sabe ocupar muy bien el espacio, es soberana de ese escenario silencioso que es el poema y, en ese sentido, su obra tiene también algo de danza.
 
En la sección “Situaciones: eventos y conjuros”, la poesía trashumante de Roffé vuelve a cambiar de piel, es decir, vuelve a cambiar de voz. Despliega ahora un tono similar al de Cortázar en Historias de cronopios y famas, una modalidad similar al de quien brinda instrucciones, aunque no en el sentido solemne del término. Las instrucciones de Roffé como sucede, por ejemplo, en “Situación para curar a un enfermo” (“invitad gente. Invitadlos a todos. a una fiesta. una gran fiesta/ y si el enfermo no quiere salir de la cama, dejadlo, que no salga./ y que haya música y bailes, y cantos y pasteles”) o en “Situación para romper en hechizo” (“Acuéstate/ -boca arriba/ como si fueras a morir/ o a darte a luz”) tienen algo brujería, una consecución de pasos para llegar, sin que nos demos cuenta, a la dimensión mágica de las palabras.
 
Pero, sobre todas las cosas, la poesía de Roffé sabe rodear el silencio, seduce desde la sensación de abismo, histeriquea, incluso, con la no significación. La poesía de Roffé parece ser un viaje ida y vuelta, en 360 grados, a la génesis y al futuro de cada palabra  —de ahí, sus repeticiones que recuperan el discurso infantil, algunos juegos con etimologías y significaciones en otras lenguas y otra culturas—, un viaje cuyos puntos más altos suceden cada vez que aparece el relámpago. Es decir, cada vez que Roffé logra capturar, en todo su esplendor, el resplandor poético de las palabras.