13.12.2012 15:46
Asesinato de un gobernador

La matriz del golpe de Estado contra Dorrego

El 13 de diciembre de 1828 marcó el inicio del largo enfrentamiento cívico-militar entre los argentinos: ese día, un par de horas después del mediodía, un pelotón de fusilamiento, ordenado por Juan Galo de Lavalle, asesinó sin juicio previo a Manuel Dorrego, gobernador legal y legítimo de la provincia de Buenos Aires.


Detrás de la decisión del rubio general se agazapaban los consejos de los “doctores” de la burguesía comercial porteña que despreciaban a los caudillos provinciales y al bajo pueblo de la campaña bonaerense: Julián Segundo Agüero, Salvador María del Carril, los hermanos Juan Cruz y Florencio Varela y Bernardino Rivadavia.
 
Y esa entente entre unitarios –liberales conservadores (después vendrán los Pinedo, los Krieguer Vasena, los Martínez de Hoz)- y un sector del Ejército –los Lavalle, pero después, los Mitre, los Uriburu, los Aramburu, los Videla- serán los encargados de quebrar el orden institucional cada vez que un gobierno elegido por las mayorías –el federalismo, el radicalismo, el peronismo- intente convertirse en hegemónico a largo de nuestra historia.
 
¿Pero qué quisieron matar cuando asesinaron a Dorrego? Sencillamente, la posibilidad de que el Partido de los Populares –como se llamaba el Federal en un principio- pudiera gobernar en la Argentina. “La gente baja, ya no domina, y a la cocina se volverá”, poetizaba Juan Cruz Varela al día siguiente del derrocamiento de Dorrego.
 
Queda claro, entonces, cuál era el rol que debían tener los pobres para los sectores dominantes porteños: la servidumbre, nunca el gobierno. Y Dorrego había cometido un pecado imperdonable: había intentado que los sectores populares lograran su empoderamiento.
 
Como legislador, luchó por el voto universal, sin calificación, para todos los argentinos, incluso lo pobres. Como gobernador, desafió a los británicos con su política de desendeudamiento, con sus ideas de fundar una compañía minera con capitales nacionales, con la prosecución de la Guerra con el Brasil –hasta que fue traicionado y le torcieron el brazo-, con el intento de crear una constitución confederada y con las políticas de defensa del consumo popular como el control de precios a los productos de primera necesidad. Para colmo de males, Dorrego tenía excelentes relaciones como Simón Bolívar y creía –como Bernardo de Monteagudo, por ejemplo- que América debía convertirse en una Gran Federación de Naciones y en pequeños cotos de caza de las oligarquías locales.

Como gobernador, desafió a los británicos con su política de desendeudamiento, con sus ideas de fundar una compañía minera con capitales nacionales
 

En definitiva, Dorrego encarnaba un nacionalismo territorial –en términos de integración del viejo virreinato del Río de la Plata-, una visión americanista y una profunda vocación popular -que le valió el mote de “descamisado” por los vecinos decentes de Buenos Aires-.
 
Por último, correspondería decir que Dorrego es un personaje histórico en diagonal, es el último revolucionario de Mayo de 1810: Es liberal progresista y (pero) popular; federal y (pero) ilustrado; nacionalista y (pero) republicano. Después de su brutal ejecución se haría difícil encontrar un cruce semejante entre las paralelas del nacionalismo popular y el liberalismo conservador.  
 
P.D: Siempre me llamó la atención el devenir de algunos de los asesinos materiales e intelectuales de Dorrego. Lavalle murió en Jujuy, tras sus penosa “Campaña Libertadora” –su nombre remite indefectiblemente a la Revolución Libertadora de 1955-; Rivadavia murió en el exilio, Juan Cruz y Florencio Varela, en el exilio montevideano; Salvador María del Carril, en cambio, tuvo un final menos trágico: se convirtió en presidente de la Corte Suprema de la Nación, durante la presidencia gobierno de Bartolomé Mitre. Curiosa paradoja del destino que permitió que un golpista confeso se convirtiera en ministro de la Corte. Luego, en el siglo XX, varios presidentes de la Corte Suprema han avalado interrupciones y aberraciones institucionales. Pero eso, claro, ya es otra historia.