30/12/2012 El campo en Buenos Aires

La bosta y la carne

Los dos enclaves "del campo" en la Ciudad, el predio ferial de Palermo y el Mercado de Hacienda de Liniers, son como primos lejanos: tienen algo que ver, pero no tienen nada en común desde hace mucho tiempo.

Cristian Alarcn

Por Cristian Alarcn


Somos poco más que carne. Y en este bendito pais la carne humana se somete a la carne de vaca con reiteración. Aunque la comida light, la pasión vegana y vegetariana se gane el apetito de las clases medias, en el 2012 comimos un cinco por ciento más de carne vacuna que el año anterior: unos 57 kilos per cápita, manducados, en promedio, unos 17 días al mes, en algo así como 24 comidas.

Al mismo tiempo que se conocía el estudio en el que se revelan esas cifras, el Gobierno anuló la venta del predio centenario en el que la patria ganadera ha expuesto, orgullosa, sus animales y desde donde ha atacado a gobiernos democráticos como el de Raúl Alfonsín, el de Néstor Kirchner y el de Cristina Fernández de Kirchner. El jueves, en una ceremonia de desagravio, los ganaderos y sus amigos se reunieron para cantar el himno e insultar a la presidenta. A pocos kilómetros, en el mercado de hacienda de Liniers, el más grande del mundo, los reseros, rematadores y parrilleros cuentan sus propias cuitas, y se muestran ajenos al odio de los dueños del campo que lloran por el predio perdido.

Palermo

Llegar a La Rural enardecida por la recuperación por parte del Estado recuerda el 2008 de la batalla por la 125. El merchandising de banderas argentinas con el escudo de la Sociedad Rural Argentina en lugar del sol sale a diez pesos y adentro del predio, del otro lado de las rejas, se agita por sobre el olor a bosta que inunda el aire porteño ajeno al smog y la basura podrida del cotidiano. Los cálculos más patricios, como el de La Nación, dirán que aquí hay tres mil opositores reunidos; los menos campechanos que no superan los 500.  Como sea, un grupo de paisanos de a caballo rodean a la multitud que viste en un Cardón style inconfundible y clásico.

El merchandising de banderas argentinas con el escudo de la Sociedad Rural Argentina en lugar del sol sale a diez pesos


Es jueves a la tardecita y del otro lado de la reja del predio, entre las gradas por las que pasean orgullosos la hacienda y la calle, hay alrededor de 3 mil personas, dirán algunos, mil y monedas, dirán otros. Un grupo de paisanos a caballo rodea a la multitud en una medialuna que hiede a bosta. En el final del himno, muchos agitan el brazo derecho y se escucha, atronador: “Oh juremos con gloria morir”. Más calmos, dispuestos al desfile de discursos que se vienen, tres amigos que no llegan a los 30, de de camisa con insignia de polista, pantalón pinzado y mocasines, al fondo, conversan.  Uno, rubión, le dice a los otros: “Salí del trabajo y me fui a dejar el auto a casa. No pienso pagar los 200 mangos que sale el parking acá. No da, ni que fuera New York City”. No alcanza a imaginar qué pasará con la administración del lugar cuando en 30 días ya no sea manejado por la SRA, que lo supo conseguir por un decreto del menemismo a la mitad de su valor, continuando así con la generosidad de antiguas dictaduras, siempre amigas del campo.

Algunos llegan remolones, cuando la cosa está empezada, como esas señoras bien que se saludan, efusivas, y en el abrazo dejan mezclar como en jardín bien cuidado el floreado del pantalón de una con el de la blusa de la otra.
-Hola María, que alegría verte por acá.
-Hay Lidia, es que me preocupa tanto lo que pasa con el país. Me da un miedo.
-Yo también, María, si hasta estuve tentada de traerla a Chucha con la silla de ruedas y todo, pero a ver si se me resfriaba la pobre.

Liniers

El zaino sobre el que monta el resero Orlando Alegre tiene el lomo café, las cuatro patas blancas y una mancha clara en la frente: lo gobierna con la soltura del gaucho, y arrima el anca del caballo a las vacas para trasladarlas desde el atracadero, adonde llegan, hasta los corrales de su consignatario cada noche. Tiene el ojo del mejor cubero: sabe, en la penumbra, con solo mirar por encima, cual de todas es la vaquillona más valiosa, porque siempre se empieza por lo mejor.  Cada calidad en su corral: luego las vaquillonas pesadas, el novillo, la vaca conserva, la vaca de consumo. Siempre al final, el toro. De boina y bombacha de campo, como las últimas cuatro generaciones de Alegre –desde su abuelo a su hijo de 34- don Orlando se siente orgulloso no de las cocardas que reciben vacas y toros en la Rural cada año, ni de las diez mil cabezas de ganado que se venden por semana en el Mercado de Liniers, sino de ser “un paisano rústico”.  

-No manejo computadora ni mando mails ¿Para qué?

-¿Qué es para usted la tradición?

-Que mi abuelo haya venido muy joven de Corrientes. Los indios le habían matado el padre y la madre allá; la vida era otra en esos años. Huérfano, trabajó manejando una estancia, y los patrones lo trajeron a San Fernando. Entonces se venía por arreo hasta el Mercado de Hacienda. Y para la quinta vez se vino con toda su tropilla, sus pocas pilchas, se quedó en Mataderos y no se fue más.

En Mataderos se respira carne. Apenas se baja de la General Paz, en el kilómetro 14, y se avanza por Juan Bautista Alberdi, se siente y se ve: una hilera de carnicerías con los mejores precios de plaza antecede a la puerta colonial, de paredes rosadas. Adentro, se cruza una playa de estacionamiento en la que otrora hubo un saladero, y el mercado se revela cuando se comprende que hay una especie de avenida central en la que de un lado están las oficinas de las 50 consignatarias, el intermediario entre el ganadero productor y el del frigorífico que compra. Por esa avenida Orlando Alegre arrea su tropilla desde hace 54 años. Por esa misma vía lo hace su hijo. Y a las nueve de la mañana, no solo respiran bosta, y carne, sino el humo de la parrilla del Bocha, Enrique Piorno, que ofrece, hace 40 años, esos sánguches de vacío. Los saca del mostrador verde inglés de a cinco, como una máquina. Su padre empezó en el 60 con un canasto de sánguches de fiambre. Luego consiguió este espacio, al lado de las consignatarias de apellidos como Álzaga, Saenz Valiente, Lanusse, Tatersall, o Lartirigoyen.

Una hilera de carnicerías con los mejores precios de plaza antecede a la puerta colonial, de paredes rosadas


Las sillas de todos los tipos, del pino al plástico, están todas llenas. Así es cada lunes, cada miércoles, cada viernes como este en el que salieron más de diez mil cabezas de ganado porque venimos de una semana rara con ese paro del miércoles, cuando hubo, a pesar de la proximidad de las fiestas, solo tres mil cabezas vendidas.

El resero no es cualquier resero. Es el secretario general del Sindicato de empleados de consignatarias, y es un tipo que cree que el campo también puede ser peronista, porque fue su padre fue el que firmó el primer acuerdo laboral cuando Perón era ministro de trabajo. Ahora, esta semana de recuperación del predio feria, recuerda otras épocas, cuando él y sus compañeros solían ir a Palermo para competir con los animales de trabajo en las pruebas de rienda. Hace tiempo, dice, las cosas cambiaron. Y ya no tuvieron razones para ir.

-¿Cree que está bien que el predio de La Rural sea manejado por el Estado?

-Es un tema un poco odioso –dice desde al zaino-, porque es un predio que hace tantos años que lo manejan ellos que no termino de decidirme. No estoy ni de acuerdo, ni en desacuerdo. Es un tema para conversar profundamente. Es un tema delicado.

Palermo

En el Predio Ferial de Palermo el clima es de solidaridad extrema entre viejos conocidos. Llevan el pecho ancho por el relativo éxito del paro del miércoles, en el que además se quejaron porque el Gobierno le quitó el manejo de un servicio de formularios de granos a la Federación Agraria Argentina. Se saludan y se palmean, como afectados en un bien familiar. Aún no sabían que la jueza Silvina Bracamonte rechazaría el pedido de la SRA para frenar la recuperación del predio. Una y otra vez comentaban que la estrategia para resistir era la judicial, como en el caso de Clarín ante la Ley de Medios.

Un hombre de traje negro, sesenta y largos, pelado, bigote marcial, estrecha la mano de un señor corpulento de pantalón pinzado y chomba rosa. Se dicen:

-¿Cómo anda? Lo que se debe decir del país en el exterior…

-Por eso mismo venimos –le responde el de bigote-. Acá estamos, haciendo patria.

Una mujer, pelo de rubio perfecto, cerca de los 50 años, blazer verde loro, dice: “Si no lo echan a Etchegaray del Gobierno, este verano le escracho la casa. No sabes el caserón que se compró cerca de Manantiales. Compro unos aerosoles y voy de noche a pintarle: “chorro, devolvé la guita”. Mi hermana me dice que estoy loca, que voy a ir presa. Y este chico anota todo. Ya me veo mañana en los medios pintada como si fuera una criminal”.

Ellas tienen una fuerte preocupación por lo impositivo. El cronista encara a una mujer en los cincuenta, bombacha de campo, sweter azul sobre camisa clara, pañuelo morado al cuello.

-Me llamo Mechi. ¿Para qué querés el apellido? ¿Qué, sos de la AFIP?

-Para nada. Sólo pregunto. ¿Qué significa el campo para usted?

-El campo es mi vida. No sería nada sin mi campo. Y no es por exagerar. Sería otra persona sin el campo. Me críe ahí. El campo está en la familia hace años ya.

-¿Sabemos que los convoca, pero qué los motiva a venir?

-El atropello total de este gobierno para con la gente de trabajo, porque la gente de campo es gente de trabajo.

-¿Le gusta la carne?

-Claro que sí. ¿Qué hay más rico y más argentino que el asado? Es un privilegio que no se dan muchos países que son potencias mundiales. Nosotros fuimos benditos con este campo tan rico para nuestro país. Pero la Presidenta lo desaprovecha con caprichos y revanchismo.

Poco más allá, el dueño de las cejas más blancas y tupidas de la feria, Ernesto Barileti, dice que a sus 72 años va y viene de San Telmo en subte para protestar en Palermo. “Yo soy un conservador”, se define. Como muchos otros de los asistentes mayores pasó todos los veranos de su infancia y juventud en el campo. Como muchos otros lo perdió por esas cuestiones familiares insalvables, y como muchos otros lo añora, lo vive por su hijo ingeniero agrónomo que sigue trabajando en el campo, de otros, claro. Don Ernesto se explaya, se deja ir, y se envenena a medida que avanza en su discurso:   

-El país es el campo. Las industrias son un desastre, no pueden competir con China ni con nadie. El país es el campo. La producción argentina es el campo. El campo ha desarrollado novedosas técnicas, buscalas y vas a ver que marcaron tendencia en el mundo y fueron desarrolladas por argentinos. El país es el campo. El resto es caca de foca.

Don Ernesto sabe de historia: conoce por libros, por familia, por tradición. Dice que fue Sarmiento socio honorario de la SRA, un tipo convencido de que los ganaderos nacionales tecnificarían la actividad, serían productores de punta. Por eso fue el que les entregó el predio con la primera concesión, y aconsejó a los gobiernos liberales que lo sucedieron a seguir otorgándoselos. Hasta que vino Carlos Menem y lo hizo: vendió a precio ridículo –14 hectáreas en Palermo a 30 millones de dólares—en cuotas que jamás se terminaron de pagar. Cuando el cronista intenta argumentar sobre el tema, Ernesto se saca.

-Querido, el país se respalda en el campo. ¡No me hagas amargar! Las políticas del gobierno son caca de foca. ¡Caca de foca! La yegua esta es una bruta del año cero. Una bruta resentida. No hay otra razón. Aplica políticas perimidas en el mundo entero. Este es un acto en apoyo a la tradición agraria argentina. Por eso estaban el Momo Venegas, De Angeli de Entre Ríos, que son los promotores de las políticas públicas que debería aplicar el gobierno para el sector. Y en cambio, hacen esto. Caca de foca.

-Querido, el país se respalda en el campo. ¡No me hagas amargar! Las políticas del gobierno son caca de foca. ¡Caca de foca!


De fondo, los paisanos se retiran con sus caballos, y la bosta de zaino y alazán deja sus huellas, evidentemente mejores que las de la foca, mamífero anfibio y austral, que de campo, nada.

Liniers

Eduardo Herrera dejó el secundario en segundo, medio confundido, y se metió a trabajar a una carnicería de Merlo. Era rudo ese laburo, dice, y él tenía un sueño: entrar a un Coto. Lo hizo. La ilusión le duró dos años. Salió, y como su padre trabajaba para un consignatario lo hizo comenzar en Liniers como maestranza: limpiaba los corrales con una pala y un cepillo; sacaba, dice, unos 8 metros cúbicos de bosta diarios. Por suerte en Liniers se asciende con el tiempo, y hace nueve años que está en Recursos Humanos. En una oficina con banderín de Nueva Chicago, el club que tiene sede a pocas cuadras, con foto de la hinchada verdinegra, con imágenes de viejos reseros, recuerda sus aventuras: una vez un cebú lo persiguió por el corral y ni que lo esquivara en zigzag dejaba de darle topetazos, así que Herrera se metió de cabeza en un bebedero.

A Herrera la recuperación del predio de Palermo tampoco lo emociona. Sí, claro, ha ido, y le gustan los gauchos formados, prolijos, y los animales campeones. Lo que muestran los Saenz Valiente Bullrich lo ha impresionado: esos objetos de cuero, esas monturas que venden. Pero más allá de eso, cree que si el Gobierno dispone que tiene que volver al Estado, el traspaso debería hacerse rápido y prolijo. No le interesa o deja de interesar que cambie de manos. Prefiere que estaticen La Rural a que lo hagan con el Zoológico. Y si piensa en la relación entre esos dos terrenos, esos dos mundos, dice:

-No hay mucha relación entre La Rural y el Mercado de Liniers. Es como si fueran primos lejanos. Tienen algo que ver, pero no tienen nada en común desde hace mucho.

En la parrilla del Bocha la muchachada se afana en alimentarse. “Carne comemos todos los días” dice Toto, un gringo de camisa abierta, pelo del pecho entrecano, que viene a comprar ganado para un frigorífico del cual es socio en zona sur. “Yo lo que miro es la clase y la estructura del animal”, dice de cuando compra para distribuir. Heredero de este territorio, como casi todos los tipos a los que se entrevista, tuvo un campo en el que había trabajado su abuelo, en Alejandro Korn. Hasta que vio mejor negocio en asociarse con un frigorífico.  “Como te decía, comemos carne todos los días” dice mientras desaparece un
sándwich de matambre.

-Yo después de comprar los animales, vengo y me como algo acá, con eso estoy listo. Qué me voy a andar haciendo mala sangre si andamos bien o andamos mal, si nos expropian o no nos expropian la rural.

Informe: Martín Ale y Federico Schirmer