05/06/2013 Juan Pablo Bertazza

Escritos pstumos de Jorge Luis Acha

Un libro póstumo que es, al mismo tiempo, una ópera prima. Un prólogo de 101 páginas que ocupa casi la mitad del libro. Y un autor inquietísimo –pintor, educador, cineasta y guionista—que nunca fue considerado un escritor.

Por Juan Pablo Bertazza

 
El primer volumen de Escritos póstumos de Jorge Luis Acha es, de verdad, (y no sólo por todo lo dicho anteriormente) una rara avis, una rareza dentro de lo curioso, una publicación tan extraña como necesaria. También lo serán, sin lugar a dudas, los dos tomos restantes --el segundo que aparecerá en noviembre de este año, y el tercero, cuya publicación está prevista para el año que viene--.
 
Jorge Luis Acha es, acaso, una personalidad poco conocida, un secreto demasiado bien guardado. Pero, justamente, esa condición es la que lo vuelve ejemplo indiscutible de lo que significa la profundidad de la cultura argentina, que no se limita a para nada a los tres o cuatro nombres más mentados, más sobresalientes de cada generación.
 
Realizador de varios cortometrajes como Impasse (1969) y Producciones Arena (1976), y tres largos con temáticas muy diversas pero exponentes todos de un potencial político enorme --Hábeas corpus (1986), Standard (1989) y Mburucuyá (1992)—la obra cinematográfica de Acha no tuvo distribución comercial salvo por alguna retrospectiva en la Lugones y la edición del BAFICI del 2006 que también supo ver su cine para darlo a conocer al público.
 
Para muchos, sin embargo, la disciplina en la que más se destacó fue la pintura, en la que trabajó casi con exclusividad las acuarelas, con una amplitud enorme que podía ir desde atmósferas tumultuosas y asfixiantes hasta horizontes cálidos y esperanzadores que solían tener al mar como gran foco de atención --cabe destacar que Jorge Luis nació y murió a los cincuenta años en Miramar--. El propio Acha contó en algunas entrevistas que, justamente, lo que le costó de esa transición de la pintura al mundo del cine fue la interacción con la gran cantidad de personas que participan en el séptimo arte: “Cuando venís de la pintura crees que te las sabes todas porque estás solo; como director, en cambio, te das cuenta de que, por ahí, tenés las mismas ideas pero ahora en lugar de pomos hay personas, y las personas se enojan”.

 

La edición, compilación y prólogo de los tres libros están a cargo del escritor Gustavo Bernstein, uno de sus más destacados discípulos y miembro fundador de la Asociación Civil Jorge Luis Acha, cuyo objetivo es rescatar y difundir su obra pictórica, cinematográfica y literaria. Además de la publicación de sus Escritos Póstumos, la Asociación se dedica full time a la digitalización de su pintura (dispersa en distintos museos y colecciones privadas), y de sus cortos de adolescencia. Como si esa labor no fuera suficiente, se encuentran enfocados también en la realización de un documental titulado Thalassa, un autorretrato de Jorge Acha que repasará su vida y su trayectoria artística. El film, en el cual el propio Acha se narra a sí mismo, se estructura a partir de un material valiosísimo de entrevistas inéditas que le hiciera el crítico Rodrigo Tarruela en 1985 y una gran profusión de material audiovisual que lograron conseguir el año pasado.
 
Además de ser esclarecedor en muchos aspectos que hacen a la multifacético obra de Acha, el prólogo de Bernstein constituye también un ejercicio de estilo, una prosa elegante y elocuente que, al mismo tiempo que se encarga de analizar el anclaje político de Acha en lo que hace al continente americano –los choques ideológicos que subyacen a la conquista pero también la historia de esa percepción a lo largo de los siglos-- se regodea (y profundiza) con coincidencias casi mágicas, como el hecho de que sus funerales hayan tenido lugar, precisamente, un 12 de octubre.
 
A propósito del universo de cine es interesante el juego de zoom que puede percibirse en la relación que construyen los tres guiones incluidos en el primer tomo, además de la necesidad de empezar a atender, precisamente, al guión como otro género literario, gracias a la combinación de rigor técnico y búsqueda poética que se desprende de cada uno de los trabajos de Acha. Mientras Homo-Humus (guión a partir del cual basó su última película Mburucuyá) hace referencia al viaje de los naturalistas Aimé Bonpland y Alexander Von Humboldt a lo largo del río Orinoco, involucrando, por lo tanto, la situación de todo el continente americano; y mientras Blancos se centra con una complejidad notable en un episodio muy singular de la autodenominada Conquista del desierto que atravesó nuestro país; San Michelín, por su parte, hace foco en una gomería del barrio porteño de la Boca, un reducto típico lleno de pósters de mujeres desnudas, grasa de auto, suciedad de palomas y una televisión siempre encendida; una especie de versión a colores de esa gran y tan discutida novela que es Sobre héroes y tumbas, donde no falta, ni siquiera, una referencia a uno de los lugares más imprescindibles del barrio: “El estadio de Boca, circular y encajonado hace honor a su apodo: una “bombonera” llena de tonalidades y brillos, de papelitos y humos coloridos”.    
 
Es raro lo que sucede con la lectura de este libro. Similar a lo que pasa cuando en la primera juventud nos encontramos con un clásico y nos damos cuenta de que es posible despojarlo de su canonización, y hacerle sacar el máximo jugo del disfrute. Sea lo que fuera Acha –pintor, guionista, cineasta, escritor—lo cierto es que es de esos autores –una rara mezcla de Herzog Pasolini y Favio—que, al leerlo, parece inocularnos ganas –y ese mítico deseo—de hacer arte en cualquiera de sus formas. 

Jorge Acha a la Intemperie