15/07/2013 entrevista

"Se busca suplantar la verdad por el control"

En El fin del mundo ya tuvo lugar, el escritor, ensayista y profesor argentino Oscar Scopa critica el manejo de la economía contemporánea, destacando su carácter terminal y los dispositivos para distraer y facilitar el paso de la verdad al control.

Por Pablo E. Chacn

Publicado por la casa Akal, el subtítulo del libro "Esto no es una crisis" es elocuente. Scopa es también filósofo y ejerce la docencia en la Universidad Carlos III de Madrid. Entre sus libros figuran Cavas y miñangos, Fachada, Camporégano y "Nostálgicos de aristocracia.

Esta es la conversación que sostuvo con Télam desde Madrid.

En principio, si esto no es una crisis, ¿qué es? 
El subtítulo de mi último libro es una paradoja. Remite a (Denis) Diderot y a (René) Magritte. El colapso al que me refiero  debería situarse en lo irresoluble del problema medioambiental, energético, poblacional, en un momento del capitalismo en el que éste busca prescindir de la mercancía y por lo tanto de los puestos de trabajo con el fin de reproducirse sobre sí mismo.

¿Podría pensarse en un cambio de paradigma, y a la revolución científico-técnica como el modo de producción de esa mutación?
Lamentablemente la interpretación de las condiciones de producción científica de Thomas S. Kuhn parten de la ilusión moderna de espectacularidad. El ideal de mutación se genera equívocamente a propósito de ese ideal trastocado. Asimismo, la decadencia teórica del público, sujeto de la modernidad y su ciencia, tiende a lo que muta en la versión del acting-out. No habrá espectáculo. Será un cambio paulatino, más ligado a la reconsideración del mito que a la concepción moderna de la ciencia.

Si el capitalismo es un síntoma de la modernidad, las salidas pensadas ¿estaban condenadas a ser parte de ese orden?
¡Nunca pensaron salida alguna! El ideal moderno, primero en su versión literaria francesa y luego con el invento de los
economistas, fue un ideal apocalíptico desde la segunda mitad del siglo XVII. El apocalipsis de la comodidad. Por lo tanto, para los optimistas británicos seguidores de Leibniz, la única salida es mantener hasta el apocalipsis de la comodidad la ventana que da al jardín donde todo volverá, día a día, a ser espectáculo.

La biopolítica, ¿es posible que haya convertido la oposición modernidad-posmodernidad o capitalismo-socialismo en artefactos caducos?
La noción de biopolítica es un tanto laxa. Sin embargo en ella se encuentra ya una crítica de la modernidad y el capitalismo. No creo, por otra parte, en una oposición entre modernidad y posmodernidad. De hecho, yo no utilizo la noción de posmodernidad porque considero que no hay que fijar nominalmente las etapas de transición en las civilizaciones. Los que hablan de posmodernidad, con la excepción de la obra de (Jean-Francois) Lyotard, lo hacen desde una ilusión moderna: volver a la posteridad en vez de entender lo posterior.

Del mismo modo el socialismo no es una contraposición al capitalismo sino su resolución dialéctica. Marx no contraponía capitalismo-socialismo. Lo que contraponía era economista-socialista, mientras hacía entrar en la contradicción dialéctica la relación entre teoría y práctica.

Lo que hoy busca la aniquilación de la política, inclusive la que se pretende participativa, es la eliminación de la verdad, suplantándola por la de control. Sea para Marx o para Tomás de Aquino. Para ello se han inventado dispositivos que aparecen como conceptos pero que funcionan como ocurrencias coercitivas. Las mismas se sustentan en psicologías positivas, sociologías optimistas y otras ramas operativas al servicio de la eliminación de la verdad, inclusive como ficción deseable.

¿Existe solución al problema del transporte público en las grandes ciudades?
Me hice cargo de este problema en el libro sin ser urbanista porque fenoménicamente representa bien la caída de una coyuntura de sumatoria acumulativa permanente. Lo cierto es que los informes sobre el colapso del tráfico se repiten en todas las ciudades de más de 300 mil habitantes. Lo que debemos preguntarnos es si la tecnología ciudad, como yo la llamo, puede soportar una extensión poblacional sine die. Debemos replantearnos la tecnología ciudad. Sin temor a enfrentarnos con vacas sagradas del urbanismo del siglo XX.

Su opinión sobre el valor "contracultural" de personajes como Julian Assange, Bradley Manning y Edward Snowden.
Contracultural es no someterse a las nuevas psicologías optimistas y positivas y volver a leer a Freud. Desde la década de 1950, los soviéticos comenzaron a investigar el problema que acarrearía la cibernética en las relaciones internacionales. Algunos de esos teóricos acabaron dando clases en los Estados Unidos. La "digitalización" de los servicios de espionaje ya ha sido suficientemente criticada, inclusive por ellos mismos de forma pública.

En mi último libro trabajo el estallido de lo digital en los campos donde opera, sobre todo el empresarial; fracasa por pequeñas fugas. Pero no considero que estos señores representen un valor "contracultural" sino la reafirmación de la invalidez de una decisión tecnocrática. Que algún analista de la OTAN haya criticado mi último libro, producido con anterioridad a la emergencia de estos casos de fuga de información, pone de relieve mi reafirmación: todo bajo control del control produce descontrol inversamente proporcional a la dimensión de los controles.

La cibernética fue un error civilizatorio. Se puede resolver. Se reflexiona, se retrocede con prudencia y se toma otro rumbo. Basta haber leído a Clausewitz. O, mejor aún, un poema de Robert Frost. Esa es la solución a todo este entramado de vigilantes: leer poesía. O sea, lo sublime. Algo de la verdad.
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