29/05/2013 Daniel Freidemberg

Locos, s, pero entre comillas

El poema se titula “V” (cinco, en números romanos), forma parte de Estrella de la mañana, el libro que Jacobo Fijman publicó en 1931, y, en apenas siete líneas, dice: “En la misma belleza saborean las lunas su soledad dichosa./ Caen todas mis muertes en el espanto/ de la nada del mal de la nada irreal de la nada.// En las tinieblas puse mis manos cuajadas de llanto./ Arreó la gracia mis ojos perdonados,/ y hecho he sido en lo interior de todo y nada./ He sido en el que es de todo y nada en bella gracia.”

Por Daniel Freidemberg

Hay, como se ve, espanto y tinieblas, y esa insondable “nada del mal de la nada irreal de la nada”. Envuelto todo en una atmósfera a la vez desolada y conmovida, mística a su manera, ¿tiene algo que ver con el hecho de que Fijman pasó casi la mitad de su vida en el Hospital Borda, y que ahí murió en 1970? La pregunta viene al caso porque la relación entre la creatividad artística y la locura es un tema que cada tanto reaparece y volvió a aparecer en abril último, como una suerte de efecto colateral, con la conmoción que produjo la violencia represiva de la Metropolitana contra los trabajadores y los pacientes del Borda, precisamente.
 
El caso es que un poeta, Miguel Ángel Morelli, consideró que un buen modo de tomar partido ante la irrupción de palazos y balas de goma en el neuropsiquiátrico de Barracas sería subir a Facebook un poema de Fijman, y al día siguiente se encontró con que más de 300 de sus contactos lo habían reproducido. Pero no fue lo único que encontró: “Leyendo algunos de los muchos comentarios que se hicieron al respecto”,  apuntó, “noto que no son pocos los que hablaron del desdichado Fijman como del ‘poeta de la locura’. Me gustaría hacer una aclaración: Fijman, lo mismo que Artaud, Van Gogh y tantos otros, no fue ‘un artista de’, sino más bien ‘a pesar de’. Es decir, fue un creador devorado por la locura (si es que se puede decir así) y de ninguna manera un enfermo mental que se volvió artista. Eso jamás sucede.”
 
A ese respecto, Morelli recordó las cartas de Vincent Van Gogh a su hermano Theo: “sus días en Arlés no fueron más que un vertiginoso intento por huir de la enfermedad a través, precisamente, del arte. Del arte liberador. Del arte que, si no cura, al menos consuela... Nuestra idea romántica del loco que escribe genialidades se da de bruces con la realidad: invariablemente, se trata de genios que escriben o pintan hasta que llega la fiebre y los atenaza.”  No sé si Morelli leyó la compilación de diálogos que Vicente Zito Lema mantuvo con, entre otros, Enrique Pichon Rivière, Fernando Ulloa y el propio Fijman, pero precisamente ahí, en el encuentro con Pichon Rivière, el psicoanalista y fundador de la poesía social le dice a Zito Lema que el arte “es una de las formas de preservación que tiene la raza humana. Y, más específicamente, para curarse de la locura. Aunque no sólo para curarse, también para evitarla, para prevenir ese terror a lo desconocido que, en forma de muerte o de locura, acecha permanentemente al hombre."
 
Desde Rimbaud y Kafka a Charlie Parker, Alejandra Pizarnik y Jim Morrison, quien más quien menos sabe de artistas y escritores a quienes los marcos de lo considerado “normal” les resultaron estrechos, y tanto en el cine como en las novelas y las biografías todos hemos visto personajes que parecen elegir el desquicio como condición para crear, como si fuera la naturaleza misma del arte la que convoca a los demonios. Pichon Rivière, sin embargo, llegó hasta a hablar del “alto valor terapéutico” del arte, y sabía bien por qué. Con una vasta experiencia en establecimientos psiquiátricos, estudioso de los “poetas malditos” franceses y compañero de aventuras de los surrealistas argentinos en la revista Ciclo, Pichon tenía motivos para no confundir: “la locura y la creación serían los dos caminos alternativos frente a una situación límite de crisis, y en uno y otro caso se pueden ver actos de la imaginación, distintos. En uno, el sujeto puede mover su realidad externa e interna. En el otro, como no la puede movilizar, intenta controlarla con los mecanismos de la locura. Por eso, en el arte hay juego y en la locura sólo existe una cruel distorsión de esa realidad. Ocurre que el sujeto, a través de la locura, se libra, relativamente, del sufrimiento. (…) Como no soporta más, se disocia, se va del mundo, se inventa un sistema para tolerar el sufrimiento, logra diluirlo. A su vez, el creador salda el sufrimiento con la obra.”
 
Tanto dolor hay en la locura, agregaba Pichon, que “quien lo padece se estereotipa, se torna rígido; y ello se percibirá después en su obra. El artista normal tendrá, en cambio, la posibilidad de jugar con el objeto; no tiene obstáculos para acercarse a él, para transformarlo, para rearmarlo”, y fueron precisamente esos momentos que Van Gogh o Fijman encontraron para escribir o pintar las ocasiones en que lograron zafar de la locura. A propósito, alguien retrucó, en los comentarios al post de Morelli, que no hay creatividad artística que no implique algún tipo de exceso o desborde, un plus de energía que a veces incluso se despliega de maneras demasiado extrañas para la mayor parte de sus contemporáneos, como implantando una suerte de desobediencia ante la sociedad. Y el comentarista se preguntaba entonces si no corresponde llamar a eso “locura”.

 

Claro que ahí a la palabra “locura” la escribió así, entre comillas. Y no es poca cosa la diferencia entre la locura y la "locura", si por esto último se entiende todo lo que ante los ojos de la costumbre o el utilitarismo luce desatinado o imprevisible, pero que, lejos de responder a una sinrazón, incluye la propuesta de un orden: de su propio orden muchas veces, un orden inusitado que la propia obra funda. Lo que, de paso, permite también diferenciar esa práctica de la de los impostores que la juegan de loquitos para sustituir la creatividad que les falta o a la que no se animan. “Basta con recordar los gestos de Van Gogh o el propio Fijman, esos ojos terribles”, señaló al respecto Morelli. “Los impostores, en cambio, gozan con su supuesta locura, están felices con ella. En vez de esconderla, la exhiben.” Es que en el mundo de la oferta y la demanda, al fin y al cabo, las excentricidades tienen también su mercado.
 
El problema es que, cuando ese tipo de consumo se vuelca a poetas como Jacobo Fijman, la que pierde es su poesía. “Está llena de revelaciones de sentidos superpuestos que nos conducen a lo oculto”, escribió Aldo Pellegrini sobre la poesía de Fijman, en la que “la multiplicidad de formas que cambian, se interpenetran, pierden una individualidad para recuperar otra más firme, no hace más que ponernos frente a la extraña sensación de la inestabilidad que crea lo efímero cuando actúa como manifestación de lo eterno”. No es ese un desafío que le interese encarar al consumidor de extravagancias. Más que una escritura que le demanda poner en juego sus mejores capacidades, Fijman es para él una imagen: el viejito simpático que musitaba delirios en los pasillos del Borda.