22/05/2013 Leonardo Huebe

"Criminis causa" de Juan Carr

La primera verdad es que compré la novela de Juan Carrá porque era de Mar del Plata y porque alguna vez lo había cruzado en dos o tres librerías y en alguna reunión del Festival Azabache. Sabía de él que era el jefe de la sección Policiales del diario El Atlántico y no mucho más.

Por Leonardo Huebe

La segunda verdad es que comencé a leer Criminis causa, editada por Letra Sudaca en 2013 para su Colección Marea Negra, como quien abre una revista en la sala de espera del médico o tratando de adivinar, página a página, cuánto le falta al peluquero para terminar con el tipo sentado en el sillón frente al espejo.
La tercera verdad es que desde el primer párrafo (desde el final del prólogo de Leonardo Oyola hasta el comienzo del epílogo) no pude dejar de leerla.
 
EL CABE
Walter “El Cabe” Heredia es el hijo de un tipo al que la policía mató en la villa cuando fueron a buscarlo y él se defendió a los tiros.
Walter “El Cabe” Heredia es el hijo de esa mujer que para ganarse la vida guarda los “fierros calientes” de los ex compañeros de su esposo en algún rincón de la casa.  
Walter “El Cabe” Heredia es el pupilo de Ramón, ladrón de golpes grandes, correntino que no sólo lo hace devoto del Gauchito Gil, sino que además no se cansa de aconsejarlo en el bar de la Chilena.
Por decisión propia, Walter “El Cabe” Heredia decide no usar los populares calibres 38 o 9 mm., que por volumen de circulación callejera hacen casi invisibles a quienes lo manipulan.
Walter “El Cabe” Heredia elige salir con una 45, dejar una marca, ser diferente.
En ese ajedrez del suburbano, Walter “El Cabe” Heredia, se cree potro que tiene futuro de rey, pero hay gente que le ha elegido un destino de peón.
En la mano de Walter “El Cabe” Heredia, la línea de la vida es una mancha borrosa.
 
EL AUTOR, EL LIBRO
Juan Carrá tiene la extraña virtud del ritmo. Su prosa no se detiene en hechos superfluos, en adornos, en firuletes literarios. Carrá atraviesa la carne de los hechos con un cuchillo frio y afilado que llega, certero, a lo que necesita contar. A cada acción le sucede una reacción y a esta otra reacción, y nunca hay un lugar donde el lector pueda detenerse a respirar. La prosa de Carrá tiene la velocidad de un Chevrolet 400 cruzando las calles de un barrio del conurbano en la madrugada perseguido por dos patrulleros.
Además, la novela es un bloque de cemento liso y sin aristas. No hay nada que sobre. Si una 45 aparece apuntando, es para ser disparada; si una mujer se encierra en el baño con un teléfono celular en las manos, es para traicionar; si un trío de policías visitan a un menor en el correccional, es para chantajearlo.  
Como dice P. D. James en su “Todo lo que sé sobre novela negra”: “Ningún autor, escriba de la manera que escriba, puede distanciarse por completo del país, la civilización y el siglo de los que forma parte”. Y se nota que su trabajo hace que Carrá no pueda sacar los pies de aquí, ni las manos del barro.
Son extraños, para mí,  estos escritores que se separan un poco de la literatura y logran poner un pie en lo cotidiano, en las charlas del mercado, en la cadencia de las voces de dos tipos que charlan cerca de él en el colectivo, en los sueños y pesadumbres de cuatro adolescentes sentados en la vereda del almacén, pasándose, con suerte, una Quilmes, sino, si las monedas eran escasas, una Brahma. Los diálogos de los personajes de Carrá no se leen; se escuchan; vibran en sus palabras las dudas, la bronca, el odio, la venganza, la traición, el desánimo.
 
LOS RATIS
Los policías de Carrá son de la bonaerense.
Los policías de Carrá son lo que uno cree que son, pero que para no sufrir ataques de pánico se convence de que son así sólo en el cine, la televisión o la literatura.
 Los policías de Carrá son egocéntricos, envidiosos, corruptibles, manipuladores, tramposos, tratantes de blancas, cínicos, traicioneros, asesinos.
Los policías de Carrá seguramente sean producto de la ficción, la clase de “hombres de la fuerza” que nosotros, los lectores, imaginamos, creemos, que un periodista se cruza mientras hace su trabajo. Tan sólo un arquetipo más, uno de tantos.
 
UNA ACOTACIÓN FINAL, UNA VERDAD SIMPLE
En el prólogo a esa irremplazable compilación de ensayos sobre la literatura policial titulada El juego de los cautos, Daniel Link dice: ¿De qué índole son los conflictos que cuenta el policial? Necesariamente, se trata del delito. Principalmente se trata del crimen. Para que haya policial debe haber una muerte: no una de esas muertes cotidianas a las que cualquiera puede estar acostumbrado (si tal cosa fuera posible), sino una muerte violenta: lo que se llama asesinato.
Y es aquí, bajo este precepto, que crece una de las mejores novelas de este año: Criminis causa